'El amor': cómo relata Nerea Pérez de las Heras en 'Fantasma' el accidente que le cambió el cuerpo y la vida
La foto nos la hizo Ana. En ella Olga está de pie junto a la cama, me agarra la cabeza con las dos manos y me besa la coronilla, pero su mirada no acompaña al beso; podría parecer que se dirige a mi muñón vendado, pero tampoco. Está mucho más allá, perdida en algún lugar periférico, o quizá interior, al que se dirigen los ruegos y los agradecimientos. Yo estoy recostada en la cama y le echo los brazos al cuello, los ojos se me cierran cuando sonrío con mucha fuerza. Podría estar borracha, podría ser una foto de alguna de nuestras vacaciones juntas si no fuera por el camisón deprimente lavado un millón de veces a noventa grados, los tubos que me salen de la piel, mi color grisáceo y que ya no estoy entera. En la foto, Olga está asustada y suplica en silencio; yo, sencillamente, justo en ese instante, estoy contenta de estar viva.
Aquella habitación soleada fue el primer hogar de mi cuerpo nuevo, allí tuve todo el tiempo del mundo para observarlo. Tenía la seguridad de que no era mi cuerpo de siempre sin el miembro perdido; no me sentía como el fruto de una reparación sino de una gestación, de una génesis. Mi peso no era el mismo, mi equilibrio no era el mismo y casi podía notar mi cerebro abandonando antiguos vicios como la existencia de un pie derecho. Los profundos caminos neuronales horadados durante décadas empezaban a difuminarse y nacían otros nuevos.
La novedad más llamativa era el tajo cuatro dedos por debajo de la rodilla derecha. No sé si llamarlo “mi nuevo ombligo” es llevar las cosas demasiado lejos; desde luego era una brutal marca de nacimiento. Como suele suceder con las zonas fronterizas, se agitaba sin parar. Por las noches, el dolor y el hormigueo eléctrico eran tan intensos que parecía que una pierna nueva estuviera a punto de brotar, pero lo que sentía solo era el temblor de la curación. Toda herida es un estado transitorio, está en su naturaleza luchar por desaparecer.
Recién nacido, mi cuerpo nuevo se puso a menstruar en la misma fecha en la que le correspondía hacerlo al antiguo, pero con sangre de otras personas, donantes anónimos. Perdí la cuenta de cuántas bolsas fue necesario vaciar dentro de mí. La vieja rutina del sangrado me puso nostálgica y me hizo recordar que había sido otra. También me hizo pensar que seguramente gran parte de mi sangre donada a lo largo de los años había tenido aventuras similares en sistemas ajenos. Había brotado de heridas por aquí y por allá; puede que hubiera participado de otros renacimientos, lo que hacía del mío un asunto mucho menos trascendental y dejaba espacio para ocuparse de lo cotidiano.

Esterilizar la copa menstrual de silicona en agua hirviendo fue un problema, había que calcular muy bien cuándo y cómo pedírselo a las auxiliares y enfermeras. Ahora estábamos a merced del personal atareado y agotado que conforma el grueso del sistema sanitario y ya les habíamos pedido unas tijeras; teníamos que espaciar las reclamaciones, hacerlas con paciencia y delicadeza, porque todo hospital está en un equilibro a punto de colapsar.
Necesitábamos las tijeras para recortar botellas de agua de plástico y fabricar jarrones para las flores que llegaban. Alice envió unos cómics en los que el protagonista tenía una pierna amputada y los colocamos en la ancha repisa de la ventana, encima del ¡Hola! y junto a una caja de bombones, una acumulación de frascos de cosméticos y velas aromáticas. La habitación estaba radicalmente habitada, mucho más que ninguna que hubiera visto, yo que pensaba que lo sabía todo sobre la experiencia hospitalaria. Donde mirara había algún estallido de color, un puñado de claveles, un masajeador facial de cuarzo rosa chicle, un abanico arco iris que me aliviaba el sofoco de los medicamentos anticoagulantes. El pequeño armario de la habitación emanaba un aroma a taberna lujosa completamente contradictorio con la peste a desinfectante del entorno, porque Ernesto había mandado un paquete de jamón de Jabugo. De vez en cuando un mensajero llamaba a la puerta cargado con una cesta versallesca de frutas o dulces.
