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Asaltar los cielos

En la política contemporánea se habla de vez en cuando de asaltar los cielos. Es como si algunos políticos quisieran condenarse al fracaso desde el principio. Porque esa operación nunca ha salido bien.

Recuperados los dos satélites perdidos esta madrugada por un cohete Ariane

EFE

Dédalo, el gran ingenioso, inventó el vuelo humano: hizo unas alas para escapar del laberinto que él mismo había diseñado para encerrar al Minotauro. Alas que mostraron ser perfectamente aptas para este cometido y dieron la libertad a su fabricante, pero que significaron la muerte para su hijo Ícaro que, no contento con superar las barreras terrestres, pretendió acercarse al sol.

Avisados estamos, por tanto, los humanos, desde antiguo, de que no es aconsejable tomar los cielos por asalto. Pero, como a tantos otros consejos, a este se lo desprecia con frecuencia.

En el siglo XX especialmente. El primero fue Wernher von Braun. Los historiadores aseguran que su sueño infantil era volar a la Luna, y para lograrlo lo que hizo fue seducir a los militares, fingiendo que los cohetes espaciales que él quería eran armas poderosas, para que destinaran fondos a su creación. Lo de fingir se le dio de cine: las V-2 eran realmente destructivas; mataron a mucha gente en Londres, sí, pero a muchísima más en Alemania, en la fábrica subterránea donde se fabricaban mediante esclavos, doce de los cuales eran ahorcados diariamente por gusto, por mantener la moral. Muchos más morían de enfermedades derivadas del hambre y el maltrato. 

Pero a los ejércitos les sirve la gente que mata. Así que los estadounidenses (a quienes eligió el aristocrático von Braun para rendirse, no fuera a caer en manos de los bolcheviques) en vez de juzgarlo como criminal de guerra le prepararon una biografía al estilo de los máster de los políticos de por aquí, y el alemán acabó presentando programas infantiles de Walt Disney.

Al llevárselo, los estadounidenses se cuidaron bien de que en Alemania no quedaran restos del trabajo de von Braun que los rusos pudieran aprovechar. Claro que no conocían a Serguéi Koroliov.

Serguéi Koroliov era ingeniero de cohetes en la Rusia de Stalin, cuando el marxismo era la religión oficial y la paranoia y la tortura la praxis cotidiana, como ocurre con todos los gobiernos despóticos. Denunciado por compañeros previamente torturados y muertos, lo detiene la policía, lo tortura y le amenaza con ir a por su mujer y su hija de tres años, así que firma una confesión, y sin juicio se le sentencia a 10 años en Siberia. Lo llevan al gulag de Kolymá, en Siberia, donde miles de hombres morían cada mes. A golpes le arrancaron los dientes y le rompieron la mandíbula; mal alimentado, cogió el escorbuto. Y sin embargo tuvo suerte: cuando Beria ascendió a jefe de la policía reabrió muchos casos, entre ellos el suyo, y como consecuencia le dejaron salir del gulag. Emprendió viaje de vuelta a Moscú en autostop; un camionero al que tuvo que darle su abrigo a cambio del viaje le dejó en Magadán, donde pierde el último barco del año. A cuerpo en una ciudad donde la temperatura llega a 50° bajo cero, está a punto de morir cuando un anciano se apiada de él y lo cuida.

Cuando finalmente llega a Moscú de nuevo tuvo suerte: la paranoia de Stalin ahora es estimulada por las bombas atómicas tiradas sobre Japón, y se decide impulsar el programa espacial soviético con todo lo disponible. Vuelve a ser ingeniero de cohetes. Va a Berlín a aprender todo lo que pueda de los alemanes. Los yanquis habían destruido todos los restos del trabajo de von Braun, pero Koroliov se las apañó para reconstruir y entender los planos de la V2.

