ENTREVISTA
Amitav Ghosh, escritor: “Tenemos toneladas de ciencia y aun así no prestamos atención”
Amitav Ghosh nació en Calcuta en 1956 y allí fue testigo de lo despiadada que puede ser la naturaleza cuando se trata de lidiar con la raza humana. Él mismo admite en El gran delirio (Capitán Swing), un libro que se escribió en 2016 y que se publica una década después en nuestro país, el peso de esa experiencia en la obra, que cuenta con profusión de referentes para incidir en la tesis de que los grandes agentes culturales parecen ser incapaces de retratar de un modo certero la enorme influencia del cambio climático en el devenir de la civilización moderna.
Graduado en antropología social por la universidad de Oxford, ganador en 2018 del Jnanpith (el máximo galardón de las letras indias), considerado uno de los intelectuales más prestigiosos de su país y calificado por la revista Foreign policy como uno de los grandes pensadores de la última década, la obra de Ghosh resulta imprescindible para entender la historia y las consecuencias del colonialismo tanto en la India como en Asia.
Los grandes desastres que asoman al final de la cadena de transmisión cuyos engranajes arrancan indiscutiblemente en esa combinación tan humana que mezcla avaricia, desdén e ingenuidad, han acabado convertidos en parodias, películas de catástrofes o analogías sin sustancia que -afirma Ghosh- no solo rehúyen el elefante en la habitación, sino que lo pintan de colores chillones y abrazan el sujeto de un modo que roza la frivolidad.
Ghosh recibe a elDiario.es en el CCCB de Barcelona con la actitud del que ha defendido en muchos frentes la fortaleza de sus postulados, avalados ya a diario por las tragedias que asoman desde todos los puntos del globo en forma de catástrofes naturales que han dejado de resultarnos ajenas para convertirse en algo casi rutinario.
Mi primera pregunta es: ¿Cuál fue el principal motivo para escribir este libro? Imagino que era algo que llevaba mucho tiempo rondándole la cabeza.
Sí, lo era. De hecho, empecé a pensar en estos temas bastante tarde, alrededor del año 2000, cuando comencé a escribir una novela llamada The Hungry Tide. Está ambientada en los Sundarbans, este bosque de manglares.
Habla de ello en el propio libro…
Sí. Y cuando estaba investigando para esa novela ya se podían ver claramente los impactos del cambio climático, especialmente en esa parte del mundo. Y no solo del cambio climático, sino también de otras crisis, como la pérdida de biodiversidad. Fue entonces cuando empecé a pensar seriamente en estos temas. Después ocurrieron una serie de eventos que tuvieron un impacto catastrófico en el mundo. El huracán Katrina en Nueva Orleans o la tormenta Sandy en Nueva York, por ejemplo y solo hablando de Occidente. Además, hubo muchos otros ciclones en Bengala durante ese periodo. En aquel momento yo estaba trabajando en una serie de novelas. Cuando terminé esos libros —el último salió en 2012— sentí un sentido de urgencia cada vez mayor. Sentí que tenía que escribir sobre ello desde mi propio punto de vista, desde lo que estaba viendo. Y así llegué a escribir este libro.
Debo confesarle que me sorprendió muchísimo ver a Han Solo y El imperio contraataca en la primera página porque es una referencia inesperada. Me encantó la película y recuerdo perfectamente la escena que usted menciona en la que el Halcón Milenario aterriza en lo que ellos creen que es una roca cuando realidad se encuentran en el estómago de un monstruo.
Exactamente.
¿Cómo se le ocurrió? ¿Estaba ya en la idea inicial del libro?
Absolutamente. Porque a mí me encantaba esa película y desde que empecé a escribir me parecía la metáfora perfecta para describir lo que estamos viendo. Realmente es así: piensas que estás en un planeta muerto, pero en realidad está vivo. Y de repente descubres que no estaba muerto en absoluto y que tiene sus propios planes.
¿Diría que la cultura pop juega algún papel en tu trabajo?
No estoy muy conectado con la cultura pop, pero cuando salió esa película me encantó verla (sonríe).
¿Qué papel cree que puede tener la ficción frente al cambio climático?
Espero que tenga un papel importante. Como digo en el libro, el cambio climático es una crisis de la imaginación. Es una crisis de cómo imaginamos el mundo y cómo imaginamos la buena vida. Y ahí es donde escritores, poetas y cineastas pueden ayudarnos a pensar el mundo de otra manera. Pueden ayudarnos a cambiar la manera en que imaginamos nuestras vidas y nuestro futuro. ¿Quién más puede hacer eso?
¿Los políticos?
Los políticos no pueden hacerlo ¿Quién puede hacerlo sino los escritores y los artistas?
El cambio climático es una crisis de la imaginación. Es una crisis de cómo imaginamos el mundo y cómo imaginamos la buena vida.
¿Cree que ha cambiado algo desde que escribió el libro en 2016? ¿Necesita la ficción acercarse de otra forma a estos temas?