Los grandes impactos emocionales suelen reclamar gestos físicos. Es muy corriente la necesidad de trasladar a actividades u objetos la conmoción íntima, desde pintar un cuadro enorme después de un bombardeo hasta reventarse la mano dando un puñetazo en la pared tras un desengaño amoroso. La horquilla es amplísima, pero el impulso siempre es el mismo: hacer algo. De aquí sale la manía humana de hacer ofrendas y sacrificios en todas las culturas. Nada es tan serio si para conseguirlo una no está dispuesta a encomendarse a un ser superior degollando un carnero o abandonando la masturbación dos semanas. Deseos y culpas llenan los templos de promesas y cachivaches destinados a rogarle o pedirle perdón a lo divino.
Lo que había en la 225 eran exvotos, en poco más de 48 horas la habitación estaba repleta de esas balizas de afecto. Una de ellas era incluso una persona: Olga había cogido un avión y se había ofrendado a sí misma. Un vuelo a Baleares en temporada alta es dejar un cuenco de plata en el altar, unos pendientes de esmeraldas en los lóbulos de madera de la Virgen; es matar al mejor buey.
La presencia de nuestra amiga asentó la sensación de hogar. La primera tarde en la que le dio un relevo de unas pocas horas a Ana, bajamos las persianas, pusimos un documental sobre Ramsés II y nos echamos la siesta —yo en mi cama y ella en una butaca—, como habíamos hecho miles de veces, en otros tiempos y en otros lugares. Las escenas rutinarias como esta resaltaban el estado de excepción, pero las agradecía. A pesar de lo diferente que era yo, ciertas cosas permanecían imperturbables.
Olga se presentó un día arrastrando sin aliento una maleta de mano. Visitas, sanitarias y paquetes aparecían por mi puerta desde de la nada, como en el plató de una sitcom. Yo no tenía ninguna referencia del exterior, lo ignoraba todo sobre aquel lugar al que había llegado ciega de dolor y por vía aérea. Solo sabía lo que me contaban Ana o Carmen y su novia, las amigas que nos habían invitado a pasar unos días en Menorca, que habían presenciado mi accidente y que ahora estaban en shock y atrapadas con nosotras en Mallorca. Por ellas sabía que el hospital estaba lejos de la ciudad y era difícilmente accesible en transporte público, que era casi imposible encontrar un taxi y que la isla estaba superpoblada de turistas horteras, mal vestidos, muy a menudo borrachos y casi siempre en parejas mal avenidas.
—Has estado a punto de morirte en el sitio más heterosexual de España —me dijo Ana después de una de sus expediciones al exterior.
Llegaba muerta de calor y hastiada. Se había topado con un grupo de hombres jóvenes con tatuajes, camisetas, cortes de pelo y gafas de sol de estética policial que ocupaban toda la calle gritando y empujándose, al filo de la violencia física entre ellos o con cualquier transeúnte. Estaban aprovechando sus vacaciones para performar el género a todo lo que les daban sus capacidades. Solía volver espantada: por los precios de los restaurantes y los bares, por la escasez de transporte público y por la mala educación de los turistas. En la intimidad de nuestra habitación reconocíamos que de alguna manera nos estaba bien empleado; no éramos muy distintas de los ingleses que se emborrachaban y desbordaban el archipiélago año tras año. Aunque nuestro plan para aquellas vacaciones fatídicas era quedarnos en casa de unos amigos, éramos parte del problema.
Baleares es la comunidad autónoma de España en la que la vivienda es más cara, la segunda más cara si hablamos de alquileres. También es la provincia con mayor concentración de viviendas de lujo —las que tienen precios superiores al millón de euros— y de una indecencia llamada “viviendas de ultralujo” —las que cuestan más de tres millones.
La vivienda no es un producto de especulación cualquiera. Primero, porque el suelo no es ilimitado, no se puede fabricar más, mucho menos en una isla; y después porque todo el mundo necesita una. La oferta es escasa, y en la demanda las personas que necesitan un techo sobre sus cabezas compiten en condiciones de desigualdad salvajes con los fondos buitre y los inversores que buscan un producto financiero atractivo y acaparan sin control. El mercado ha secuestrado la vivienda; ha sido un proceso lento, pero en nuestro país cada día está más naturalizada la transformación de un derecho en una vía de acumulación de riqueza.
