El peligro de etiquetar: ‘La dama boba’ de Lope de Vega llega al Teatre Romá
Hay obras que envejecen y otras que maduran. Hay textos que, cuatro siglos después de haber sido escritos, parecen estar esperando que alguien vuelva a abrirlos para descubrir que siguen hablando de nosotros. La dama boba, la comedia que Lope de Vega escribió en 1613, es uno de ellos. Esta versión dirigida por Josep Maria Mestres, no intenta recuperar el clásico como si de una pieza de museo se tratara, sino que aspira a demostrar que, bajo sus versos, sus enredos amorosos y sus personajes de comedia hay todavía una historia sorprendentemente contemporánea sobre el dinero, el deseo, las apariencias, los roles sociales y, sobre todo, sobre quién tiene derecho a etiquetarnos. Esta versión del clásico, adaptada por Xus de la Cruz, llega este jueves al Teatre Romà dentro de la programación de las 43 edición de Sagunt a Escena. Un montaje que se estrenó en fecha tan reciente como el pasado 28 de mayo en Madrid.
El punto de partida de La dama boba son Finea (Carolina Rubio) y Nise (Silvana Navas), dos hermanas muy diferentes. Nise es culta, ingeniosa y aficionada a la poesía; Finea, en cambio, siempre ha sido considerada la «boba» de la familia, aunque tiene algo más importante que la inteligencia: una enorme dote. Su padre, Otavio (Joaquín Notario), ha concertado su matrimonio con Liseo (Pablo Béjar), mientras que Laurencio (Carles Serrano), enamorado de Nise, empieza a interesarse por Finea cuando descubre que casarse con ella puede solucionar su situación económica. El amor y el dinero, una vez más, echándose los trastos.
Y ahí está una de las grandes virtudes de la versión de Xus de la Cruz: no pretende disimular que detrás de buena parte de los sentimientos de los personajes hay intereses muy concretos. Los hombres cortejan, se arrepienten, cambian de objetivo y vuelven a cambiarlo. Las mujeres, mientras, intentan abrirse camino en un sistema en el que buena parte de sus decisiones dependen de los que las rodean.
Pero Finea no se limita a cambiar de pretendiente. Cambia ella misma. Ese es el verdadero corazón de la obra. Laurencio comienza a cortejarla por interés y, a través de sus palabras, consigue despertar en ella algo que estaba dormido: la capacidad de pensar, de expresarse y de comprender el mundo que la rodea. El amor funciona así como una especie de educación sentimental e intelectual. La muchacha a la que todos consideran tonta empieza a descubrir que quizá el problema nunca estuvo en su inteligencia, sino en la mirada de quienes la juzgaban.
Un elenco de lujo
Y aquí aparece el trabajo de Xus de la Cruz, responsable de la versión. Formada en Dramaturgia y Dirección de Escena en la RESAD y con un máster en Estudios Feministas y de Género, ha sabido conjugar ambos ámbitos en montajes como Carta de ajuste, en el que abordaba la presión social y los modelos familiares que perpetúan los roles patriarcales.
Al frente del montaje está Josep Maria Mestres, director de larga trayectoria que en junio de 2026 fue elegido nuevo director artístico del Teatre Nacional de Catalunya. No es un recién llegado al teatro, precisamente: ha dirigido más de sesenta espectáculos. Su trayectoria incluye títulos tan diversos como Kràmpack, Dakota, La senyoreta Júlia, Los Gondra, L’herència, El padre o La cortesía de España.
Por lo que respecta al elenco, destaca la presencia de actores jóvenes, pero de solida trayectoria, que muchos reconocerán de haberlos visto en televisión. No en vano, los principales papeles participaron en series El secreto de puente viejo (Rubio, Navas o Serrano) o Las chicas del cable (Pablo Béjar, Víctor de la Fuent), lo que no significa que no cuenten también con una dilatada y reconocida trayectoria teatral.
La crítica ha destacado de esta versión de La dama boba que funciona mejor cuando deja hablar a Lope y confía en sus actores. El verso sigue teniendo una extraordinaria capacidad para producir humor, deseo y conflicto sin necesidad de demasiados adornos. En definitiva, no trata a Lope como un autor al que haya que actualizar porque esté muerto, sino como un dramaturgo que todavía tiene cosas que decir. La confortable ignorancia, los roles impuestos, la conveniencia económica disfrazada de amor y la posibilidad de que una persona cambie cuando alguien deja de verla como los demás la han definido siguen siendo asuntos perfectamente reconocibles.
Cuatro siglos después, Finea sigue teniendo que demostrar que no es tonta. La diferencia es que ahora el público puede preguntarse algo todavía más interesante: ¿quién decidió que lo era?