A QUIEN LEA

Involución valenciana al cuadrado

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“Quan sóc a dos mil quilòmetres

de la meua terra

–i dic això de la ’meua’ per un simple

dret de circumstàncies–,

pense anb tristor

el gran taüt que és d’Homes polítics.

I per això, ara visc sol,

com també ho feia abans

però en un país estranger.“

Domènech Canet, Carcaixent. ‘Des del meu exili voluntari’, 1971

Los valencianos necesitan un nuevo impulso para sobrevivir y relanzar su proyección hacia un mundo futuro. Viven una etapa de involución en los tímidos avances acaecidos en las dos legislaturas del Botànic (2015-2023) y se enfrentan a otra reaccionara que sitúa los parámetros identitarios más allá de la primera presidencia del PP con Eduardo Zaplana —tahur de infausta memoria— alicantinista natural de Cartagena. El pacto de investidura con Vox iniciado con Carlos Mazón y heredado por Juanfran Pérez Llorca ata al PP y anuncia retrocesos que inciden  en la recentralización, cultura, la lengua, la educación, a la fiscalidad, financiación y a la cerrazón ante el horizonte exterior (exportación), europeo (euroescepticismo) y mundial (trumpismo). 

Los ciudadanos del País Valenciano tienen suficientes pistas sobre dónde se dirige la política autóctona: abocada a la involución. Desde que Juan José Pérez Benlloch escribiera en las páginas del El País su artículo: ‘Autonomismo de capa caída’ (2013) el panorama lejos de mejorar ha empeorado. El autonomismo, al menos para los que trabajaron y se dejaron jirones de piel en el empeño —antes y después de la ensalzada Transición democrática— no es una tiñosa organización administrativa para escatimar derechos y romper identidades. Hay que decirlo con claridad: el País Valenciano por dónde va no pasará de la concepción ‘comunitaria’ en función del lustre y esplendor del Reino de España. Más claro todavía: ante las próximas convocatorias electorales los valencianos necesitan representantes plurales en las salas de máquinas del poder que velen por sus intereses desde todos los ángulos del arco parlamentario, de izquierda a derecha. Para progresar en libertades autóctonas y autodeterminación, esta circunscripción electoral no puede seguir siendo feudo del bipartidismo (PP-PSOE). Con el único horizonte de la alternancia de los compañeros de viaje: la ultraderecha o los partidos ideológicamente aparcados más allá de la socialdemocracia.Todos ellos con sede y perspectiva en y desde Madrid. Dónde ya se sabe lo que  ocurre a partir de la visión centrípeta del Estado, cuando todo es radial y la periferia sólo sirve para perderse en vacaciones o de solaz depredador del territorio domeñado. Y carente de resortes para emanciparse.

A los empresarios

Los políticos pasan y los empresarios permanecen. Si la política varía, la economía sigue. Los gobiernos, las componendas políticas y las alianzas de legislatura tienen fecha de caducidad y nula responsabilidad de hecho. La autonomía política y aún menos la temida independencia, carecen de sentido sin autonomía económico-financiera. Infradotada de recursos suficientes para ejercer las competencias que se asumieron más o menos sopesadas. Las transferencias de obligaciones que desempeñan las autonomías por cuenta del Estado no pueden someterse al marco rígido de cuando se cedieron. Las circunstancias, los tiempos y los territorios cambian. La administración central del Estado no puede comportarse como madrastra cruel e incomprensiva ante las necesidades imperiosas de los administrados, bien sean humanos o supeditados a las instituciones autonómicas y municipales. Las que componen el conjunto de la estructura de poder contemplada en el mandato constitucional, siempre al servicio del bienestar individual y colectivo. En el plano empresarial predomina la pretendida inhibición hacia la política. Como si la política no fuera con ellos. No es cierto ni es sensato. Primero porque sí que existen preferencias ideológicas que entre los empresarios se decantan por posiciones conservadoras. Hay otro segmento conformado por los que se dicen muy partidarios de posiciones liberales sin diferenciar entre lo económico y el compromiso solidario y redistributivo implícito en la ideología liberal, que no es tan cómoda como parece. Libertad para uno implica libertad para los demás y una desprendida corresponsabilidad con la sociedad en la que estamos inmersos: el entorno local, la demarcación territorial a la que pertenecemos y el conjunto estatal que nos corresponde. Ninguna autonomía o zona, es independiente de sus vecinos y nadie puede imponerle sus conveniencias y marrullerías. Mucho menos si atropellan sus derechos o sus señas de identidad. Los empresarios —primum vivere, deinde philosophare – por su naturaleza constante y permanente tienen la obligación de definirse con respecto a las cuestiones fundamentales que afectan a su actividad y a la urdimbre social y territorial a la que pertenecen. Los que pueden y tienen más medios tienen la obligación de significarse y de jugarse el tipo si hace falta.