Los rentistas no han mutado en parásitos sociales de repente: no devolver nada a la sociedad y aprovecharse de su mejora colectiva está en la naturaleza de su negocio. Ya en 1909, Winston Churchill, primer ministro británico y un señor nada sospechoso de comunista, les dedicaba estas palabras perfectamente vigentes para la situación actual en Baleares:
Se construyen carreteras, se trazan calles, se mejoran los servicios, la luz eléctrica transforma la noche en día, el agua se trae desde embalses situados a cientos de kilómetros en las montañas, y, mientras tanto, el propietario del suelo permanece inmóvil. Cada una de esas mejoras se lleva a cabo gracias al trabajo de otras personas y de los contribuyentes. A ninguna de esas mejoras contribuye el monopolista del suelo, en su calidad de monopolista del suelo, y, sin embargo, con cada una de ellas el valor de su tierra aumenta. No presta ningún servicio a la comunidad, no aporta nada al bienestar general, no contribuye en absoluto al proceso del cual proviene su propio enriquecimiento.
Desde mi contexto, a esta cita podría añadir que cuando el monopolista del suelo se abre la cabeza es una enfermera precaria que paga un alquiler abusivo quien se la cose, aunque la actividad económica de uno empeore sustancialmente la vida de la otra.
En el archipiélago es difícil vivir con el sueldo medio, sobre todo desde que se ha convertido en un parque de atracciones para millonarios. A Mallorca han ido a divertirse Michelle Obama, Justin Bieber, Oprah Winfrey o las Kardashian. Tienen casa en propiedad Brad Pitt, Claudia Schiffer, Boris Becker y Michael Douglas. Es fácil ver las vacaciones de los millonarios, sus cenas y baños de sol en la cubierta de yates a tiempo real en las redes sociales. No es necesario que un fotógrafo les robe un momento íntimo de hedonismo depredador: ellos mismos lo exponen, inocentes como niños porque saben que la ostentación ya no es combustible para el rencor de la clase media, sino que enciende sus deseos. Mallorca es uno de esos paraísos en los que sucede lo aspiracional; la desigualdad ya apenas enfada: seduce, se exhibe en escenarios como esta isla, en los que el lujo desfila casi al alcance de los dedos. El escaparate a todo color proclama: “tú también puedes permitirte una cena aquí”, “tú también puedes rozar la fantasía”, “tú también podrías ser un monopolista del suelo”, “tú también puedes navegar en un barco en busca de calas recónditas, aunque sea demasiado grande para tu escasa experiencia. Aunque sea de alquiler. Durante un momento, tú también puedes confundirte con los magnates”.
Por aquel entonces empezaba a sospechar que la pulsión aspiracional de la clase media acomodada había contribuido a que yo perdiera mi pierna: me había llevado a compartir destino vacacional con Pierce Brosnan y la familia real española, y me había hecho acabar en un barco conducido por un hombre maduro sin ninguna pericia pero un poco más de poder adquisitivo que la media, demasiada autoestima y ensoñaciones de opulencia. En parte fueron las afiladas cuchillas del gran mal estructural de la aspiración las que me destrozaron el cuerpo.
Aunque fuera como invitada, había llegado a aquel archipiélago para ocupar el lado dañino. Durante las escasas veinte horas previas al accidente fui una veraneante gentrificadora más; parte de la responsabilidad de que las cosas fueran muy difíciles para la gente que vivía allí era mía. En un golpe de karma despiadado, el accidente me lanzó desde la vida vacacional a la vida normal, la que está llena de listas de espera para hacerse una radiografía, carreteras mal asfaltadas y autobuses que nunca llegan. Ocupaba una cama de hospital, pero había que resolver dónde iban a dormir mi novia, Carmen y la novia de esta, que de golpe habían sido catapultadas junto a mí, muy lejos de las vacaciones. Cualquier techo libre tenía precios inaccesibles, así que sin que yo me enterara de los detalles se activó una eficiente red de apoyo lésbico y la amiga de la amiga de una exnovia de Ana acogió a mis tres acompañantes en su casa. Allí formaron un pequeño hogar satélite, una especie de extensión de mi habitación de hospital, con sus tortillas francesas, sus duchas por turnos, sus palabras de consuelo y sus risas nerviosas para camuflar la preocupación.
Nunca tuve acceso a esa rutina, la vida privada de las cuidadoras en cualquier régimen —remunerado o altruista— suele quedar oculta. En ese punto ciego solo resaltaba Irene, que era la dueña de la casa y pagaba un precio abusivo por su piso. Se lo prestó a unas desconocidas siguiendo un código bondadoso que brillaba con fuerza en aquel contexto predatorio. Le conmovió la historia de aquellas pobres bolleras de Madrid, traumatizadas y aturdidas, que necesitaban ayuda. Tarde o temprano en toda vida humana aparece el proverbial fémur roto y hay que elegir si eres de las que contribuyen a su curación o de las que pasan de largo.
