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Prejuicios

9 de julio de 2025 20:48 h

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Los prejuicios operan en todas direcciones, son 'democráticos' porque los aplicamos sin distinción y son nocivos si no sabemos apearnos a tiempo de ellos.

Subo a bordo de un tren mentiroso —denominar Regional Express a esta caja con ruedas que solo aguantaría un trayecto de cercanías parece un oxímoron malintencionado—. Me subo convencido de que Renfe tiene sentido y de que el transporte ferroviario público debe ser defendido porque es más sostenible, es colectivo y es viable. Mi prejuicio se cae enseguida. Nos informan que durante el trayecto —¡cuatro horas Valladolid-Santander!— no habrá baños disponibles. Después del sofocón en la vejiga, la mala noticia se convierte en chiste cuando nos informan que pararemos en Aguilar de Campoo para ir al baño. “No beban mucha agua”, recomienda una revisora que también sufrirá estar en su trabajo sin poder usar un baño.

Nada más entrar observo cargado de prejuicios a un grupo de cuatro jóvenes que no superan los 22 años. Pantalones cortos dejando ver la ropa interior, algunos piercings, gorras de marca y música en los cascos. Pienso en lo despreocupado que era ser joven y las promesas que traían los veranos en esa época de mi vida, en la vida de casi todos y todas. Claramente, van de vacaciones. Mis prejuicios operan en el cerebro y los encuadro en chicos que pueden ir a un concierto, dispuestos a bailar y, quizá, a ligar, con ganas de fiesta y despreocupados. Dejan de escuchar la música y mi oreja de periodista se activa. La conversación hace añicos todos mis prejuicios. Hablan de política y lo hacen con altura. Están bien informados, saben quién gobernaba hace 10 o 15 años, analizan la evolución de la ultraderecha y reflexionan sobre por qué los votantes están desmovilizados. Auto zasca… todo mi cuadro mental salta por los aires y debo reubicarlos en mi mundo imaginario.

Se bajan en Palencia y me dan envidia. Irán al baño una hora larga antes que los que sobrevivimos a bordo del tren mentiroso. Nosotros apretamos el aguante y vamos, de parada en parada, directos al triunfo intermedio. Pienso en Aguilar de Campoo, en su prosperidad galletera, en cómo están llegando trabajadoras y trabajadores de todos los lados, en cómo debe estar transformándose. Mis prejuicios —esta vez positivos— se alimentan del desconocimiento —como casi siempre—.

Llegamos… como en el colegio, el conductor del tren nos avisa de que tocará la bocina una vez terminada la operación “Micción en acción”. Hacemos cola frente a dos baños en una estación desolada. No hay casi rastro de humanidad. A unos 80 metros hay un bar donde parte de los viajeros tratan de conseguir comida. El botín se acaba pronto: solo quedaba una bolsa de patatas fritas y dos magdalenas embolsadas. Nada de la tradición gastronómica palentina. A unos 120 metros de la estación, sobre una loma, está el 'Night Rouge'… vamos un prostíbulo de los de toda la vida —triste—. Son las 21.00 horas y está a pleno rendimiento. Sus ventanas, alguna ropa colgando, la puerta de entrada, todo habla de pasado, no de presente, de maltrato a mujeres procedentes de quién sabe dónde, de una soledad y de una falta de sentido tal que Óliver Laxe no necesitaba irse a las raves de Marruecos para hablarnos de la futilidad de la vida. Mis prejuicios positivos se desmoronan y entiendo que las estructuras de nuestra sociedad están tan intactas que dan miedo. Ni el empleo, ni la prosperidad nos aleja de la terrible tentación de explotar a otras por 50 euros mal encarados.

Cuando el tren pita, dejo que la tartana me lleve sin pensar mucho más. Aún me alcanza para que mis prejuicios sobre los automatizados servicios de atención al cliente. Esta vez sí. Mis prejuicios no fallan. A las 22.10 horas, cuando ya sé que el tren no podrá llegar jamás en horario a Santander —no hemos llegado a Los Corrales de Buelna y son las 22:12— me llega un SMS de InfoRENFE. “Por gestiones del tráfico ferroviario, tu tren Regional Express 18105/38105 está circulando con una demora aproximada de 25 minutos”. Ahora se denomina como “tráfico ferroviario” a orinar y a un aviso fuera de tiempo información oficial.

Vivimos, viajamos, respiramos a través de nuestros prejuicios pero siempre habría que estar dispuestos a revisarlos, cuestionarlos o eliminarlos en función de lo que la vida, los viajes y la respiración nos ofrece. Siempre, incluso en el acontecer más cotidiano y baladí.