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Fisac, el ejercicio de precisión de la memoria

David García-Manzanares Vázquez de Ágredos

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La memoria humana, cuando se ejerce de manera colectiva y se prolonga durante los años hasta sedimentarse en una vaga certeza compartida, posee una extraña inclinación hacia la simplificación, como si le resultara insoportable la complejidad de las personas reales y necesitara reducirlas a una imagen fija, reconocible y cómoda, aunque para ello deba sacrificar cuanto en ellas hubo de contradictorio, matizado o sencillamente verdadero.

Acaso porque recordar exige un esfuerzo de precisión que no siempre estamos dispuestos a asumir, solemos preferir el contorno rápido del prejuicio a la fatigosa tarea de la comprobación; y así, una vez que cierta atribución se adhiere a una figura pública, por tenue o infundada que haya sido en su origen, termina convirtiéndose, con la fuerza opaca de la repetición, en una verdad aceptada que casi nadie se detiene a discutir, incluso cuando la realidad, obstinada y a menudo documental, se empeña en desmentirla.

Sólo de ese modo se explica que durante décadas -y todavía hoy, con una frivolidad que asombra por su persistencia- se haya repetido acerca de Miguel Fisac que fue un arquitecto afecto a la dictadura, cuando no beneficiario directo de ella, y que incluso se haya insinuado, con esa sospecha retrospectiva tan propia de quienes juzgan el pasado con la impunidad de saberse a salvo de sus riesgos, que su indudable éxito profesional obedeció menos a su talento excepcional que a sus supuestas connivencias políticas.

Es cierto, desde luego, que Fisac, como cualquier personalidad de relieve cuya actividad dependía de encargos públicos o de grandes estructuras empresariales, mantuvo contacto frecuente con los más altos niveles administrativos del Estado y con las principales compañías del país. No podría haber sido de otro modo. Quien proyecta laboratorios nacionales, centros de investigación, grandes sedes corporativas o edificios institucionales no trabaja en un vacío social, sino en relación inevitable con las estructuras de poder de su tiempo. Pero de esa evidencia, tan obvia como inevitable, no cabe deducir de manera automática adhesión ideológica, y menos aún complicidad doctrinal. La historia española del siglo XX está llena de trayectorias intelectuales y profesionales que atravesaron el régimen sin por ello identificarse con él, del mismo modo que la cercanía funcional al poder no implica necesariamente su aceptación moral.

Conviene recordarlo ahora, justo cuando se cumplen veinte años de la muerte del arquitecto, y hacerlo además con pruebas, porque pocas cosas resultan tan saludables frente a la falacia memorística como la terquedad de los documentos.

Con motivo del vigésimo quinto aniversario del final de la Guerra Civil, el diario ABC invitó en 1964 a diversas personalidades destacadas de la vida pública española a reflexionar sobre aquella efeméride. Entre ellas figuró Miguel Fisac, y el 02 de abril de ese año publicó un texto cuya lectura, hoy, resulta tan esclarecedora como sorprendente por su valentía.

Escribía allí:

“Estos veinticinco años de construcción y reconstrucción nacional han sido extraordinariamente fecundos, pero yo no les llamaría, propiamente, de paz.

Para mí, la paz de España no puede ser sólo que no luchemos los españoles unos contra otros; ha de ser algo más profundo y que implique, en primer lugar, una grata igualdad, no de derechos o de situación pública, que en realidad existe, sino más bien de respeto, o mejor, de consideración para todas las posiciones que tengan un contenido de digno y libre comercio de ideas.

Hablando con claridad: que no quede ni rastro de vencedores ni vencidos, sin que esto quiera decir que olvidemos nuestra guerra, pero sí que la recordemos únicamente por lo que ella tiene de advertencia y de enseñanza.

En segundo lugar, que una concentración de poder, que fue una necesidad al final de la contienda, vaya dejando paso a una genuina institucionalidad, en la que todos los españoles estén auténticamente representados.

Estas son las premisas previas e indispensables que creo que son necesarias para que España —cara al futuro— marche por el camino de la paz que deseamos todos los españoles.“

No parece necesario subrayar demasiado lo evidente. En estas líneas Fisac no sólo reclama la reconciliación civil, exigiendo que desaparezca todo vestigio de vencedores y vencidos, sino que va más allá y formula, con una claridad extraordinaria para la España de 1964, una inequívoca defensa de un régimen genuinamente representativo; esto es, de una institucionalidad democrática que sustituyera la concentración personal del poder.

Conviene reparar en la fecha. No se trata de una declaración retrospectiva pronunciada cuando el franquismo agonizaba o cuando disentir resultaba ya un gesto inocuo. Se trata de palabras escritas y publicadas cuando el régimen se encontraba aún en plena vigencia, sólidamente asentado y lejos de cualquier horizonte inmediato de desaparición. Expresarse así entonces requería no sólo independencia intelectual, sino una forma serena de coraje moral.

Fisac sabía perfectamente -como lo sabía cualquier español adulto de su tiempo- cuáles podían ser las consecuencias de una opinión públicamente disonante. Y aun así escribió lo que consideraba justo y razonable. Quizá por eso resulta tan revelador volver hoy sobre ese texto. Porque obliga a corregir una imagen que la memoria colectiva ha preferido conservar sin demasiadas comprobaciones, acaso inducida por una apariencia física que no ayudaba precisamente a la simpatía inmediata: aquel hombre menudo, de bigote severo, gesto adusto y mirada más bien hosca, parecía responder exteriormente al cliché visual que tantos quisieron atribuirle también en lo ideológico. Y así, de una asociación puramente superficial, acaso casi fisiognómica, hemos terminado deduciendo durante

demasiado tiempo unas convicciones políticas que la documentación desmiente, para desde ellas condicionar incluso nuestra lectura de su arquitectura. Ahora que se cumplen veinte años de su muerte ha llegado el momento de resituar a Miguel Fisac no sólo como uno de los grandes creadores de la modernidad española, sino también como un hombre cuyo compromiso con la concordia, la genuina representación democrática y la superación moral de la lógica de la victoria lo situó, con notable anticipación y valentía, por encima de muchas de las ideas imperantes en la España de su tiempo.

Porque también la memoria, como la arquitectura, exige de vez en cuando una reconstrucción rigurosa. Y acaso la justicia hacia Fisac empiece precisamente por ahí.