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Castilla en el aprecio de Gaziel

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El periodista Gaziel adoptó este nombre como pseudónimo de Agustí Calvet Pascual. Nació en Sant Feliu de Guíxols, Gerona, y falleció en Barcelona en 1964. Él y Manuel Chaves Nogales, más o menos del mismo tiempo, quizás sean los periodistas españoles más eminentes en el sentido de que fueron, además, por encima del género por el que son conocidos, excelentes escritores. Cierto que ambos actuaron, haciendo honor a su relevante nombradía, como asombrosos reporteros.

En realidad, Gaziel llegó a ser periodista por accidente. Licenciado y doctorado en Filosofía, iba para profesor y erudito humanista. En 1913 se encontraba en París ampliando estudios y al año siguiente le pilló la declaración de guerra de Francia contra Alemania. El director del periódico barcelonés La Vanguardia le ofreció que escribiese las crónicas de la guerra, que tuvieron mucho éxito, y le nombraron corresponsal en París. Las sucesivas ediciones de En las trincheras recogen esas crónicas de la Primera Guerra Mundial.

Gaziel publicó una buena cantidad de libros, entre ellos una trilogía dedicada al problema ibérico. Uno se titula Castilla endins, escrito en catalán, cuya traducción castellana es Castilla adentro. Se centra mayormente en zonas de Castilla y León, pero también toca algún ámbito y alguna referencia que hoy sería castellano-manchega. El libro fue publicado en 1959, y su traducción al castellano en el 62.

Gaziel hace un viaje a Gredos, un lugar, un magno territorio que, en parte, aunque solo sea como gran visión panorámica, pertenece a nuestra región. Él prefería moverse en autocares lentos, para ver mejor el paisaje. A los viajes rápidos en coche o en tren les tenía un poco de tirria. A esos coches de línea los llama “autobuses achacosos”, donde el adjetivo no posee un sentido negativo, enfermizo, como sería su significado literal, sino que su valor reside en el dulce suponer que esos autocares van despacito para que la visión del paisaje, a través de la lentitud, pueda ser gozada en plenitud. Experiencia que a Gaziel, sobre todo saboreando la agreste sierra de Gredos, mucho le encantaba.

Gaziel apunta, al respecto, que este gusto de contemplar el paisaje, “es un gusto de hace cuatro días, por así decirlo”. Radicalmente asevera: “Durante siglos y siglos, puede decirse desde el comienzo del mundo, el hombre desconoció este placer”. Argumenta: “En las literaturas antiguas no hay paisaje, o cuenta bien poco, casi como una especie de decoración convencional”. Y añade que en los siglos XVI, XVII y parte del XVIII, el espectáculo de la naturaleza “era tenido por una visión desagradable, que solo infundía aburrimiento, peligro y horror”.

Al cabo, Gaziel cree firmemente que los verdaderos descubridores del paisaje fueron los románticos. Tiene mucha razón este gran reportero y literato. Porque el romanticismo es el auténtico padre de nuestra modernidad. No en vano, el movimiento romántico se define como origen de todas las vanguardias.

Hay en el libro un capítulo destinado a comentar la feria de Talavera de la Reina. Lo primero a lo que se refiere en su estancia talaverana es a ese “gentío espeso que transita con su acompañamiento animal. A la multitud, a pie y a caballo, se mezclan corderos y cabras, bueyes y vacas, con interminables retahílas de caballos, yeguas, mulos, asnos y borriquillos africanos, atados por el ronzal unos a otros, como los salchichones, hendiendo en masas compactas el gentío excitado.”

Gaziel insiste en que en la feria de Talavera no se puede hacer más cosa que ir a la feria o venir de la feria. Afea su población afirmando que es descuidada como gran parte de las castellanas “y se ve que ha ido creciendo a la buena de Dios”. Apunta que automóviles “hay poquísimos, todos viejos y pasados de moda. Este detalle da la 'cronología' exacta del mundo en que hemos caído”.

Y hace una dura crítica del trato dado a los animales, no entendiendo “cómo ese horrible sufrimiento no termina en un ataque de rabia colectivo, rompiendo los pobres animales sus leves prisiones y saliendo enloquecidos, mordiendo y embistiendo a diestro y siniestro, cuanto hay en la llanura. Con la crueldad inmemorial con que el hombre de estas tierras trata a las bestias - y que no es maldad, sino dureza nativa y falta de piedad para el sufrimiento, empezando por el de la humanidad misma-, nadie hace caso ni parece darse cuenta de la tortura física a que está sometido el ganado en la feria”. Lo que sí le agrada al periodista es la estación de autobuses de línea y comer en un buen restaurante, antes de regresar a Madrid, perdiéndose la corrida con el gran Antonio Bienvenida y el matador local Morenito de Talavera toreando.

Salamanca le fascina al escritor. Pero hace una observación curiosa sobre la villa insigne, afirmando: “Una de las cosas que más sorprenden al forastero en Salamanca es su sequedad integral”. Sequedad que extiende a otras buenas ciudades castellanas, como Segovia, Ávila y Toledo. “Muchas están levantadas junto a un río, y a veces dos; es evidente, sin embargo, que no les sirve de nada, que no cuentan con él. Su verdadera alma es la piedra, o el ladrillo, o el barro, o todo junto: exclusivamente la áspera tierra. Son ciudades petrificadas, rigurosamente enjutas”.

Estando en Salamanca, Gaziel les sugiere a sus acompañantes visitar el huerto de Fray Luis de León, ubicado no demasiado lejos de la capital salmantina. El huerto que inspiró esta lira del belmonteño, que Gaziel toma siempre por salmantino, ignorando que era manchego: “Del monte en la ladera, / por mi mano plantado tengo un huerto / que, con la primavera, / de bella flor cubierto, / ya muestra en esperanza el fruto cierto”. El sitio era conocido por “La Flecha”, al que llegaron sin ver cosa que a un huerto se pareciese, destacándose únicamente un pequeño encinar. “Ni rastro se ve de huerto –escribe Gaziel-. El paisaje se parece tanto al que el poeta describía como un huevo a una castaña”.

Al final del libro, Gaziel habla de un personaje que, si no es toledano, como no lo fue, tuvo una estrecha relación con Toledo: el poeta Jorge Manrique. En su texto aproxima las Variaciones Goldberg de Juan Sebastián Bach con las Coplas a la muerte de su padre manriqueñas. Manrique se casó con una toledana, Guiomar de Meneses, hija de una destacada familia de patricios toledanos. El arzobispo Alonso Carrillo, mecenas del arte, reunía en el Palacio Episcopal a activos escritores, entre ellos a Jorge Manrique. Como militar que era, fue capitán de la Santa Hermandad del reino de Toledo. En Toledo, sin embargo, Manrique está olvidado. La fama se la lleva Garcilaso de la Vega, que no era un puro poeta castellano como Manrique sino un italianizante. Antonio Lázaro, que es destacado especialista del poeta palentino, o jienense, según las versiones, se queja mucho de esa primacía de Garcilaso sobre Manrique y de que no sea debidamente apreciado y reconocido en Toledo. Al contrario que en otras poblaciones toledanas, no hay una calle en el Toledo capitalino dedicada a Jorge Manrique.