Porsche, Dr. Oetker, BMW: la herencia de los magnates del régimen nazi que llega hasta hoy

Fredrich Flick escucha la sentencia tras el juicio de Núremberg. Fue condenado a siete años de cárcel, pero en 1960 ya volvía a ser el empresario más rico de Alemania

Pau Rodríguez


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Los apellidos alemanes Quandt o Flick pueden no decirle nada al gran público, pero para el periodista David de Jong fue un enorme shock ver a dos integrantes de las respectivas sagas en un rótulo del Museo de Arte de Tel Aviv, como donantes y amigos. “Fue espeluznante”, recuerda el reportero de Bloomberg, que ya por entonces estaba trabajando en el libro que acaba de publicar ahora, Dinero y poder en el Tercer Reich (Principal de los Libros). Gabriele Quandt, presidenta de HQ Holding, es nieta de Magda Goebbels y heredera del legado del mayor magnate de la industria armanentística del régimen. E Ingrid Flick, por su parte, integra la milmillonaria familia austriaca Flick, receptora del imperio que forjó el patriarca Friedrich a base de expropiar y explotar a judíos y prisioneros. 

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El régimen nazi duró doce años, desde que Adolf Hitler fue nombrado canciller a principios de 1933 hasta que perdió la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Sus principales líderes políticos fueron juzgados y algunos ejecutados tras los Juicios de Núremberg, pero muchas de las grandes fortunas alemanas que se arrimaron al Führer y crecieron durante el Tercer Reich lograron conservar sus imperios, hasta el punto de que algunas de estas familias siguen siendo de las más ricas del país. 

BMW, Volkswagen, Dr. Oetker, Allianz, Opel, Bayer, Porsche, Hugo Boss… Todas estas grandes firmas tienen un conocido pasado nazi. Muchas, con ayuda de las SS, levantaron campos de concentración adyacentes a sus fábricas durante la guerra (IG Farben en Auschwitz, Daimler-Benz en Buchenwald, AFA y Volkswagen en Neuengamme). Pero el rastro del dinero de esas dinastías una vez desintegrado el Tercer Reich es más desconocido. “Hay apellidos que han logrado evadir su responsabilidad moral, que esconden los hechos debajo de la alfombra. Por eso escribí el libro”, recalca De Jong, que ha dedicado casi una década a perseguir estas fortunas.

El reportero seleccionó para su investigación a cinco apellidos cuya fortuna llega hasta nuestros días. Tres de ellos siguen hoy al frente de las compañías: son los Quandt en BMW y la firma de baterías Varta, los Porsche-Piëch en la automovilística Porsche y los Oetker en el imperio alimenticio Dr. Oetker. Los otros dos que retrata el libro se deshicieron de los conglomerados familiares para seguir gozando hoy de monumentales fortunas: es el caso de los Von Finck, millonarios herederos del banquero August Von Finck y del cofundador de los bancos Allianz y Munich Re (lo vendieron a Barclays en los 90) o los propios Flick. “Estos últimos son los más ricos de Austria al lado de los Porsche. Sus oficinas familiares mantienen inversiones en fondos de inversión, inmobiliarias, colecciones de arte…”, detalla De Jong.

La reunión secreta de 1933 

La vinculación de la mayoría de estas sagas con el régimen nazi se puede trazar hasta llegar a una reunión secreta que tuvo lugar en Berlín en febrero de 1933. Un recién nombrado canciller, Adolf Hitler, se citó con una veintena de industriales para que pasaran por caja del Partido Nazi de cara a la campaña electoral. Muchos de aquellos empresarios lo veían como un político mediocre, como dejaría escrito Quandt en su diario, pero aun así lo apoyaron. “Hitler les prometió y les garantizó estabilidad económica y política tras años de volatilidad y que podrían expandir sus fortunas. Ellos se sumaron por oportunismo”, resume el autor del libro.

Años después, la mayoría alegarían que fueron forzados a sumarse a la causa nazi debido al clima irrespirable del Tercer Reich. Pero De Jong lo niega. “Nadie les forzó. Fue completamente voluntario. Pudieron marcharse”, añade, y pone como ejemplo el nazi convencido Fritz Thyssen, que con el tiempo se opuso a la invasión de Polonia y acabó internado en un campo de concentración. 

Durante el Tercer Reich, todos estos prohombres se aprovecharon de la arianización de las empresas judías, el eufemismo tras el que se escondía la compra a precio de saldo de los bienes de esos conciudadanos. Von Finck se quedó los bancos austriacos Rotschild y Dreyfuss, por poner uno entre los innumerables ejemplos. Pero lo que convertiría a la mayoría en auténticos criminales de guerra, a ojos de De Jong, fue el uso de mano de obra esclava para sus factorías, aprovechando a los entre 12 y 20 millones de deportados que hubo durante la guerra en Europa. “Gunther Quandt explotó a casi 60.000 personas entre sus empresas de baterías AFA y la armamentística DWM”, recoge el reportero. En la planta del Volkswagen, el coche que Hitler soñó para las clases populares alemanas y que diseñó Ferdinand Porsche, se explotó a más de 10.000 personas.

