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Giuseppe Caputo, escritor: “Hay que usar la voz para no naturalizar el fascismo”

El escritor Giuseppe Caputo, en una imagen cedida por la editorial.

Carmen López

6 de marzo de 2026 21:27 h

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Veinte años después de trazarlo, Giuseppe Caputo encontró su autorretrato infantil. Aunque no a propósito, había dibujado la observación de su abuela, tan pesada como una losa: Su rostro estaba dividido en dos partes: una de ellas, la derecha, era la elegante y la otra, la vulgar. Además, ese dibujo de niño había capturado el aspecto de los ojos de su padre en pleno brote de bipolaridad, una fecha clave en la biografía familiar que, desde entonces, empezó a calibrar si una sonrisa era un mal augurio o solo una expresión de euforia. Descubrir esa imagen de sí mismo en una caja de mudanza fue el “primer flechazo de creación” de La frontera encantada, el último libro del escritor colombiano que Random House acaba de publicar en España.

“Es una biografía que inevitablemente se va transformando no solo en ficción sino, como me gusta decirlo, en un cuento de hadas”, dice a elDiario.es sentado en un elegante espacio de la librería Finestres en Barcelona. Al ver ese boceto infantil, recordó de inmediato esa raya invisible que su abuela trazaba en su cara, aunque él no recordaba dibujarse así. Y en lugar de entenderlo como la evidencia de un complejo de inferioridad transmitido generacionalmente lo pensó como un “hechizo social” y su escrito como “un contrahechizo”. Así, el libro le permitió, partiendo del impacto óptico de escenas como el delirio de un padre, desarrollar una reflexión sobre “lo aspiracional de la clase media, cómo se puede transformar eso en una conciencia política, y cómo pensar la migración a partir de ese brote de manía”.

Aunque no guarda un orden cronológico, La frontera encantada comienza en la infancia de Caputo, cuando vive en Barranquilla con su hermano mayor, sus padres, su abuela y la empleada del hogar, Margarita. La presencia de esta última inquilina no es una muestra de riqueza familiar, de hecho, el propio personaje lo dice en el libro: “¡Una es tan pobre que termina trabajando para gente pobre, sirviendo a muertos de hambre!”. Los padres del autor tienen una ferretería que solo da pérdidas y la abuela vive empecinada en que sus nietos alcancen un estatus más alto que el suyo, Su mejor amiga del pueblo del que proceden se casó con un millonario y tiene un nieto de la edad del escritor, así que se esfuerza para que se relacionen y para pretender, ante su comadre Amirita, que ella tampoco vive mal.

Para ello se pone ‘la máscara’, un concepto que Caputo utiliza para explicar la expresión facial que cada persona utiliza para enfrentarse a una persona de una clase social diferente a la suya. En el caso de encontrarse en un estrato inferior, esa careta se activa cuando el complejo de inferioridad gana y sonríe, lo que implica: “Dejar la jerarquía política, social, intacta”. La máscara del poderoso también suele demostrar amabilidad y el mismo objetivo: mantener el orden establecido. “Lo que busca el protagonista es desinstalar esas ideas que son, por supuesto, coloniales. Porque la migración norte-sur es muy distinta a la sur-norte”, explica el autor, “en primera hay un ascenso social y casi que tú pisas Barranquilla siendo europeo y ya te beneficias involuntariamente de ese nudo colonial”.

El narrador es un gran creador de términos conceptuales como la mencionada ‘máscara’ o el ‘asma psíquica’. Él sufrió la afección respiratoria de pequeño (aún lleva el inhalador siempre consigo aunque sus crisis son muy puntuales) y conoce bien la sensación de quedarse sin aire. Algo similar a la angustia provocada por una cuenta bancaria exigua o cualquier otro problema cotidiano: “El lenguaje psicologista me ha ayudado mucho a entender cosas, pero luego literariamente no me mata”. Para él, ese ‘asma psíquica’ es: “Irse asfixiando de una manera psíquica. También digo que me ‘empesadillo’ [algo así como tener una pesadilla pero despierto]”. Por ejemplo, él sufrió de ese ahogamiento mental cuanto tuvo que colocar los fragmentos en los que había escrito el libro, algo que nunca le había sucedido: “Ordenar para que la energía del libro se emancipara de la herida y a la vez no ningunearla. Las heridas nunca son individuales, es un dolor colectivo”.

Mochilas vitales

El padre del escritor migró de un pequeño pueblo italiano a Barranquilla y durante un tiempo le fue bien hasta que empezó la debacle mental. Cuando se hizo mayor, su hijo literato también cogió sus cosas y se fue a varios lugares: Bogotá, Barcelona, Nueva York, Iowa. Pero mientras que su progenitor nunca volvió a su tierra natal, él sí lo hace y se define a sí mismo como “regresante”. “Hay una escritora barranquillera que se llama Marvel Moreno, que se fue y no volvió nunca. Su trabajo más famoso se llama En diciembre llegaban las brisas y al final del libro, le preguntan de dónde es y ella ya ni siquiera dice Barranquilla, sino una ciudad que está muy cerca del río”, desarrolla, “y cuando estoy allí la entiendo perfectamente pero cuando estoy en el avión también entiendo porqué mi papá se quedó y no se quiso ir nunca”.

