Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
El deber de “complicarse la vida”
Ojeo el plan de Zona de Bajas Emisiones de Santander y, en fin… Para qué comentar lo que se describe por sí solo. Cada cual que celebre o se enfade según sus lógicas (es decir: su ideología, que todas la tenemos). Pero lo que me ha saltado a la cara como un pulpo fuera de agua salada es la frase en la que se nos advierte que “la medida no va a complicar la vida a los santanderinos”. Lo que ocurre, o lo que debería ocurrir, es justo lo contrario: si queremos mitigar los efectos de la crisis climática y tener un aire respirable dentro de unos años, deberíamos complicarnos un poco más la vida.
Esta —la de no complicarnos la vida— es una de las promesas más falsas del capitalismo contemporáneo —y del armazón político que lo sustenta, sea el partido que sea el que esté al frente de los gobiernos—.
Espóiler: la vida es complicada. Mala suerte. Segundo espóiler: que la vida sea complicada no impide disfrutar de ella a raudales. Si queremos un vida vivible, hay que complicarse la vida; si queremos llegar a lo sencillo, deberemos partir de lo complejo; si pretendemos que el planeta, las ciudades que hemos construido, y las comunidades humanas a las que pertenecemos sigan ahí cuando lleguen las generaciones venideras tenemos el deber de complicarnos la vida, de renunciar a determinadas comodidades, de situar con precisión qué es imprescindible y qué podemos permitirnos no desear.
Ya en 1980, uno de mis héroes particulares —el filósofo autodidacta colombiano Estanislao Zuleta— escribía un 'Elogio a la dificultad' en el que daba con la clave:
“La pobreza de la imaginación nunca se manifiesta de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de Cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por lo tanto también sin carencias y sin deseo; un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes. (…) Todas estas fantasías serían inocentes e inocuas, si no fuera porque constituyen el modelo de nuestros propósitos y nuestros anhelos en la vida práctica. (...) Puede decirse que nuestro problema no consiste solamente ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos; que nuestra desgracia no está tanto en las frustraciones de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal. (...) En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En lugar de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de la satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida”.
Yo siempre recomiendo sustituir la zanahoria de la “vida sin complicaciones” por una ampliación enmarcada de estas líneas. Deseamos mal porque nos han explicado que el deseo se sublima con el consumo y que todo lo demás, la vida, debe ser algo fácil si tenemos el dinero y la posición social, geográfica y cultural para así garantizarlo. Deseamos llegar en coche hasta la puerta de todos nuestros anhelos; deseamos una plataforma de series infinita en la que nuestro aburrimiento se despiste entre tanto ruido blanco; deseamos tener enemigos fáciles —los migrantes, los políticos, los sindicatos, los fabricantes de esterillas— para volcar en ellos nuestra rabia; deseamos espejos convexos que alteren nuestra percepción sobre nosotros mismos; deseamos una agenda repleta para que el silencio no nos asalte; deseamos ser tribu para no ser singulares; deseamos creer que solas podemos porque nos da pánico constatar que solas no podemos…
Deseamos mal. Yo deseo complicarme la vida para poder seguir viviendo con dignidad. Complicarme la vida cooperando con otros, negociando, gestionando los conflictos y las incertidumbres. Deseo complicarme un poco la vida para que otras y otros tengan una vida mejor, para no consumir lo que no necesito, para no necesitar lo que solo es consumo. Deseo aparcar el coche y caminar. Caminar y conversar con otros. Conversar con otros y sentirme interpelado por sus complicaciones. Sentirme interpelado y actuar —en lugar de amargarme callado para no complicarme demasiado la vida—.
Complicarse la vida es vivir y vivir, queridas y queridos, es antónimo de los océanos de mermelada sagrada o de esa eternidad de aburrición que compensamos con toneladas de emisiones de gases de efecto invernadero.