Cómo lograron conservar sus fortunas

Pese a estas atrocidades, y aunque tras la derrota militar se abrió un período de desnazificación en el país, solo uno de estos cinco grandes empresarios, Friedrich Flick, fue juzgado por el tribunal de Núremberg. Los demás, como Quandt o Porsche, pasaron un tiempo en prisión, pero conservaron la mayor parte de sus activos, excepto los que les fueron expropiados en el territorio soviético. Flick fue condenado a siete años de cárcel por un tribunal norteamericano, por emplear mano de obra forzada y por el saqueo de una fábrica en Francia, una sentencia “extremadamente moderada y conciliadora”, según el fiscal Telford Taylor. Finalmente salió de la cárcel en 1950, después de que se le redujera la pena por buena conducta. 

El principal aliado de magnates como Flick fue el gobierno de Estados Unidos. “Los aliados les dejaron quedarse con todo, con sus activos intactos. Eso fue una decisión ideológica del gobierno norteamericano, que a raíz del inicio de la Guerra Fría decidió que los nazis eran historia y que necesitaba una Alemania Occidental económicamente fuerte y democráticamente viable para contener a la Unión Soviética”, describe De Jong. 

Con la caída de Hitler, un industrial como Flick, el más rico de la Alemania de los años 30, pudo perderlo todo, pero no solo se libró de perder sus posesiones, sino que en 1960, con el control mayoritario de la automovilística Daimler-Benz (los fabricantes de Mercedes) ya volvía a ser el hombre más acaudalado del país. De hecho, murió en 1972 ostentando este título y dentro del ranking de las figuras más ricas del planeta, junto a Jean Paul Gaultier o el rey de Arabia Saudí. “Él personifica el oportunismo de aquellos industriales y simboliza quienes más se aprovecharon del Tercer Reich”, insiste el autor del libro. 

A lo largo del Dinero y poder en el Tercer Reich, De Jong se adentra también en la convulsa relación personal a tres bandas entre Günther Quandt, su mujer, Magda, y el segundo marido de ella, Joseph Goebbels, el ministro de la Propaganda de Adolf Hitler. Estos dos últimos fueron el matrimonio más célebre del régimen nazi hasta que acabaron suicidándose, junto a seis de sus hijos, cuando las tropas soviéticas estaban a punto de entrar en Berlín. Günther y su mujer se pelearon por la custodia de su hijo Harald, al que Goebbels adoraba.

Acabada la guerra, este joven y su hermanastro Herbert heredaron y se repartieron el imperio Quandt. Durante décadas se alejaron de los focos y pasaron por ser exitosos empresarios, especialmente este último, que rescató BMW y la convirtió en la firma que es hoy en día. 

Herbert Quandt y Ferry Porsche tienen fundaciones a su nombre

Pero Herbert, como mano derecha de su padre durante el Tercer Reich, tampoco estuvo libre de culpa, aunque actualmente dé nombre a la ‘BMW Foundation Herbert Quandt’, que promueve el liderazgo social mediante financiación de proyectos y premios. El empresario, fallecido en 1982, actuó a la sombra de su padre durante la guerra y construyó un campo de concentración en la Polonia ocupada, desvela De Jong. También fue responsable de un campo de concentración en Berlín con 500 mujeres llegadas desde Sachsenhausen. “Técnicamente, se trata de un criminal de guerra”, sentencia el periodista. 

Aun así, su nombre permanece hoy como ejemplo de liderazgo por BMW. Y, a pesar de que la familia encargó una investigación académica muy completa sobre su pasado, a raíz de un documental emitido en 2007, no modificaron su página web hasta hace poco para incluir estos pasajes de su biografía. Fue meses antes de que saliese el libro de De Jong. “Las investigaciones académicas que encargaron fueron suficientes, pero a nivel global han seguido ocultando sus conclusiones”, lamenta. “Ni siquiera estos estudios han alcanzado audiencias relevantes en Alemania, no han sido traducidos a otros idiomas, y sus hallazgos no se hacen explícitos en sus webs, museos, premios…”, argumenta el autor.

El hijo de Herbert, Stefan Quandt, es actualmente el accionista mayoritario de BMW y su fortuna asciende a 18.000 millones de dólares, según Forbes. Bloomberg, por su parte, lo sitúa entre las 100 personas más ricas del mundo en su índice de grandes fortunas globales.

Y algo parecido a Herbert ocurrió con Ferry Porsche, el hijo de Ferdinand –creador del Volkswagen– y el que convirtió la firma de coches deportivos en lo que es hoy. De joven se enroló voluntariamente en las SS y tras la guerra se rodeó rápidamente de antiguos cargos nazis en la ejecutiva de la empresa. “Era un nazi ideológico”, dice De Jong. Pues bien, también él tiene a su nombre la Ferry Porsche Foundation, y en este caso sin mención alguna a su pasado nazi.

Con el paso del tiempo, para resarcir a las víctimas del trabajo forzado, el Gobierno alemán y el estadounidense acordaron crear un fondo de más de 5.000 millones. Fue en 1999. El 60% del dinero lo aportaron firmas como Allianz, BMW, Volkswagen, Daimler o Siemens. Para De Jong, sin embargo, esto no es suficiente. “Un acuerdo económico no implica que asumas responsabilidades”, defiende. 

De todos los millonarios herederos que se recogen en el libro, uno falleció el pasado mes de noviembre. Fue August von Finck Junior, hijo del mayor banquero de la Alemania nazi. En 1990 vendió por 370 millones el banco familiar, Merck Finck, a Barclays, y se dedicó a administrar la fortuna resultante desde Suiza. En paralelo, fiel a los valores reaccionarios de su padre, financió a partidos radicales de extrema derecha, además de la CDU y el FDP. Más adelante, Der Spiegel lo describió como uno de los brazos detrás del partido de extrema derecha Alternaive für Deutschland (AfD).

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