CSIC y universidades despliegan decenas de investigaciones desde la tierra y el espacio para averiguar el impacto medioambiental de la dana
El 29 de octubre de 2024 siempre será recordado como un desastre, tanto natural como humano. La inundación provocada por una dana, además de acabar con la vida de 230 personas, arrasó campos y ciudades, revolvió el mar y los ríos, lo cual fue visible incluso desde el espacio, según el seguimiento del satélite europeo Copernicus. Todos estos sedimientos removidos por la fuerza sacaron a la superficie todo tipo de fitosanitarios tóxicos y metales pesados.
Más de 150 profesionales del CSIC, organizados en 15 grupos, se han desplazado desde que sucedió la dana a las zonas afectadas para investigar los efectos del desastre sobre el ecosistema local. Los investigadores han tomado decenas de muestras de agua de pozos, fuentes y canales gravemente afectados por las inundaciones, y también en el parque natural de l'Albufera. Los análisis evidencian la presencia de plaguicidas, PFAS, retardantes de llama, fármacos, metales y compuestos volátiles, así como productos de cuidado personal.
Según este estudio, los acuíferos locales fueron gravemente afectados, al estudiar que el agua contaminada se filtró a través del suelo damnificado por la inundación. Por ello, un equipo de profesionales del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC), el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA) y la Estación Experimental de Zonas Áridas (EEZA-CSIC) también han realizado un amplio control de aguas subterráneas en el marco del proyecto Hidrodana. Aunque la investigación todavía está en marcha y no haya resultados concluyentes, dada la magnitud de la catástrofe, existe un alto grado de probabilidad de afectación de aguas subterráneas.
Por otro lado, en el marco de un estudio de la Universidad Politécnica de València, centrado en Catarroja, se realizó un análisis de los suelos afectados por la inundación respecto al suelo de referencia. Esta investigación revela que las inundaciones han transformado el suelo de “forma ambivalente”. Entre los cambios negativos, destaca la pérdida de fertilidad: bajaron los niveles de nutrientes críticos y se deterioró la materia orgánica, así como la vida microbiana que mantiene sanas las raíces.
Entre las transformaciones positivas, añade el informe, “se puede resaltar que el exceso de agua generó una reacción química que redujo la presencia de contaminantes antiguos, como el plomo y el mercurio, dejando los suelos inundados más limpios de metales pesados que los que no se mojaron”. Y es aquí donde está el quid de la cuestión. Los metales pesados no desaparecen con facilidad; por lo tanto, tal y como se ve en la imagen satelital aportada, no es descabellado inferir que dichos compuestos químicos fueron a parar, junto al agua y el lodo, en el mar Mediterráneo.
Otro estudio, publicado recientemente por el CSIC, aclara que el cambio climático aumentó un 55% la extensión de la zona afectada por la dana de Valencia. Esto se relaciona con el crecimiento de la tasa de precipitación en un 20% a causa del calentamiento global registrado durante el periodo industrial. Estas condiciones propician el aumento de la capacidad de la atmósfera para albergar el vapor de agua, lo que deriva en mayores precipitaciones.
Un mayor número de precipitaciones no supondría un problema tan grave si la urbanización de l’Horta Sud no ignorase la peligrosidad de los barrancos locales, como el del Poyo. Es sabido por todos que el suelo agrícola es capaz de absorber grandes cantidades de agua; no obstante, una buena parte de estos suelos agrícolas de l’Horta Sud fue transformada en urbanos o industriales, que no asimilan el agua, por lo que la velocidad y la violencia de la escorrentía aumentan.
Pero esto no es todo: la comunidad científica advirtió, una y otra vez, de que l’Horta Sud es una zona inundable, tanto por su casi nula elevación, como por los extremos atmosféricos del clima mediterráneo. Por un lado, la mayoría de los municipios afectados se encuentra a menos de 30 metros sobre el nivel del mar, según los datos publicados por la Infraestructura de Datos Espaciales Valenciana. “Por otro lado, los municipios locales deben estar preparados para soportar meses de escasa precipitación y, al mismo tiempo, para aguantar lluvias torrenciales que provocan anegamientos”, según explica Jorge Olcina, catedrático de Análisis Geográfico Regional en la Universidad de Alicante.
Entonces, a partir de estas condiciones, Jorge Olcina concluye que “no son necesarias cantidades desorbitadas de precipitación, por encima de 300 litros por metro cuadrado en 24 horas para ocasionar graves pérdidas económicas o víctimas humanas cuando se desarrollan condiciones de gran inestabilidad atmosférica con descarga de lluvias abundantes”.
¿Qué se ha hecho para prevenir el desastre? Desde principios de los 2000, existen planes de infraestructuras hidrológicas que podrían mitigar el impacto de los fenómenos atmosféricos extremos. No obstante, dichos planes no fueron ejecutados. De hecho, según el Instituto de Ingeniería de España, “las obras que evitarían otro desastre en Valencia siguen sin hacerse”. Asimismo, Pepe Ortiz, un bombero que prestó servicios durante la dana, constata, hablando por sí mismo y no en nombre de la institución que representa, que se ha pasado a un modelo de gestión de emergencias “en el que las decisiones están politizadas”, mientras que, anteriormente, el poder político era tan solo un actor más en el proceso de toma de decisiones. “A la hora de tomar las decisiones, la palabra de los políticos sale reforzada en detrimento de los técnicos”, asegura.
Por su parte, Francisco José Gan Pampols, exvicepresidente Recuperación Económica y Social con el ejecutivo de Carlos Mazón, presentó el Plan Endavant, con más de 400 actuaciones, para cambiar el paradigma de gestión de emergencias actual, impulsando una gobernanza que coordine los esfuerzos entre gobiernos locales, empresas, ONGs y la comunidad. No obstante, el 4 de noviembre de 2025, Gan Pampols renunció a su cargo, por lo que su plan se quedó en el olvido.
En definitiva, las evidencias son claras: ignorar el apresurado avance del cambio climático, impulsado por la actividad humana, resulta cada vez menos factible. Todo problema requiere una solución, por lo que resulta urgente la ejecución de los proyectos de infraestructura hidrológica necesarios para la prevención de desastres similares. Carmen Daly, arquitecta de la Universitat Politècnica de Barcelona, afirma que las Soluciones Basadas en la Naturaleza (SBN), como podrían ser los parques inundables, se presentan como “una manera razonable y eficaz de hacer frente a las emergencias climáticas”. Salva Pérez, representante de la Escola CiutaDANA, en una mesa redonda organizada para discutir sobre las narrativas sistémicas para informar antes, durante y después de una emergencia climática, afirma que existen infraestructuras que obstaculizan el flujo natural del agua cuando las lluvias se intensifican, poniendo como ejemplo al Cirquito Ricardo Tormo y el Centro Comercial Bonaire.
Los expertos hacen hincapié en las Soluciones Basadas en la Naturaleza, así como expandir el sistema de alerta temprana y prestar más atención a los avisos meteorológicos. Cabe reconocer que la consciencia social respecto de la peligrosidad de algunos fenómenos meteorológicos parece haber aumentado, teniendo en cuenta que las alertas meteorológicas ahora suenan con mayor frecuencia y los avisos en los noticiarios del tiempo ahora ocupan más espacio mediático y adoptan un tono más serio. No obstante, queda mucho camino por recorrer y mucha agua por caer, por lo que el tiempo apremia mientras que la puesta en marcha de las soluciones efectivas se retrasa.
* La producción de este reportaje de elDiario.es cuenta con el apoyo de una subvención del proyecto Climate Frontline, liderado por EJC en colaboración con REVOLVE.