Pervertir la autonomía

Los redactores de la Constitución no la concibieron para que sirviera de campo de batalla entre las autonomías y la organización central del Estado como si fueran enemigos. Y menos para ser utilizada como arma arrojadiza entre facciones encontradas dentro de las  autonomías. Muchísimo menos, a modo de fortificaciones enfrentadas por los partidos políticos que se parapetan  desde las autonomías contra el gobierno del Estado del que forman parte. O desde La Moncloa y los reductos ministeriales frente a la autonomía ‘enemiga’ —regida por la oposición ideológica—. En una guerra con mil batallas en las que acaba perdiendo el ciudadano de a pie, elector y contribuyente. Quien ve que con su sacrificio y esfuerzo se va cavando su propia tumba, en envites y trifulcas absurdas para las que nadie le pide su parecer. Como muestra: la actual crisis ferroviaria que padece España, además de ser vergonzosa, exige por parte de todos, el compromiso de superarla como cuestión de Estado. Focalizada en Andalucía y Catalunya, a todos incumbe. Ninguno de los partidos políticos que han ejercido Gobierno desde 1982, al menos, pueden inhibirse de la cuota de culpabilidad que les corresponde por acción u omisión. El País Valenciano en este caso, igual a tantos otros, pagará, desde la postergación ferroviaria, los vidrios rotos en forma de locomotoras, soldaduras, raíles y retrasos.

Sin partidos valencianos transversales

El País Valenciano necesita fuerzas políticas de obediencia valenciana. Representativas social, económica e ideológicamente de todo el espectro de la sociedad valenciana. La mayor parte de los valencianos no se decanta por opciones que se conocen como de “izquierdas”. Es más, si el País Valenciano ha de ser, de momento y por muchos años, no será sólo de izquierdas. A los ciudadanos de un territorio no se les puede imponer sus ideas y sus preferencias. El camino es difícil y largo. No se recorrerá sin paciencia ni sentido común: ‘trellat’.  Los valencianos comprueban a diario que por donde van y con quien los dirige, no van bien hacia su mejor destino. Son los empresarios, por responsabilidad y egoísmo los primeros que han de afianzar el valor y el futuro de sus unidades de producción y servicios. Catalunya, a menudo odiada y cuestionada, ante el dilema de la financiación autonómica propuesta por el gobierno de Pedro Sánchez ha puesto sobre la mesa su criterio de conjunto. Los  empresarios catalanes han activado su propio G-8 (influyente y representativo foro informal), con todos sus servicios de estudios y expertos: Que los tienen en sus organizaciones e instituciones económico-empresariales catalanas: Foment (gran patronal), Cambra de Comerç (y doce Cámaras de Comercio más), Pimec (pequeñas y medianas empresas), Cercle d’Economia (plural e interprofesional), FemCat, Barcelona Global, Fira de Barcelona, RACC y Col·legi d’Economistes, para consensuar una respuesta coral sobre la financiación que canalizarán a través de la Generalitat. ¿Dónde están las entidades e instituciones económico-empresariales valencianas? ¿Dónde tienen escondidos su servicio de estudios? ¿Dónde está su voluntad de acuerdo con respecto a este crucial asunto, llegue o no a buen puerto? ¿Dónde están los líderes empresariales valencianos, con capacidad aglutinadora, que sean capaces de trasladar su criterio y sus intereses a la Generalitat? A pesar de su obediencia a Alberto Núñez Feijóo, jefe estratégico desde Génova, 13 de Madrid. ¿En qué medida depende la Generalitat Valenciana de los dictados de Vox, comandado por Carlos Flores y Santiago Abascal?

