Un estudio concluye que persiste la segregación laboral horizontal y vertical en la industria agroalimentaria
Las desigualdades de las mujeres persisten al final de la cadena de valor de la industria agroalimentaria de Castilla-La Mancha en sectores tan importantes económicamente en la región como el del vino, el champiñón y el queso y existe una segregación laboral, tanto horizontal como vertical.
Esta es una de las conclusiones del proyecto de investigación ‘Mujeres al final de las cadenas de valor de la industria agroalimentaria en Castilla-La Mancha (MUFICLM)’ financiado por el Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha del Gobierno regional y que cuenta con la colaboración de la Delegación del Rector para Políticas de Igualdad. Así lo ha adelantado la responsable de este estudio, Aurora Galán, en una entrevista con AgroalimentariaCLM.
Esta investigación se centra en visibilizar el trabajo que realmente existe en los últimos eslabones del sector agroalimentario en Castilla-La Mancha y cómo esas mujeres siguen aportando, aunque siempre lo han hecho de manera invisible, al desarrollo rural.
Para llevarlo a cabo se ha trabajado con estadísticas oficiales y se ha entrevistado a una treintena de hombres y mujeres de estos tres sectores en las comarcas de Valdepeñas, Alcázar de San Juan en Ciudad Real, y zonas limítrofes llegando hasta sur de Toledo, y las comarcas de La Manchuela de Cuenca y Albacete para avanzar en el sector del champiñón.
“Lo que hemos estudiado es de qué manera se produce la inserción de las mujeres en el sistema productivo local, la incorporación y la estacionalidad en el mercado de trabajo en tres sectores industriales que nos parecía que podían reflejar cuáles eran la realidad de las mujeres y hombres”, relata Aurora Galán.
Lo que hemos estudiado es de qué manera se produce la inserción de las mujeres en el sistema productivo local, la incorporación y la estacionalidad en el mercado de trabajo en tres sectores industriales
Esta investigadora, que no es la primera vez que afronta estos temas, ya que lleva trabajando en estudios sobre mundo rural con perspectiva de general desde el año 2005, asegura que esa era la idea de este trabajo: “Trabajar desde ese plano y diferenciar el concepto de trabajo y el concepto del empleo que entronca con distinguir aquel empleo que es pagado y el trabajo que sostiene a la sociedad, que es el trabajo donde han estado situadas las mujeres en el mundo rural desde hace mucho tiempo”.
El concepto de la interseccionalidad de género
Además, incorpora también el concepto de la interseccionalidad de género para ver cómo el género se entrelaza con otras categorías y aquí introduce elementos de análisis que van desde la clase social, la estructura ocupacional, la inmigración, los territorios rurales. Además, plantea de qué manera afecta el grado de ruralidad, “porque no es lo mismo las agrociudades con una serie de recursos, que los pueblos menores de 3.000 habitantes” y cómo afecta esto a la posición de las mujeres en la cadena agroalimentaria.
El estudio se centra en los trabajos que se desarrollan en torno al origen de la materia prima, su transformación y la distribución final. “Nosotros nos hemos centrado en el origen y en la transformación de los productores pequeños, en el territorio rural de estos tres sectores conviven grandes empresas pero un número importante de productores y productoras pequeñas que están al final de esa cadena de valor”, señala.
“Ahí nos encontramos con empresarios que conviven, algunos que provienen de proyectos heredados o que se han establecido por estructuras familiares donde participan activamente los hombres y las mujeres, es decir, la familia; luego hay iniciativas individuales de empresarias, también están las que están en la producción y las cooperativas”.
Y en este enjambre, Aurora Galán destaca un fenómeno que se ha producido “curioso”: las neorrurales, “mujeres formadas en los años 80 o 90, mujeres que han estudiado fuera, mujeres formadas porque se ha producido un impulso de madres que incidían en que las hijas fueran a estudiar fuera porque clásicamente los hijos heredaban los negocios familiares; algunas de esas mujeres formadas han retornado a sus espacios de origen y han conseguido establecer unos negocios”, asegura.
Desigualdades que persisten
En el estudio de estas cadenas de valor “nos hemos encontrado que hay desigualdades de género que todavía persisten”. Las mujeres participan de manera activa en esos eslabones en la cadena agroalimentaria, fundamentalmente en la producción, recolección y transformación “pero la participación de ellas suele traducirse en menos control económico y menos capacidad de decisión”.
Así, Galán destaca que “muchos negocios aún siguen estando en manos de los hombres” y mientras las mujeres participan de manera activa en la producción y comercialización de alimentos pero “no en lo que es la negociación comercial, el control de ingresos, eso sigue estando en manos masculinas”.
