Que el horror no se nos instale dentro
El verano pasado los niveles de indignación ante el genocidio sionista en Gaza alcanzaron máximos: gente por todo el mundo se levantaba para mostrar su indignación ante la inhumanidad intolerable que estábamos, no obstante, normalizando, día tras día. En Laredo y en Cabezón, donde se llevaba tiempo haciendo un trabajo encomiable, la respuesta fue un auténtico clamor. El trabajo incansable e impagable de quienes nunca dejaron de creer en la necesidad de manifestarse por todos los medios a nuestro alcance, rechazando la aniquilación programada de todo un pueblo con el silencio cómplice de la comunidad internacional, tenía por fin sus frutos: nunca minusvaloremos el poder de los pequeños grupos humanos que denuncian lo intolerable, porque han sido la semilla del progreso ético de la humanidad.
Pero nos mandaron para casa y a casa volvimos como ovejitas obedientes. Quisimos creernos —unos más, otras menos, otres nada de nada—la mentira infame de una paz en Palestina que no era sino su sentencia definitiva de muerte: la Paz de Trump, menudo oxímoron. Hoy Trump crea su ONU alternativa, la llamada Junta de Paz, y reúne a todo lo peor de este planeta en un grupo de muchimillomarios —todos ellos hombres, por cierto— cuyo único interés es sacrificar Gaza al dios del capital, pretendiendo convertir el genocidio en una oportunidad inmobiliaria, tal vez ese resort del que hablara el demente presidente de los Estados Unidos para bailar literalmente sobre las tumbas de cientos de miles de seres humanos masacrados por la despiada avidez de los colonos israelíes, esa lacra de la humanidad.
Pero el próximo sábado 31 a las 12.00 horas, volveremos a las calles, de la mano del Comité-Interpueblos, atendiendo con ello al llamado de la Red Estatal Contra la Ocupación y la Colonización de Palestina, y con el apoyo de otras muchas organizaciones, asociaciones y personas de Cantabria. La manifestación partirá del Complejo Ruth Beitia y llegará hasta el Carrefour del Alisal de Santander para pedir un embargo total de armas y la ruptura de relaciones con Israel y con una elección de recorrido que apunta al movimiento internacional Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS). Hay muchas formas de lucha y denuncia, y hoy día una de ellas tiene que ver con el consumo o, mejor, con el desconsumo: el boicot a productos que sustentan la ideología colonialista y genocida sionista.
Y es que la salida del complejo dedicado a la deportista y excandidata fallida del PP quiere subrayar el hecho de que la participación del Israel Premier Tech que tanto nos indignó en la Vuelta ciclista no fue algo puntual: Israel tiene todo un plan para utilizar el deporte como arma propagandística internacional que blanquee su imagen. Ahora es la participación del Maccabi Tel Aviv en la Euroliga de baloncesto el ariete de su ofensiva ideológica, que ha llevado a reactivar el movimiento de boicot en el ámbito deportivo. Van varias visitas protestadas, en Barcelona, Madrid y Valencia, y el movimiento cívico de apoyo al pueblo palestino y la petición de respeto a la legalidad internacional que Israel viola sistemáticamente han sido respondidos por las delegaciones de nuestro progresista Gobierno, que se dice comprometido con Palestina, con cargas policiales y detenidos.
Este mismo Gobierno, por cierto, mediante su policía, no ha dudado en multar a varias personas en Cantabria —y por supuesto, en otros sitios— por aquellas protestas en la Vuelta, aplicando la antidemocrática Ley de Seguridad Ciudadana. Quienes han recibido las multas no van a estar solas para hacerlas frente: tendrán a su lado, en todo momento, el apoyo de los movimientos sociales y las personas comprometidas de Cantabria, que ya están movilizadas para ello. Es demencial y para preguntarse: ¿Acaso sería alguien capaz de censurar o defendería multar a quien se opuso al nazismo de Hitler? Pues estamos en una tesitura en que las comparaciones no son ya desproporcionadas en absoluto.
Vivimos tiempos en los que la ideología más terrorífica del siglo XX asoma más que la patita y quedarse quieto o en silencio te convierte en cómplice del retorno de lo peor. El autoritarismo más brutal está a la orden del día y lo que ayer parecía imposible hoy es ya una realidad en un mundo completamente desregulado en el que han caído hasta los trampantojos legales que transmitían una mínima sensación de justicia, democracia o simple seguridad.
El ICE, la Gestapo de Trump, ha asesinado ya a dos personas, Renee Good y Alex Pettri, ciudadanos comunes y corrientes que vigilaban sus prácticas nazis contra las personas racializadas en Minnesota mientras el demente a los mandos pretende decidir el futuro de Palestina, al tiempo que secuestra presidentes y exige nuevas colonias —véase Groenlandia—para calmar su sed de combustible fósil. En el desorden mundial que habitamos, tumbada ya todo tipo de legislación internacional, por no hablar de los derechos humanos, por la vía de los hechos —algo en que la UE abrió brecha con su negativa a acoger a los refugiados—, debemos cuidarnos de responder al avance de este nazismo descarado. Merece la pena quedarse afónico gritando que Palestina no puede acabar siendo un resort en manos de Trump, Netanyahu y su internacional de la crueldad.
Volviendo a la manifestación, esta finalizará en la explanada del Carrefour del Alisal porque la multinacional minorista con sede en Francia tiene un acuerdo de franquicia con Electra Consumer Products, empresa pública israelí, a través de su filial Yenot Bitan, que manufactura productos con etiquetado de Carrefour que comercializa en todo Israel, según muestra la investigación 'Las actividades comerciales con los asentamientos ilegales' firmado por 80 organizaciones internacionales, entre ellas Oxfam. Nueve tiendas Yenot Bitan están distribuidas en los territorios ocupados, dos de ellas operan con la marca de Carrefour en su fachada. En el mapa promocional de Carrefour Israel, la empresa apoya abiertamente la demanda de soberanía de Israel sobre los territorios palestinos ocupados, contraviniendo el derecho internacional. Apoyar esos acaparamientos ilegales de tierras que expulsan a las familias palestinas indígenas de sus tierras, las despojan de sus recursos naturales y niegan su derecho a la autodeterminación es razón suficiente para dejar de comprar en ese hipermercado y tratar de hacer que nadie más lo haga hasta que no cambien sus lealtades.
Hay que responder cuando la destrucción se normaliza, cuando el lenguaje del progreso encubre el exterminio y cuando el silencio empieza a parecer razonable. Volver a la calle es una forma mínima de esa respuesta. No garantiza nada, pero rehúsa aceptar que todo esté decidido. El cinismo es hoy una forma de dominación: es la actitud más funcional al desastre que nos convenzamos de que nada sirve. Y quizá no podamos detener la maquinaria del horror, pero sí podemos luchar sin descanso para que la atrocidad no se nos instale dentro.