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Guadalajara o modernizar la ciudad a costa de perder patrimonio arquitectónico “de valor incalculable”

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El origen exacto de la ciudad de Guadalajara es todavía una cuestión a debate entre los expertos. A veces se le atribuye un origen romano. Se habla de pobladores caracenses, con autores que lo vinculan a Caraca, la villa romana descubierta recientemente en Driebes.

De su pasado islámico no hay dudas. Fue ciudad defensiva con importancia militar por su posición relevante de la Marca Media, la frontera de al-Ándalus. Después los avatares de la historia dieron lugar a la ciudad medieval. Guadalajara se convirtió en lugar donde proliferaron monasterios, conventos e iglesias.

Como heredera de la ciudad islámica, Guadalajara era un caserío de pequeñas edificaciones, callejuelas estrechas en algunas zonas, murallas y arrabales. El desorden caracterizaba sus construcciones y también el trazado de las calles.

En el siglo XVII, aquellos nobles que mandaron construir todo ese amplio patrimonio arquitectónico religioso eligieron irse a Madrid y comenzó así una decadencia que se prolongaría durante más de dos siglos, hasta que se produjo una reordenación del mapa: llegaron las provincias y sus capitales.

Guadalajara pasó entonces de ser una ciudad medieval a una ciudad moderna y funcional, aunque en el camino se dejó un patrimonio arquitectónico “de valor incalculable” que nunca pudo ya recuperarse.

La modernización entre finales del siglo XIX y bien entrados los años 60 del siglo XX supuso, en muchos casos, la venta o el derribo de muchos de los edificios que habían definido a la ciudad histórica durante siglos. No solo las parroquias o los conventos, también los palacios y otros inmuebles. Desaparecieron para dejar paso a “una nueva arquitectura”. 

Lo cuenta en un libro el arquitecto Antonio Miguel Trallero Sanz, junto a su hijo Antonio Miguel Trallero Arroyo, estudiante de la misma disciplina. Las reformas interiores en Guadalajara en el primer tercio del siglo XX. La transformación de una ciudad conventual, ha sido publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Ambos analizan la evolución urbanística de Guadalajara entre finales del siglo XIX y principios del XX. “Nos propusimos saber cuál fue la razón del cambio tan radical que se produjo del que la ciudad actual es heredera y que supuso una enorme pérdida de patrimonio, sobre todo religioso”, explica Trallero Sanz.

La investigación aborda cómo la decadencia de la ciudad, de la función religiosa por una progresiva secularización y la desamortización permitieron la demolición de iglesias y conventos para abrir nuevas vías y plazas públicas. A finales del siglo XIX Guadalajara buscaba mejorar la habitabilidad y modernizar su imagen y, de paso, “sanearla” para favorecer su desarrollo económico y social.

 ¿Cómo se hizo? No ha sido fácil documentar el proceso. Las fuentes son escasas y poco fiables en muchos casos, aunque una de ellas ha permitido esbozar cómo se produjeron los cambios. Se trata del documento del levantamiento de la ciudad de Guadalajara realizado por el Instituto Geográfico y Estadístico bajo la dirección de Ibáñez Ibero entre los años 1878 y 1880, que, además de la planimetría y la altimetría de la ciudad, refleja las plantas de los edificios públicos existentes, muchos de ellos edificios religiosos ya desaparecidos.

El trabajo de investigación no solo detalla el medio físico y urbano de la época, sino que recoge las más importantes transformaciones dentro de un ambicioso proyecto que, en realidad, nunca llegó a completarse.

El “revolucionario” alcalde Miguel Fluiters

Si hay un protagonista del proceso ese es Miguel Fluiters, alcalde entre 1909 y 1918. Él impulsó algunas de las principales transformaciones, como la reforma de la calle Mayor Baja, que hoy lleva su nombre. Fue una de las claves en la eliminación del trazado medieval de Guadalajara reconfigurando todas las parcelas y cambiando numerosos inmuebles por otros acordes a las tendencias arquitectónicas de la época. No hubo convivencia, sino sustitución. Algo bastante común en la historia urbanística de esta ciudad.

Cuando llegó, algunos periódicos de la época le calificaron de “revolucionario” por su afán de transformar radicalmente la fisonomía de Guadalajara, rompiendo con siglos de estancamiento urbano.

Quería que la ciudad fuera más bella, que abandonase su “indolencia en lo referente a urbanización”, pero buscaba también darle impulso económico y social y para eso las reformas no debían ser solo estéticas. A veces los edificios que terminaron destruidos “no se veían como obras de arte, sino como algo que generaba problemas”.

No dudó en endeudar las arcas municipales porque pensaba que la inversión pública de unos pocos miles de ‘duros’ pondría en movimiento millones de capital privado que en ese momento estaban paralizados. Fluiters justificó la deuda argumentando que ninguna capital española había progresado sin recurrir al crédito y que era justo que las generaciones futuras pagaran parte de las obras que definirían los “nuevos derroteros” del pueblo.

