Gasto sanitario, esperanza de vida y negocios
Las tablas estadísticas hacen la foto fija de momentos puntuales, pero también revelan tendencias y, comparando unas con otras, ofrecen resultados interesantes cuando no dejan directamente perplejo. Una de las comparativas más llamativas es la relativa al gasto sanitario público confrontado con la esperanza de vida del ciudadano.
María Victoria Zunzunegui (Bogotá, 1951), Premio Magister Senior Honoris Causa de Unate, es una epidemióloga que se ha ido especializando con los años en estudios sobre envejecimiento. En un almuerzo de Unate en Santander tras recoger la distinción la pasada semana, Zunzunegui contaba el caso de un país con un elevado gasto sanitario, como es Estados Unidos, pero cuya esperanza de vida es comparable en Europa a estados con promedios de gasto mucho más bajos, en el marco ambos extremos de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). ¿Cómo era posible esto? ¿Qué significa 'gasto sanitario' en todo caso?
Los países europeos gastan una proporción menor de su PIB en sanidad que Estados Unidos, pero tienen una esperanza de vida mayor. Estados Unidos gasta en torno al 16% de su PIB en sanidad (el dato es de 2021), casi el doble en salud per cápita que el promedio de 12 países desarrollados, pero tiene una esperanza de vida de cinco años menos.
Obviamente, gasto sanitario no es equivalente a salud pública, ni siquiera a asistencia sanitaria a secas. Habría que decir más bien seguros y sanidad privada que gasto sanitario, lo que no es igual. El cambio de modelo se está produciendo paulatinamente en Europa y España (y Cantabria), con un auge imparable de la contratación de seguros privados por el ciudadano, pero sobre todo, con el desvío paulatino de recursos públicos a la sanidad privada, en sintonía con la ola conservadora que llega del otro lado del Atlántico.
Sanidad, educación y pensiones, precisamente los tres pilares del Estado de Bienestar, son grandes bolsas de dinero público a las que echar el diente. Pero la conversión de la sanidad en un negocio traerá como consecuencia no solo la elevación del gasto público, sino la depauperación de los niveles de salud en los ciudadanos. Es lo que se está viendo en otros órdenes, como el de la vivienda y la educación, cada vez más escoradas a las cuentas de resultados de empresas y particulares.
En Cantabria, el gasto sanitario crece año a año. A nosotros, que nos gustan tanto los registros récords y la espiral imparable del crecimiento, puede llenarnos de satisfacción que la sanidad se cuide presupuestariamente. Pero ello no quiere decir que este esfuerzo de los cántabros se traduzca en una sanidad mejor.
Llega el verano y buen número de consultorios cerrarán sus puertas intermitentemente, las listas de espera gozan de buena salud por más que se engrase con millones a los médicos para 'peonadas', la concertación está llamada a convertirse en un órgano paralelo de lo público, con cuenta de explotación incluida, y los profesionales están movilizados de continuo ante la discriminación flagrante que reciben unos gremios con respecto a otros.
Y todo ello en un contexto en donde no falta dinero, sino que hay más. A 1.222 millones de euros asciende el presupuesto de la sanidad cántabra este año, un aumento del 6,3% con respecto a 2024. Del total, 1.189 millones corresponden al Servicio Cántabro de Salud (SCS). ¿Cómo se explica entonces que un sistema ineficiente cada vez cueste más? ¿O es que estamos siguiendo el modelo estadounidense?
En esta dinámica, el árbitro del partido es crucial y en Cantabria el árbitro trabaja para lo público-privado, es decir, el gasto se queda en lo público y el beneficio en lo privado, algo sencillo de entender y para lo cual no hace matricularse en Harvard, si es que Harvard no acaba también por desaparecer. ¡Son los negocios, muchacho!