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Es evidente que la situación que vive el mundo, en estos momentos, es, cuando menos, de gran incertidumbre. La violación del derecho internacional en el asalto a Venezuela es uno más de los vergonzosos episodios a los que ya nos tienen acostumbrados Trump y su gobierno. Y hay muchas más señales procedentes de nuestro supuesto aliado, como el intervencionismo sin límites en los asuntos de otros Estados, al margen de la ONU, o el abandono de prácticamente todas las instituciones que rigen, con grandes dificultades, las cosas de todos, en este mundo tan complejo.
La imposición de la ley del más fuerte es de lo peor que ha podido hacer la humanidad a lo largo de nuestra existencia. Y parece mentira que en la era que vivimos, ya bien entrado el siglo XXI, tengamos que volver a lo mismo de siempre. Da mucha vergüenza ajena ver a todo un presidente de Estados Unidos, autoproclamarse rey o manifestando su disposición a recibir el premio Nobel de la Paz (¡¡¡) de manos de la galardonada, en una jugada ridícula al extremo por parte de los dos protagonistas.
Y cuando esto sucede, es motivo de orgullo formar parte de un país, en el que el presidente del gobierno, con valentía, defiende el cumplimiento del derecho internacional, las reglas de juego, y los procedimientos democráticos. Y que lo hace con contundencia, avisando de que, en nuestra sociedad, la que queremos muchas personas que defendemos la libertad e igualdad que sólo garantiza la democracia real, no se puede tolerar el vasallaje al que parece querer conducirnos Trump.
Ojalá la Unión Europea sea capaz de responder de la misma forma en nombre de los 450 millones de europeos. No podemos tolerar la invasión de Venezuela, las amenazas a Dinamarca o México o las intromisiones en los asuntos de otros países, sean o no de nuestro gusto, al margen de Naciones Unidas. Además de ser terrible para el orden mundial, para nuestros intereses es un suicidio hacerlo.
Y solo Europa, la vieja Europa, puede hacerlo si apuesta, de una vez, por una defensa, seguridad y política exterior, común, que hagan que nuestra voz sea escuchada. Nos va a costar mucho alcanzar estas metas -las democracias de verdad y nuestra historia como estados diferentes desde hace siglos, hacen que la toma de decisiones sea lenta y los procesos muy complejos-, pero la situación internacional, en una aplicación evidente de que no hay mal que por bien no venga, puede hacer que el empuje sea definitivo.
Nos jugamos mucho. Europa y toda la humanidad.