Apostó por reformas en la calle Mayor Alta -a partir de la plaza Diego García, hoy plaza del Jardinillo- que nunca se terminaron ni lograron extenderse a toda la ciudad. Lo mismo ocurrió con la proyectada plaza Mayor, con la salvedad de la construcción del Ayuntamiento que hoy conocemos.

Uno de los espacios de la ciudad en los que más profunda fue su renovación urbana es el de la plaza de Moreno, donde se encuentra la Diputación Provincial, y las calles de su entorno. Y también destaca la reforma en el eje formado por las calles Barrionuevo Baja y Alta para transformarlas en la travesía de la ciudad de la carretera nacional de Madrid a Zaragoza, la posterior carretera N-II, que hoy es una calle más de la ciudad.

Una ciudad más “higiénica” y comercial

En ese proceso, el alcalde buscaba dotar a la capital de una imagen más higiénica y comercial. Y cuando hablamos de higiénica, lo decimos en el sentido literal de la palabra. Era cuestión de salud pública.

Su objetivo fue eliminar lo que consideraba “focos de infección” en las casas de callejones estrechos y mal ventilados. Un ejemplo específico fue su crítica al convento de Santa Clara - hoy ese espacio lo ocupa una caja de ahorros- cuya única ventilación del cementerio de monjas daba directamente a la calle Mayor, algo inaceptable para el centro de una capital. De hecho, se construyó un nuevo cementerio municipal, eliminando los antiguos camposantos parroquiales asociados a iglesias o conventos.

Las reformas confirieron centro histórico de Guadalajara un nuevo y personal carácter, muy alejado del de ciudad conventual que tuvo hasta el siglo XIX. Hoy se conserva, pero solo en parte. Desde los años 60 del siglo XX también se ha ido perdiendo aquella personalidad y no solo por las nuevas construcciones con grandes volúmenes.

“Ahora se sigue perdiendo patrimonio, no hablamos ya que grandes monumentos que no existen, pero sí de lo poco que queda. Es una pérdida culpable”, lamenta el arquitecto, teniendo en cuenta la mentalidad actual respecto del patrimonio es muy distinta a la de hace un siglo. “Ocurre además con un agravante: decimos que hay que proteger ciertos edificios, pero se consiente su pérdida”, incide.

Las guerras como factores de destrucción del patrimonio

En el cambio urbano de Guadalajara, el autor habla de la desidia por parte de los responsables políticos o técnicos y de la propia ciudadanía, pero también de cierto factor de mala suerte. “Ha sido un proceso muy largo. Nos pasaron por encima todas las guerras, pero también nos tenemos que echar la culpa a nosotros mismos por la falta de sensibilidad”, dice, a la hora de conservar el patrimonio en paralelo al desarrollo urbano.

Lo hicieron así otras ciudades, pero en Guadalajara “lo más fácil”, señala el arquitecto, fue simplemente derribar lo que no se utilizaba.

Si la destrucción caracterizó tanto la guerra de Sucesión (siglo XVIII) como la Guerra de la Independencia, con la invasión napoleónica (siglo XIX), a Guadalajara no le fue mucho mejor con la Guerra Civil.

Esta última tuvo una influencia significativa en el proceso de transformación de Guadalajara, actuando tanto como un factor de destrucción de patrimonio como un catalizador para completar reformas -no siempre afortunadas- que habían quedado inconclusas en el primer tercio del siglo XX. Por poner un ejemplo, el Casino de Guadalajara que ardió en un incendio en 1930 fue rediseñado y se levantó un edificio racionalista, casi art déco, terminado apenas en 1931, que de nuevo fue incendiado y destruido en 1936.

Ya en la posguerra, el proceso de cambio no se detuvo. Se construyó en 1945 la Delegación de Hacienda que obligó a modificar el trazado de la calle López de Haro y eliminar la antigua Plaza de Bradi. Tres años después se ensanchó la cercana calle del Carmen, en las inmediaciones de la calle Mayor y para eso se demolieron edificios antiguos como el Palacio de los Bedoya.

Hasta el Palacio del Infantado, bombardeado por la aviación alemana en 1936, sufrió después modificaciones importantes en su fachada lateral y el retranqueo de algunas partes.

En el camino de la transformación ni siquiera habían logrado sobrevivir edificios como el de la Real Fábrica de Paños. Se encontraba en las inmediaciones del Palacio del Infantado, en lo que es hoy la plaza de España, y ayudó a mitigar la decadencia que arrastraba la ciudad desde el siglo XVII. No duró. El resurgir lo truncó la guerra de la Independencia, que provocó el cierre de la fábrica, la destrucción de gran parte del caserío cercano y una drástica disminución de la población.

Su posterior recuperación para convertirse en la Academia General Militar (Academia de Ingenieros) tampoco tuvo éxito. Un impresionante incendio en 1924 acabó con el edificio que originalmente había sido palacio antes que industria, para acabar entre llamas, y eso condicionó las grandes reformas interiores de principios del siglo XX. En las inmediaciones hoy se construye el nuevo campus de la Universidad de Alcalá en Guadalajara, aprovechando un antiguo complejo educativo.