Cantabria Opinión y blogs

Sobre este blog

La portada de mañana
Acceder
La amenaza de una repetición electoral en Extremadura desconcierta al PP
Cerrar escuelas por el mal tiempo: clases perdidas y falta de conciliación
Opinión - El mensaje oculto de Bad Bunny, por Raquel Ejerique

A la espera del tsunami

0

La inacción a veces se parece a lanzarse a un precipicio. Nos avisan de tormentas brutales, de posibles tsunamis, de ciclogénesis explosivas con nombres de vecino de pueblo y nos sentamos frente al televisor a que nos confirme que tenemos el agua al cuello cuando la humedad hace días que nos llegaba a las pantorrillas. Atrapados en un síndrome que combina la ceguera ante el devenir y una abulia apabullante, nos vemos atrapados en una inercia que por, aparentemente cómoda, no es menos peligrosa.

Nos avisan del impetuoso avance de la ultraderecha, del retroceso democrático, de la imposición de morales únicas, de un 'tsunami' político y social que amenaza con aplanar las diferencias y reprimir la diversidad… y nos conformamos con ver 'LaSexta Explica' para ver si, así, entendemos lo que ya está diagnosticado.

Si nos ponemos pedantes —y mi tendencia a la pedantería es casi un trastorno— me referiría al concepto acuñado por el sociólogo Anthony Giddens: “seguridad ontológica”, que traducido al castellano pedestre no es más que una relación “despreocupada” con el mundo próximo, donde todo se espera que funcione y donde confiamos que nuestra trayectoria vital no esté en riesgo o no sea puesta en juego. Pero lo está.

Esperar el tsunami en la mecedora no nos pone a salvo, sino que nos condena… y las predicciones nos hablan de inmensas olas de color verde que se aprovechan del cabreo y de la frustración de los votantes-consumidores para imponer un mundo gris

Esperar el tsunami en la mecedora no nos pone a salvo, sino que nos condena… y las predicciones nos hablan de inmensas olas de color verde que se aprovechan del cabreo y de la frustración de los votantes-consumidores —hace tiempo que dejamos de ser ciudadanía política— para imponer un mundo gris en el que el miedo sustituye a la esperanza y los espejos sustituyen a las ventanas. 

Mientras, personas normales como nosotras que tenían un pensamiento conservador —es decir: retrógrado, contrario a la idea de progreso, pero aún no totalitario— desplazan su ideología para surfear esas olas y no perder poder o sensación de control. Sentados en su “seguridad ontológica” nos empujan al precipicio mientras nosotros seguimos en el sofá de casa esperando que algo nos salve.

Por eso es tan peligroso el “desplazamiento” populista de muchos miembros del Partido Popular —sin pueblo— en Cantabria o del Partido Socialista que cada vez lo es menos. Por eso es difícil pasar por alto lo acontecido en Cartes o la indolencia generalizada ante el avance inexorable de la precariedad vital.

Cuando el tsunami se acerca suelen darse dos reacciones: la espera pasiva, negligente, o salvarse a uno mismo y a los más cercanos. Ante las olas que se avecinan ninguna de estas opciones es buena. Hay que prevenir en común, aliarse, enredarse, dejarse contaminar. La pureza ideológica sirve de poco cuando el ICE aparece o cuando el Parlamento Europeo aprueba, como hizo el martes, normas que externalizan aún más nuestras fronteras y legalizan los campos de concentración de migrantes no deseados —los que son un “castigo” para algunos pueblos, ya saben—.

Ante el tsunami, ni estupor ni “seguridad ontológica”: reacción.