Así, concluye que “sigue extiendo una segregación laboral horizontal y vertical importante en sectores como el champiñón donde las mujeres están en las naves en el espacio de la producción”, pero no en otros eslabones de la cadena.
En el sector de la producción de quesos se ha detectado cambios ya que “hace unos años en las queserías había mayoría de mano de obra femenina y ahora parece que en algunos espacios esto está cambiando”.
Mientras, en el sector del vino los hombres ocupan un papel más importante en el espacio de producción y las mujeres se están incorporando de manera activa en temas de administración. Concretamente, en el enoturismo hay cada vez mayor presencia de mujeres y también “son mujeres formadas, no liderando una empresa pero ocupando espacios muy necesarios”, asegura.
Además están escalando puesto en los controles de calidad de las empresas agroalimentarias, “en los espacios técnicos sí que se están incorporando mujeres”.
Se puede afirmar, que en lo que se refiere a la producción “el sector del vino está masculinizada, en champiñón más feminizado y en el queso se están incorporando hombres”.
Y luego, existe “esa segregación vertical en los puestos en los cuales tienen mayor presencialidad publica, en el comercio, en los puestos de toma de decisiones” donde la presencia es más masculina en los tres sectores.
En el ámbito del cooperativismo agroalimentario, las mujeres representan el 28,2 % del total de personas socias en cooperativas de primer grado y el 31,6 % en las de segundo grado. Sin embargo, su presencia en puestos directivos continúa siendo limitada, con un 11,2 % en cooperativas de primer grado y un 9,9 % en las de segundo, mientras que solo el 6,5 % de las presidencias están ocupadas por mujeres.
Asimismo, el liderazgo femenino en explotaciones agroalimentarias sigue siendo reducido: en 2025, solo el 8 % de estas están dirigidas por mujeres. No obstante, se observa una evolución positiva en la participación femenina en cooperativas, donde cerca del 30 % cuentan con socias.
En cuanto a la formación ha habido una evolución importante, “la brecha de género en ese sentido es corta, hay una feminización de los espacios de formación y los hombres se han incorporado desde el 2011, tras la crisis del 2008, a una formación activa”.
Más temporalidad y una doble o triple jornada
Otras conclusiones hablan de que en lo que se refiere a los contratos, hay más contrato temporal en las mujeres. “En el mundo ruralaúnn nos encontramos con dinámicas estructurales que marcan el desarrollo territorial, la cohesión económica y la sostenibilidad social, donde el tema de la doble o triple jornada está presente, el cuidado, la estrategia familiar de sostenimiento del hogar está en manos de ellas”, señala.
En esto la evolución ha sido poca y las zonas rurales las mujeres “siguen manteniendo el cuidado del hogar y de otros miembros de la familia, aquí se intensifican esas desigualdades”, temas como el envejecimiento de la población, la escasez de servicio público que se agrava cuando los pueblo son más pequeños “hace que las mujeres tengan esa carga superior en el trabajo”.
No obstante, “han cambiado muchas cosas”, de los años 60 hasta ahora, ya que “antes ni siquiera las mujeres eran visibles en las estadísticas oficiales era un trabajo considerado ayuda familiar. Ahora las mujeres aparecen de manera visible, aparecen en las estadísticas a todos los niveles”, afirma.
En los 80 se produce el incremento de la migración de mujeres a las ciudades para estudiar y “esos cambios que han ido derivados de la formación de las mujeres, mujeres que algunos casos vuelven a los pueblos buscando una mejor calidad de vida, buscando los orígenes o en algunos casos también para cuidar a los padres”.
Las acciones camino de la equiparación 'total'
Sobre las acciones que deben llevarse a cabo para llegar a la equiparación total, Galán considera que “se han hecho apuestas muy interesante como el Estatuto de las Mujeres Rurales donde se incide en la importancia de la titularidad de la tierra por parte de las mujeres y ha tenido efectos, no de manera exacerbada, pero se está incrementado la titularidad compartida de la tierra”.
Hay problema que también contribuyen a que no se llegue al objetivo como el envejecimiento de la población o la falta de servicios en las zonas rurales educativos, sanitarios o de asistencia a ancianos. “Se están haciendo cosas, pero me preocupa esos pueblos más pequeños” y considera que hay que unir fuerzas entre pueblos a través de las mancomunidades para mejorar esta situación.
Actualmente, se encuentran en proceso de redacción de las conclusiones de este estudio que se presentarán en junio, un trabajo que “nos gustaría que tuvieses continuidad”, aunque dependen de conseguir una nueva financiación.