Sí, ha habido un cambio enorme. No sé hasta qué punto mi libro tuvo algo que ver, aunque mucha gente me dice que sí, pero definitivamente ha habido un cambio enorme en la manera en que la gente escribe sobre estos temas. Han aparecido muchísimos libros e historias. Creo que sí ha habido una transformación importante.
¿Por qué cree que eso no ocurrió antes?
Porque cada vez está más claro para todo el mundo que nos enfrentamos a un desastre de alcance planetario y que no hay segundas lecturas. Aquí en España, por ejemplo, lo que ocurrió en Valencia hace dos años y su impacto devastador en ese lugar. Creo que cada vez más personas perciben este cambio de un modo absolutamente nítido: la gente empieza a darse cuenta de que ninguna parte del mundo es segura. Creo que antes, en Occidente, mucha gente pensaba que estaba de algún modo protegida de los impactos climáticos. ¿Recuerdas aquellas terribles inundaciones en Alemania?
¿Las de 2021?
Exactamente: las peores de la historia en el país. Recuerdo ver en televisión a una mujer llorando porque su casa había quedado inundada. Y decía: “Pensábamos que estas cosas solo ocurrían en otros lugares”. Pero, en realidad, Europa es una de las regiones más afectadas del mundo. Especialmente Italia y España. Italia, sobre todo. Ahora mismo tienen alrededor de cuatro inundaciones extremas cada día. Antes eran unas cincuenta al año.
¿Cada día?
Sí, cuatro al día.
En el libro, una de las partes que más me impresionó fue cuando habla de Fukushima y de otras centrales nucleares en el mundo. Hay algo muy interesante en esa parte de su tesis: escribe usted que antiguamente los nativos del lugar colocaban piedras advirtiendo “no construyas aquí porque el océano llegará hasta este punto”, y aun así terminaron construyendo, no una casa o un hotel, sino una central nuclear. Exactamente allí. ¿Qué demonios está pasando?
Eso es precisamente por lo que llamé al libro El gran delirio. Porque es exactamente eso: un gran delirio. Imagínalo: los japoneses, que son vistos como un ejemplo de orden, disciplina y pensamiento racional, extremadamente cerebrales. Y aun así ocurrió algo así. Es una gran, inmensa paradoja.
¿Tiene alguna explicación?
Creo que durante el siglo XX se consolidó muchísimo la idea de que la naturaleza y el medio ambiente eran sistemas completamente predecibles. Se asumía que todo funcionaba de un modo que podíamos dominar. Y junto a eso estaba también la idea de la supremacía humana: la creencia de que lo controlábamos todo.
Una de las cosas que saco del libro es que, en realidad, no entendemos nada del mundo.
Exacto. No sabemos nada o preferimos no saberlo. Tenemos toneladas de ciencia, estudios, informes: vemos inundaciones, terremotos, tsunamis, el nivel del mar subiendo, y aun así no prestamos atención.
O no queremos prestarla.
Muy posiblemente. La gente no quiere prestar atención. Ha asumido que todo seguirá funcionando como siempre. Y una de las cosas más tristes es que cada vez que parecía que el mundo empezaba a despertar, ocurría algo que desviaba completamente la atención. En los años noventa, cuando la gente empezó a comprender la naturaleza del problema, llegó la enorme expansión tecnológica de comienzos de los 2000 y eclipsó todo aquello. Luego, en 2019, cuando Greta Thunberg y Extinction Rebellion comenzaron a movilizar a muchísima gente, llegó la pandemia y desmanteló el movimiento climático que estaba creciendo en ese momento. Siempre pasa algo que nos desvía.
No sé si mientras escribía el libro era más pesimista o si, por el contrario, pensaba que todavía existía alguna solución.
Intenté no sonar demasiado pesimista. Pero las cosas son malas, sin duda. En realidad, son mucho peores de lo que imaginábamos. Mira, por ejemplo, la desaparición de los insectos. La vida humana depende profundamente de los insectos, de las aves y de muchos otros sistemas naturales. Pero no creo que la mayoría de la gente sea realmente consciente de ello.
En esa misma línea, quisiera preguntarle ¿Por qué cree que el negacionismo climático ha crecido tanto? Esa idea de que el cambio climático no existe y de que todo es simplemente un ciclo natural.
Tengo que decir que ese tipo de negacionismo existe sobre todo en Occidente. En India, por ejemplo, quizá no hagan mucho frente al cambio climático, pero prácticamente todo el mundo acepta que está ocurriendo. Lo mismo sucede en África. Nadie niega la realidad porque la gente la está sufriendo en tiempo real. Lo que ocurre en Occidente es que las corporaciones de combustibles fósiles han gastado enormes cantidades de dinero promoviendo ese tipo de pensamiento: “no es tan grave”, “no es un problema real”. Y el problema con los datos es que siempre puedes manipularlos. Cocinarlos. Y eso es justamente lo que hacen los negacionistas.
¿Cree que hay un objetivo político detrás de este movimiento? Pienso en Estados Unidos, por ejemplo, donde hay negacionistas incluso dentro del gobierno.