A partir de ahí, aquel hombre destrozado hizo el Sputnik I, primer artificio de la historia colocado en órbita (había hecho otro satélite más desarrollado que era el previsto para el lanzamiento, pero el conductor del camión que lo transportaba se había puesto ciego de alcohol industrial y se estrelló). También con la dirección de Koroliov la URSS consiguió varios éxitos asombrosos más antes que ninguna otra potencia, llegando a poner al primer hombre en el espacio, muy por delante de los estadounidenses.

Estadounidenses que, ganada la guerra, ya no temían a los alemanes: su miedo ahora eran los comunistas. Desde antes de la guerra había pioneros intentando llegar a la Luna en cohetes, relacionándose inevitablemente con los militares. Conocemos su historia gracias a un libro reciente de la editorial cántabra El Desvelo, Sexo y cohetes, dedicado básicamente a contar la biografía de Jack Parsons, uno de los personajes clave de la carrera espacial estadounidense. Parsons no fue sádico ni nazi, como von Braun, era más próximo a desgraciado, como Koroliov. El libro relata cómo el brillante científico era por la noche un sacerdote de lo oculto. Al que el fundador de la Cienciología, L. Ron Hubbard, levanta la novia y los ahorros. Y que muere en una explosión a los 37 años.

Con él trabajó un tiempo Hsue-shen Tsien, al que la vida tampoco trató demasiado bien. Su historia está recogida en Thread of the Silk Worm [Hilo de gusano de seda], de la periodista Iris Chang, una autora estadounidense de éxito que acabó suicidándose. Es una biografía fascinante, pero lo que aparece en Sexo y cohetes es que fue acusado de comunista, el terror de las autoridades, por la sólida razón de que era chino. Avergonzado, decidió irse a China, cosa que no había deseado hacer nunca. Pero los funcionarios estadounidenses lo detuvieron y metieron en un campo de concentración, también sin juicio como los rusos a Koroliov, y allí lo tuvieron cinco años. Lo liberaron cuando pensaron que todo lo que hubiera podido aprender con Parsons había quedado obsoleto.

Sí, tras cinco años Tsien no estaba al día en tecnología aeroespacial, pero sabía pensar por su cuenta: gracias a él se desarrolló toda la tecnología de misiles china, partiendo de cero.

Parece que asaltar los cielos en la industria aeroespacial no es el camino mejor para ser feliz. Fuera de la industria aeroespacial, la política reciente y próxima ha popularizado la expresión asaltar los cielos, que ha venido acompañada de experiencias tan desastrosas como las de los científicos que querían llegar a la Luna. Parece que los asaltantes de las alturas, tanto si eligen la política como la tecnología, están condenados al infierno.

Que esta expresión está más relacionada con el desastre que con la ascensión lo muestra que se use como título de una película sobre la vida de Ramón Mercader, catalán nieto de indiano cántabro, estalinista como los que torturaron a Koroliov. Mercader asumió voluntariamente un destino que lo haría famoso: asesinar a Trotsky en su exilio mexicano. Fue capturado y cumplió condena; y después fue bien tratado en Moscú y La Habana, pero de llegar al cielo, nada: le dieron de comer y para de contar. Ni siquiera Carrillo quiso traerlo a España: para entonces todo el mundo tenía claro que Stalin había sido un monstruo criminal sin justificación posible y los estalinistas hacían todo lo que podían para que no lo relacionaran con ellos.

Como se ve, nada se aparta del relato de Apolodoro. Según lo previsto, asaltar los cielos es un camino seguro al desastre. La aeronáutica nos cae un poco más lejos, pero la política es cosa de todos. Incluso si no participamos en ella activa y conscientemente, nos toca pagar los platos rotos. Así que ¿por qué nos empeñamos en imitar a Ícaro? ¿No estaría mejor fijarnos en Dédalo? Olvidar los asaltos a las alturas gloriosas y saltar simplemente por encima de las murallas que nos aprisionan, aquí en el suelo, donde vivimos nosotros y quienes nos necesitan.

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