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Teresa Fernández Sánchez Vallejo: ser cosmopolita en el Comillas de posguerra

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Teresa Fernández Sánchez Vallejo nació el 28 de octubre de 1928 en la localidad de Trasvía (Comillas), pueblo costero vinculado a la ganadería y al mar, a manos de su abuela Josefa. Pasó sus primeros años conviviendo precisamente en casa de Josefa, una mujer “bastante ilustrada” que, tras quedar huérfana en Potes, fue acogida por un tío y trabajó como sirvienta en la taberna de paso de La Rabia.

El abuelo de Teresa, Domingo 'Mingo' Vallejo, estuvo profundamente ligado al mar. Fue navegante en la Compañía Trasatlántica, participando en viajes a América y estableciendo amistad con el primer marqués de Comillas, Antonio López y López. Como recuerda Teresa: “Mi abuelo navegó muchos años en la compañía. Siempre estuvo involucrado en todo, desde la fundación de la Compañía Trasatlántica hasta Tabacos de Filipinas”.

Su padre, Federico, pasó su juventud en América, trabajando en unas minas de mármol en Nueva York, donde vivió 20 años junto a parientes emigrados. Al regresar, se casó con Mariú, una joven vivaz y muy presente en la vida social del pueblo, y se dedicó de lleno a la ganadería, participando en las primeras ediciones de la Feria Internacional de Ganados de Torrelavega. Fue también impulsor de una cooperativa y cofundador de la Asociación Cultural El Marte.

En 1934, a los cinco años, Teresa viajó con su tía a Barcelona para reunirse con su tío Modesto, quien también trabajaba en la Compañía Trasatlántica. Además, otro tío, Manolo, era cocinero a bordo de los barcos de la misma empresa. Sin embargo, el estallido de la guerra y la grave enfermedad de su padre llevaron a sus tíos a quedarse en Barcelona con Teresa. Su tía Teresa, hermana de su madre, la acogió “como a una hija”.

Durante siete años, Teresa vivió cerca de la institución Consell de Cent y frente a las baterías antiaéreas en la montaña de Montjuïc, en la calle d'Aragó, ubicada en el Eixample de Barcelona. Con 10 o 11 años, ayudaba a una mujer durante la venta de pescado, ya que “no se encontraba nada de comprar”. Durante su estancia en Barcelona, la abuela de Teresa gestionó su ingreso en un colegio religioso cercano a su domicilio. Esta mediación fue posible gracias al vínculo previo con las religiosas, las Hermanas Paulas, establecidas en Comillas. 

Sin embargo, Teresa recuerda como, “con la guerra, se fastidió todo y tuve que cambiarme a un colegio público”. Recuerda de manera desordenada momentos, como la llegada de soldados, los refugios, los bombardeos de la aviación italiana y alemana y los encuentros con la comunidad comillana 'La Montaña'. Para alejarse de la violencia y coger provisiones, visitaban semanalmente a unos parientes, Consuelo y Simón, en Vilassar de Mar (Maresme), una casa con huerta, a unos 25 kilómetros al norte de Barcelona. 

Durante la Guerra Civil, la madre de Teresa creyó que su hija había sido evacuada en uno de los barcos destinados a los niños, con Rusia como destino. Las noticias tampoco llegaban desde el norte, de hecho, tardó en conocer el fallecimiento de su padre, ocurrido el mismo día de la entrada de los sublevados en Barcelona, y que fue confirmada tardíamente “a través de una valija diplomática”. Con los años, Teresa recogió, a través de relatos orales, las experiencias de su familia en Trasvía durante la guerra.

El regreso de Barcelona a Cantabria fue complicado debido a problemas con los pasaportes y el caos en las líneas ferroviarias. Además, la grave enfermedad de su tío hizo urgente el retorno desde Cataluña. Llegaron durante el “Tercer Año Triunfal” del régimen franquista, en el contexto de la celebración del 1 de abril de 1941. En Trasvía, la comunidad celebró con una fiesta, hoguera y música regional, ya que “no había discos ni otros entretenimientos”. La acogida fue cálida: “Nada más llegar, hice muy buenas migas”, recuerda. Pronto reanudó su vida junto a su familia y amistades en el entorno que no había olvidado.

