Gloriosos infrecuentes
El repertorio de las orquestas sinfónicas se suele centrar en una serie de compositores que se repiten sistemáticamente cada temporada. Es normal que haya mucho Brahms, Beethoven, Schumann, Mahler, Bruckner, Chaikovski… Son los preferidos del público, pero los programadores deben hacer esfuerzos por ampliar el repertorio. No solo hacia la música de autores actuales, sino también hacia otros músicos de calidad que por desgracia son poco frecuentados.
El Palau de la Música de Valencia ofreció el pasado día 18 un interesante programa con obras infrecuentes. Lo abría una del catalán Benet Casablancas, nacido en 1956, Tres epigramas para orquesta. Después se interpretó el Concierto para saxofón alto en mi bemol mayor de Alexander Glazunov, y en la segunda parte la Sinfonía número 1 en sol menor de Vasili Kalínnikov. Tocó el saxofón Carlos Giménez y dirigió Francisco Valero-Terribas, ambos valencianos. Las Orquestra de València interpretaba por primera vez las tres obras. El concierto fue programado como extraordinario, es decir, fuera de la temporada de abono, y con todas las entradas a precio reducido. Eso debió de contribuir a que una parte del público revelara su poca familiaridad con las salas de concierto aplaudiendo entre los movimientos de las obras.
La obra de Casablancas, estrenada en 2002 por la OBC, está escrita para gran orquesta, con importante percusión, nutridas maderas y amplios metales. Consta de tres partes, y tiene una gran fuerza expresiva y complejidad rítmica. Valero-Terribas hizo gala de precisión y claridad en el gesto. La lectura de la orquesta fue de gran intensidad. Delicioso el segundo movimiento, Notturno, con bellos solos, y brillante el final Allegro assai. Giocoso. La interpretación fue muy aplaudida y el compositor subió al escenario a saludar reclamado por el director.
Los rusos Glazunov y Kalínnikov nacieron en 1865 y 1866 respectivamente, si bien el segundo tuvo una vida mucho más corta, pues murió en 1901, mientras que Glazunov vivió 35 años más. El saxofón fue inventado por el belga Adolphe Sax en 1841. Este instrumento, tan utilizado actualmente en la música de jazz, tardó en hacerse un hueco en las salas de concierto. El concierto de Glazunov, de 1934, es el primero que lo utiliza como solista en diálogo con la orquesta. En 1922 Maurice Ravel ya había empleado un saxofón alto para representar la voz de un trovador en el episodio El viejo castillo, al escribir su celebrada orquestación de Cuadros de una exposición de Músorgski.
Para el concierto de Glazunov la orquesta aparecía solo con sus secciones de cuerda, reducida en un atril por sección. Carlos Giménez, de brillante carrera y residente en Berlín, hizo una versión entregada, precisa, profunda y delicada de esta obra de gran encanto en su concentrada brevedad. Respondió a los aplausos del público con la interpretación de un fragmento de Combat del somni de Frederic Mompou.
En la segunda parte, Valero-Terribas, maestro de amplia trayectoria internacional y bien conocido del público valenciano, dirigió con precisión, detallismo y vuelo romántico la primera de las dos únicas sinfonías de Kalínnikov, escrita entre 1894 y 1895. Se trata de una obra de amplia orquestación, con un extenso primer movimiento en el que destaca el carácter ruso de las melodías en la cuerda, que sonaron arrebatadoras en los arcos de la OV. El segundo movimiento, Andante commodamente, con el ostinato de dos notas en el arpa, es de carácter lírico y Valero-Terribas hizo una lectura especialmente profunda. Tras el animado Scherzo, el Allegro moderato final cierra la obra de forma triunfal y el director lo condujo fogosamente, con una Orquestra de València que lo siguió entregada y brillante. La obra incluye variados y destacados solos, entre ellos los de arpa (Luisa Domingo), trompa (Santiago Pla) y oboe (Roberto Turlo). Valero-Terribas hizo saludar uno por uno a los solistas para responder a los encendidos aplausos del público.
Un gran concierto de grandes aunque infrecuentes obras, que merecería haber formado parte de la programación de abono. Menos afortunado es el programa de mano, con un diseño mejorable. Además, en su portada aparece hasta siete veces la palabra “València”, tres “Palau”, otras tantas “Música” y tres más “Orquestra”. No parece un acierto comunicativo.