No solo eso. Han llegado hasta el punto de destruir instituciones científicas relacionadas con el cambio climático. No es simplemente amplificar el mensaje negacionista: es destruir cualquier organismo que lo investigue y haga pedagogía, que difunda el mensaje. Es un desastre absoluto.
¿Le parece que un cambio de gobierno en Estados Unidos podría cambiar algo?
En este punto el daño es tan profundo que resulta difícil imaginarlo. Y además la economía estadounidense está cada vez más volcada en el gasto militar y armamentístico. No creo que encuentren los recursos necesarios para reconstruir esas instituciones. Mis amigos científicos en Estados Unidos están profundamente deprimidos. Muchos han tenido que abandonar investigaciones o dejar marchar a estudiantes que estaban a mitad de sus proyectos.
Durante mucho tiempo los científicos crecieron creyendo que la cultura occidental era racional y que los políticos seguirían las conclusiones de la ciencia. Descubrir que no es así —que la política occidental está guiada por intereses económicos y geopolíticos— ha sido una lección muy dolorosa para ellos.
¿La idea inicial del libro terminó convirtiéndose exactamente en este libro o cambió mucho mientras lo escribía?
Cambió un poco aquí y allá, pero no demasiado. Normalmente, escribo muy lentamente, pero este libro lo escribí muy rápido, no me preguntes por qué (risas)
¿Por qué?
Simplemente, me senté y escribí. Escribí más rápido que casi cualquier otra cosa que haya hecho.
¿Has vuelto a leer el libro recientemente?
¿Quieres decir releerlo?
Sí.
Heráclito decía que nadie cruza el mismo río dos veces. Lo mismo ocurre con los libros: no puedes escribir el mismo libro dos veces, así que no tiene mucho sentido volver a él porque ya no vas a poder leerlo con los mismos ojos.
Pero si tuviera que escribir este libro ahora, ¿sería muy distinto?
Creo que si lo escribiera hoy habría una diferencia importante. No me centraría únicamente en el cambio climático, porque el problema incluye también la pérdida de biodiversidad, la extinción de especies, los riesgos geopolíticos y muchas otras cosas. Es una crisis mucho más amplia. En vez de centrarme solo en el cambio climático, me centraría en lo que ahora llamamos crisis planetaria.
¿Cuál fue el principal desafío al escribirlo?
La investigación ya la había hecho porque en realidad había dado diversas lecturas sobre el tema en la universidad, así que esa parte ya estaba liquidad. Pero de hecho, si miras el libro, no hay tantísimas referencias.
Bueno, a mí me parecieron muchas.
Sí, claro que hay bibliografía y mucho estudio detrás. Comprender la ciencia fue una parte importante. Pero la ciencia climática no es tan difícil de entender. No es como intentar comprender teorías astronómicas extremadamente complejas. Se basa sobre todo en estudios empíricos, y eso resulta más accesible. Espero que los científicos no se ofendan.
¿Estudió usted mucho sobre ciencia climática?
Sí, muchísimo. Tanto que hace dos años me invitaron a hablar ante la American Geophysical Association. Había unos 25.000 científicos allí. Y acepté porque sentí que tenía que hacerlo. Fue un gran honor porque respeto muchísimo a esos científicos y a su trabajo. He leído sus investigaciones y he colaborado con científicos climáticos.
¿Diría entonces que este libro fue tu forma de intentar ayudar, de cumplir con una especie de deber hacia el planeta?
Sí, absolutamente.
¿Esa era la intención desde el principio?
No exactamente. Pero sentí que tenía que escribir este libro.
La ciencia climática no es tan difícil de entender. No es como intentar comprender teorías astronómicas extremadamente complejas.
¿Albergaba usted alguna expectativa sobre la reacción de los lectores de El gran delirio?
No especialmente. Como te decía antes, todo empezó en 2014, cuando la Universidad de Chicago me invitó a dar una serie de conferencias. El libro nació originalmente de tres conferencias. Esa terminó siendo, en cierto modo, la estructura del libro. Pero respondiendo a tu pregunta: no esperaba gran cosa. Pensaba: “Es solo un libro de conferencias, ¿qué impacto va a tener?”. Sin embargo, el libro ha tenido una vida extraordinaria. Mucha gente lo ha leído y sigo recibiendo cartas de personas que me dicen: “Tu libro cambió mi manera de pensar”.
Y aquí estamos, diez años después, aparece en español ¿Le sorprendió que una década después aún se siga publicando por todo el mundo?
Sí, por supuesto pensé: “¿Diez años después?”. Desde entonces he escrito como cinco libros más. Así que sí, me sorprendió mucho (sonríe).
¿Nunca pensó en añadir un prólogo o un epílogo nuevo? La efeméride de los 10 años quizás es una buena ocasión.
No. No quiero tocarlo. No miro hacia atrás.
¿No le parece un buen ejercicio?
No para mí. Me resulta muy difícil releer cosas que escribí hace tiempo. Es como los actores que no soportan verse en pantalla: me resulta muy difícil hacerlo y prefiero ahorrármelo siempre que me sea posible. Lo planeé, lo escribí, lo publiqué: lo demás os lo dejo a vosotros.