Al regresar, uno de los primeros gestos fue tener que hacer la primera comunión por segunda vez. Venían de la guerra, parecía necesario “borrar la influencia de los rusos” —es decir, del ambiente ajeno al nacionalcatolicismo—. La educación en Trasvía estuvo influenciada por el mecenazgo del marqués de Comillas. La escuela, con todas las comodidades de la época, tuvo como maestra a una mujer que permaneció en el cargo más de 50 años, educando a tres generaciones. “Éramos más bien niñas”, explica Teresa.

Al regresar a Cantabria, con unos 12 años, Teresa se describe como “la revolución del puebl”. Traía libros en catalán, como el Catón, y pinturas de colores que nunca se habían visto en Trasvía. “Eso era una novedad. Empezamos a hacer flores, muchas flores”, recuerda con entusiasmo. Fue entonces cuando comenzó a compartir lo aprendido en Barcelona con sus amigas, “pero en catalán”, convirtiéndose, de alguna manera, en una pequeña maestra para su entorno.

Desde joven, Teresa participó activamente en la vida cultural de Trasvía, colaborando con seminaristas y curas en la realización de comedias como 'La fierecilla domada', con la escuela como escenario. “Las veladas de Trasvía eran muy populares entre la juventud, como no había otra cosa que hacer...”, comenta entre risas. Con el tiempo, la Asociación Cultural El Marte revitalizó esas veladas y fomentó grupos de canto y teatro, extendiendo su influencia a otros pueblos y llegando hasta la actualidad.

Vivió con sus tíos, colaborando en los trabajos domésticos y realizando tareas como ir a la Fuente Santa o al molino de la baronesa de Güell. Su tío pescador generaba pequeños ingresos y Teresa se encargaba de vender el pescado puerta a puerta. Además, altruistamente, se convirtió en la encargada de poner inyecciones en Trasvía y El Tejo, aprendiendo con su tío Modesto, quien, pese a estar enfermo, le enseñó a usar la aguja. Teresa llegó a administrar cientos de inyecciones, cubriendo la ausencia del practicante oficial, Pedrín Conde. Sus hijas aún la recuerdan con la pequeña cartera que contenía su jeringuilla especial. “Y nunca, nunca pasó nada”, dice Teresa, reafirmando su destreza y compromiso.

Tras la muerte de su tío Modesto, Teresa asumió los trabajos domésticos y el cuidado de su tía enferma. Por las tardes, acudía al taller de costura en la portería de La Coteruca, finca del marqués de Movellán, donde inició su carrera bajo la tutela de Mariu 'La Catalana', una modista muy respetada en la alta sociedad de Comillas. Teresa perfeccionó su habilidad en su taller, utilizando la revista Vogue que su tío le traía de América, como referencia para seguir las últimas tendencias. A través de estos modelos, Teresa no solo aprendió a coser, sino también a interpretar y adaptar las tendencias internacionales a los gustos y necesidades de sus clientas.

A los 15 años, Teresa comenzó a trabajar para el Seminario de Comillas, donde, gracias a la conexión de su tío Manolo con los religiosos, se encargaba de confeccionar prendas para los jesuitas. Inicialmente cosía camisas y calzoncillos que le entregaban ya cortados y, con el tiempo, asumió también la confección de sotanas. La calidad de su trabajo le permitió asumir encargos más elaborados, como las 'dulletas' que los frailes llevaban sobre las sotanas. “Me gustaba, y realmente llegué a hacer prendas al estilo de un sastre”, confiesa, recordando con cariño esa etapa, y su familia destaca que, gracias a su costura, siempre tuvieron trajes para actuaciones escolares y eventos.

