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La inutilidad de la monarquía

48 horas después todavía hay sesudos analistas políticos censurando las censuras al discurso del rey, como si no fuera el mismo que se dislocó en diciembre de 2017 con otro Gobierno haciéndole decir cosas opuestas

Es a la derecha a la que conviene un rey que diga lo que conviene en cada momento al Gobierno de turno (bipartidista, que fue como quedó atado), y no un jefe (o jefa) del Estado elegido por la ciudadanía que pueda actuar verdaderamente como árbitro

Gabriel Rufián compara el discurso del Rey con un "mitin de Vox"

El rey Felipe VI durante el discurso de Navidad.

El rey Felipe VI de este último discurso de Navidad es el mismo rey Felipe VI del discurso de Navidad de 2017. Algunos y algunas parecen haberlo olvidado y llevan ya más de 48 horas enfrascados en los mensajes proferidos por el jefe del Estado en ocasión tan magna pasando por alto el nada desdeñable y contrastado hecho de que no es su majestad el que escribe sus propios discursos, ni siquiera el que los inspira, por mucho que se conozca a la perfección cuál es su querencia política y cuáles de las presentes en el escenario político español defienden en consecuencia su continuidad inquebrantable en el ordenamiento constitucional.

Tiene razón Ada Colau cuando asegura sin más aspavientos que los necesarios que la monarquía es inútil. Ha vuelto a quedar de manifiesto en los episodios de estas semanas con las protocolarias consultas a las fuerzas parlamentarias y con el más que previsible discurso de Navidad. Que Felipe VI haya propuesto a Pedro Sánchez como candidato a una aún incierta investidura sin haber escuchado de boca de uno de sus apoyos imprescindibles la confirmación de sus 13 votos, sencillamente porque se trata de una fuerza republicana y, en consecuencia, antimonárquica, resulta como mínimo extravagante. 

El mismo rey que en diciembre de 2017 leyó un discurso absolutamente centralista, ausente de la más mínima empatía hacia el conjunto del pueblo catalán y alejado de cualquier invitación al diálogo, nos ha salido dos años después conciliador y moderado, como si aquellas desafortunadas e incendiarias palabras tras el referéndum del 1-O las hubiera pronunciado un paracaidista caído en La Zarzuela para la ocasión.

Fue el Gobierno del Partido Popular el que, incapaz de encauzar el conflicto catalán por la vía política recurrió al rey para que fuera él quien taponara por las bravas la brecha abierta entre Madrid y Barcelona. Y ha sido un Gobierno de otro signo, ahora del PSOE, el que ha vuelto a utilizar al jefe del Estado para justo lo contrario, para llamar a la cordura y a la convivencia, al diálogo y a la gestión política. Algo que, como se ha visto, ha cabreado a lo más excelso del nacionalismo español, ansioso por desenterrar el hacha de la guerra civil aprovechando el auge de la extrema derecha con sus cada día más evidentes derivadas contra el feminismo, la lucha contra el cambio climático y la igualdad entre las personas.

La derecha se mueve mejor en la confrontación que en el diálogo. Le salió rentable la transición porque pudo dejar todo atado y bien atado, incluida la monarquía heredera del franquismo, y no quiere saber nada de otra cosa que no sea el triunfo de los ganadores de la guerra civil. Por eso quiere a los muertos del otro bando en las cunetas y a los rojos bajo la sospecha permanente de comunistas antisistema. Por eso no quiere que se deje de hablar de terrorismo etarra y por eso reniega de cualquier vía de reconciliación entre el pueblo vasco. Le viene bien el conflicto catalán para fortalecer el Estado centralista y cualquier solución negociada le parece directamente un atentado a la unidad de España. Quiere que nos entretengamos y nos aterremos ante su mantra de “España se rompe” para que el resto de las cosas que faltan por cambiar jamás cambien.

Es a la derecha a la que conviene un rey que diga lo que conviene en cada momento al Gobierno de turno (bipartidista, que fue como quedó atado), y no un jefe (o jefa) del Estado elegido por la ciudadanía que pueda actuar verdaderamente como árbitro ante situaciones tan endiabladas como las que vivimos.

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