El principal conflicto de la ciudad es “una mezcla que provoca mucha disonancia entre una alegría muy genuina y un conservadurismo muy radical”. Esa disputa se detiene durante la celebración, por todo lo alto, del Carnaval [es uno de los mayores del mundo]: durante cuatro días los límites se olvidan y los participantes se entregan al disfrute sin miradas juzgadoras. “Toda esa energía erótica tan colectiva, tan hermosa, de ‘miren lo bella y bello que puedo ser’, queda como encapsulada en esas jornadas”, explica Caputo. En su opinión, esa especie de paréntesis debería romperse y que: “Esa música empiece a teñir absolutamente el resto del año, que la energía revoltosa no quede ordenada por el propio sistema que también hay que cambiar”.

Cree que en algún momento, cada vez más cercano, volverá a su ciudad de origen aunque no sabe si sus ganas de regresar son producto de una romantización de Barranquilla. En el otro lado de la balanza, pesa su amor por Bogotá: “Fue donde yo salí del ‘closet’, me permitió empezar a irme de la casa, no solo físicamente, sino sobre todo políticamente y psíquicamente”. La maleta psicológica que llevaba consigo era bien pesada, especialmente por la enfermedad de su padre, que modificó la vida de toda la familia: “La locura no es algo que se queda blindada dentro de la persona, sino que se extiende a toda la casa. El trauma es una imagen del pasado que pervive, que se mantiene en presente”.

El trastorno bipolar de su padre hacía que durante una temporada estuviese sumido en una depresión y durante otra en una energía delirante. Al final, surge una pregunta dolorosa pero inevitable: ¿Cuál es más llevadera para el resto de convivientes? “Lo más fácil es que esté deprimido, aunque eso tenga sus propias complicaciones, etcétera”, sostiene Caputo, “la alegría se convierte en una alerta: ¿Está sonriendo simplemente porque quiere sonreír o porque se le está activando la manía? Para mí el rezago más grande es eso, que la alegría se vuelva una señal de mala noticia”.

De alguna manera, ese balancín de emociones acabó instalado en su literatura: “Me gusta oscilar entre una energía maníaca, es decir, más expansiva, más del suceso, y luego una energía depresiva, como más introspección, más lentitud”. Y, sobre todo, huye de la herida porque, si no, se convierte en “pura rabia y se vuelve un arma de guerra”.

El oficio y la voz

En la actualidad, Giuseppe Caputo es profesor y coordinador académico del Máster de Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo en Bogotá. Dice que no vive de las regalías de sus libros – “en parte creo que porque mi literatura es más minoritaria”, afirma– pero que publicar le ha abierto las puertas a otras labores como dar conferencias o ser el director cultural de la Feria del Libro de Bogotá desde 2015 a 2018. Pero su trabajo de profesor le gusta y afirma que a él los talleres le cambiaron la vida. “Mi maestra es Diamela Eltit, una escritora chilena maravillosa. Creo que, sobre todo uno se vuelve mejor lector y logra detectar los puntos ciegos de los textos, que siempre los hay y a pensar con mayor densidad política los textos”, manifiesta. Para él, aún existe el mito del escritor como “genio solitario” pero nadie se cuestiona que alguien que quiere ser pintor, fotógrafo, cineasta o bailarín vaya a clases.

Caputo no esconde, ni en sus libros ni en sus declaraciones públicas, sus opiniones políticas. El pasado diciembre de 2025, canceló su participación en el Hay Festival Cartagena de Indias 2026 junto a Laura Restrepo o Mikaelah Drullard por la invitación de María Corina Machado, líder opositora venezolana y ganadora del Premio Nobel de la Paz 2025, que después regaló a Donald Trump, presidente de Estados Unidos. El escritor considera que estamos “en un momento de fascismo ascendente”. “Es un momento de no naturalizar el fascismo y no naturalizar las alianzas con el fascismo”, concluye.

El autor matiza que su decisión de no ir al evento ni sus declaraciones implican que no reconozca “el dolor venezolano”. “Pero eso no significa que naturalicemos el aplaudir la acción armada, como la llama ella [María Corina Machado], de Israel en Gaza. Que también decir Gaza es una manera de no decir Palestina; el aplaudir los bombardeos de las lanchas, que son asesinatos extrajudiciales; el aplaudir a Kast, que es un glorificador de otra dictadura”, enumera. “En fin, para mí hay que usar la voz para no naturalizar el fascismo en este momento”, concluye.

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