Tras el fallecimiento de su tía, y con tan solo 20 años, Teresa ya disponía de su propio hogar y tenía independencia económica. Aunque en las noches dormía en casa de su madre, aprovechaba sus días para cumplir con sus obligaciones y disfrutar del ocio. En esos años, a raíz de una amistad de la adolescencia y sin los convencionalismos de una relación de novios, nació el amor entre Teresa y Paco Crespo Sobrina. “Tenía muy buena planta”, recuerda ella. Se casaron el 25 de agosto de 1954, tras dos años de noviazgo, en una ceremonia íntima en la iglesia parroquial de San Cristóbal en Comillas.

Teresa lució un vestido negro confeccionado a mano por Mariú, la modista. Entre 1955 y 1970, tuvo once partos en casa, asistidos por la partera Cuqui y bajo la supervisión del médico Francisco Verdejo. Aunque sufrió la pérdida de dos hijos —uno de ellos siendo un bebé y otro en su adultez—, crió a seis hijas y cuatro hijos, con el apoyo de su hija primogénita, su madre, su prima Beatriz y Rosario, “su amiga del alma”.

Paco comenzó su carrera laboral desde joven como pinche en el negocio de cristales de su tío, quien había aprendido el oficio en La Habana. Entre 1954 y 1958 trabajó como aprendiz en el Seminario y, hasta mitad de los años 70, desempeñó funciones como oficial de pintura, restauración y mantenimiento. 

Teresa supo combinar la tradición rural de su familia con influencias cosmopolitas, desarrollando una mirada propia sobre los cambios sociales y económicos de su tiempo

Paco participó activamente en las tareas domésticas y en la educación integral de sus hijos. “Quisimos que nuestros hijos aprendieran de todo y que nuestras hijas fueran independientes”, afirma Teresa. Su hija mayor, Lines, rompió convenciones sociales, siendo una de las primeras mujeres en Comillas en usar pantalones y tener una Vespa. La familia adoptó un estilo de vida que rompía convenciones, rechazando la economía basada en el ganado, disfrutando de momentos en la playa y cultivando amistades con familias extranjeras. Teresa supo combinar la tradición rural de su familia con influencias cosmopolitas, desarrollando una mirada propia sobre los cambios sociales y económicos de su tiempo. Hoy, a sus 97 años, es madre, abuela de 30 nietos y nietas, y bisabuela de 15.

En su adultez, uno de los momentos más significativos para Teresa fue su trabajo en el hogar de María Antonia de Satrústegui, conocida como 'Noni' y pariente del primer marqués de Comillas, en la Finca Las Viñas. Teresa se encargó de diversas tareas, incluyendo el cuidado de la casa y de las nietas de la señora, a quienes les unió un profundo cariño. En 1980 sufrió un accidente doméstico debido a un incendio, lo que la dejó convaleciente durante cuatro meses en la unidad de quemados del Hospital de Cruces.

Tras su recuperación, pasó varios meses en su casa y continuó apoyando a la Noni con la ayuda de sus hijas. Trabajó con ella hasta mediados de los años 80, momento en que Noni falleció. A pesar de ello, Teresa siguió cuidando su finca con el apoyo de sus hijas y, durante cuatro años, trabajó para sus nietas. Su profunda amistad quedó reflejada tanto en su legado como en el de María Antonia de Satrústegui.

A los 65 años, Teresa se jubiló, después de haber podido cotizar a la seguridad social tras sufrir el accidente, lo que le permitió asegurar su futuro. En 1988, enviudó tras la prematura muerte de Paco, quien falleció a los 59 años. Desde entonces, Teresa vivió en Trasvía, en su casa familiar, cerca de su segundo hijo.

Teresa pertenece a una generación que enlazó mar y ganadería, tradición y apertura al mundo. Su vida ha sido un puente entre épocas y generaciones hasta llegar en 2024 a la residencia donde hoy conversa con sus amistades de la infancia. En ella se cruzan numerosas historias, personas y lugares, pero sobre todo late la historia de la mujer que supo sostener, trabajar, cuidar, enseñar, amar… Hoy su legado no está solo en lo que hizo, sino en lo que permitió que otros fueran. Y eso también es historia.