Podemos tender a pensar que las sociedades con mucha distancia económica entre unos y otros se organizan en burbujas estancas, que los humanos de un estrato no se enteran de lo que hacen los del superior, o el inferior o los de tres por encima y por debajo, pero esto no es del todo cierto. Moralmente, incluso ideológicamente, es posible vivir al margen de lo que les sucede a tus semejantes, pero en la práctica, las consecuencias de la desigualdad acaban por salpicar a quienes se consideran a salvo. Es algo que deberíamos haber aprendido en la pandemia.
En una crisis sanitaria de esa escala, la única manera de evitar la propagación del virus era asegurar el acceso de toda la población, toda, a vacunas y cuidados. La emergencia nos recordó que éramos indiscutiblemente interdependientes, que redistribuir la riqueza acumulada por unos pocos para garantizar el bien común no solo era justo, sino una garantía de supervivencia. Pero también nos hizo sentir delicados. La conciencia de la propia fragilidad no siempre es la mejor maestra, asusta y el miedo nos torna egoístas, mezquinos, paranoicos. La sociedad se volvió más permeable a las teorías de la conspiración y los bulos, mucho más receptiva al orden a través de la tiranía. Fueron los movimientos autoritarios los que aprovecharon la desorientación y el miedo, se apresuraron a dar respuestas simples y siempre parciales o falsas a problemas complejos que solo se podían arreglar colectivamente.
El aturdimiento que sucedió a la pandemia nos dejó, además de una internacional ultraderechista asentada en muchos países, un desaliento existencial, un sentido de que si ni eso nos despertaba, nada lo haría. En lugar de una voluntad por reforzar la solidaridad, el planeta sucumbió a un triste sálvese quien pueda. Y aun así, a pesar del contexto salvaje, una noche, cuando ya llevaba muchas hospitalizada, mientras el mundo se seguía devorando a sí mismo ahí fuera, una de las enfermeras nos ofreció ayuda.
Tenía acento andaluz, como muchas de las que me atendían. Todas habían huido de un territorio en el que las condiciones laborales eran precarias, los sueldos eran bajos y los contratos, siempre de unos pocos meses o incluso unos pocos días; buscando cierta estabilidad había llegado al corazón mismo de la crisis habitacional española. Enseguida detecté que era de Almería. Se llamaba Ana y era demasiado eficiente y seria para su juventud, una seriedad que reconocía endémica de Andalucía oriental: más que seriedad era una contención, como si siempre estuviera pensando algo gracioso y siniestro que tenía que callar. Le recordó a mi novia que no era humanamente posible dormir más de siete días seguidos en la butaca para acompañantes, que no sabía cómo nos las estábamos apañando con el alojamiento pero que, si lo necesitaba, podía contar con su techo.
—Yo pagaba 750 euros por un piso en una zona humilde, mi vecino de abajo vendía droga. Pero después de la pandemia empezó a llenarse de alemanes que querían vivir bien, teletrabajar en un sitio en el que hiciera buen tiempo todo el año y la zona se volvió impagable. Entonces me mudé a otro piso, más caro y en un polígono industrial. Es pequeño, pero puedes dormir en el sofá cama algún día si te quedas colgada.
La conversación se abrió paso entre sus movimientos mecánicos para cambiarme la bolsa de suero y revisar los tubos que me salían del cuerpo. Sin grandes ceremonias, nos dejó aquella prenda de generosidad, su perfecta ofrenda, y se apresuró a la siguiente habitación. A ella el contexto la había zarandeado con fuerza. Había tenido que mudarse innumerables veces, los cambios eran siempre tortuosos; los caseros siempre se resistían a devolver las fianzas, siempre tenía que presionar, a veces había tenido hasta que denunciar. Al ser Ana —Ana la enfermera y no cualquier otra Ana—, el maltrato de los monopolistas del suelo resultaba aún más ruin. Durante la pandemia en España se rutinizó el emotivo gesto de aplaudir al personal sanitario desde las ventanas y balcones cada día a las ocho de la tarde. Cuando la emergencia sanitaria se calmó, los mismos trabajadores cuyo sacrificio se había reconocido con esta y otras manifestaciones simbólicas cursis —coreografías grabadas en vídeo, carteles infantiles colgados de los balcones, torpes mosaicos humanos formando la palabra “gracias”— siguieron haciendo lo suyo en condiciones iguales o peores, y la misión privatizadora de la derecha, que acababa de revelarse como asesina, continuó su curso con normalidad.
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