Derecha descontrolada

El futuro que espera a los valencianos con mayor probabilidad presagia  un gobierno autonómico controlado por Vox, clave del Consell de Juanfran Pérez Llorca, ex-alcalde de Finestrat, lugarteniente de Carlos Mazón y militante de la facción alicantina del Partido Popular de la Comunidad Valenciana.Todos los datos y sondeos –a pesar de los pataleos de Francisco Camps y la cómoda disensión de la alcaldesa de València, María José Catalá– coinciden en la consolidación de esta opción: PP con Vox, para ésta y la siguiente legislatura. Con la pesada argolla de Vox, partido político anti-autonomista, anti-Unión Europea y vinculado al sociópata estadounidense Donald Trump, sheriff del mundo. En la correlación con el gobierno español, las previsiones dan la mayor probabilidad a la mayoría de PP y Vox, frente al arco descabalgado de la socialdemocracia y otras fuerzas de izquierda en ebullición. La tormenta perfecta que tanto gusta a Josep Vicent Boira, estaría servida en el País Valenciano, con mayoría coincidente en su composición para la autonomía y en el gobierno español: la involución que supondría la continuidad del derribo del acervo valenciano y de las etapas superadas del gobierno autonómico. En el contexto de un gobierno, en la Administración central del Estado, dominado por posiciones reaccionarias. Panorama que no augura la recuperación de cotas autonómicas ni la solución para los grandes desafíos valencianos: competitividad, productividad, vivienda, empleo estable, reindustrialización, defensa de las señas de identidad, respeto lingüístico, potenciación cultural diferenciada, abismo educativo, tensión social. Ni por supuesto el nudo gordiano de la financiación autonómica, que es precaria como el nivel de inversión del Estado central en infraestructuras valencianas obsoletas e imprescindibles para garantizar el futuro a las próximas generaciones.

Europa : comunidad de destino

La Unión Europea es el complemento exterior de la proyección valenciana, para la que hay que preparar expertos y conexiones sectoriales de prolongación. La historia y la economía valencianas así lo acreditan y exigen. En el reciente libro de Samí Naïr, Europa encadenada —el profesor e intelectual francés de origen argelino— recorre todos los demonios y asechanzas que amenazan a la Unión Europea. A la que conoce desde dentro y por fuera, en sus grandes errores y en sus determinantes victorias. La UE y todo lo europeo irritan a Trump por sus éxitos. No por sus fracasos. Idea de Europa unida a la que Naïr no le ve alternativa sino en la corrección de sus vacilaciones y desvíos. En la superación de los obstáculos nacionales. Hace hincapié desde la primeras páginas en la necesidad de ‘querer ser europeos’. Desde la convicción de un proyecto racional. Comunidad de destino que no está impulsada por el eje de la identidad común sino por la eficacia de la idea europea. Que no está hecha y culminada, porque se ha ir construyendo día a día. Su grandeza obedece al servicio a todos los ciudadanos de los 27 Estados miembros. Lejos del concepto de nación. Lejos de los nacionalismos excluyentes (Brexit). Bajo el fortalecedor paraguas integrador y salvador del continente europeo que mentes clarividentes fueron capaces de vislumbrar en la segunda mitad del siglo XX: Monnet, Schuman, Adenauer, De Gasperi, Spaak o Altiero Spinelli. Su concepción en el concierto mundial es defensiva “tanto en sí misma como para sí misma”. De ahí que ahora se encuentra con el paso cambiado ante la traición de su principal aliado y la desorientación en su renovado posicionamiento geoestratégico, comercial y defensivo.

Querer ser valencianos

El País Valenciano, tanto tiempo aletargado, sólo ha vivido un renacer parcial por la izquierda del inicial Compromís y hoy Més Compromís. Sin más logros después de una década que un trueque de alianzas que, en vez de consolidarlo, han difuminado su perfil. Del centro y la derecha –campo social de la burguesía– no hay reacción perceptible más que en la tímida defensa del Derecho Civil Valenciano, que lo tumbó a Camps el PP de Mariano Rajoy y que los naturales del país no lo ven como la mágica solución a sus problemas. En las elecciones  de Aragón se ha visto el giro regionalizador de un partido centralista, el PP, en un intento desesperado para arañar votos impostados de última hora. No se puede ser una cosa y la contraria a la vez. No son compatibles las arengas de Isabel Díaz Ayuso, próxima a Milei y a Abascal, con  el giro  de proximidad regional improvisado de Jorge Azcón, candidato del PP para mandar a los aragoneses. A Vox no se le frena en el último momento, sino distanciados de su programa sin complejos ni medias tintas. Siempre con tiempo suficiente para armar la mayoría necesaria en base a los conocidos principios de la “vieja libertad”, que ya defendía  el pensador liberal John Milton en el siglo XVII. Siempre ha sido defendida la democracia de proximidad. La de las pequeñas cosas acorde con los principios elementales de la humanidad (Declaración Universal de los Derechos Humanos). Las necesidades de los próximos, de lo que afecta en mi barrio, a los vecinos. En el País Valenciano de nuestros pueblos, villas, ciudades o comarcas conformados por la geografía, la naturaleza, la lengua, la cultura, la antropología, la historia o la equiparable identidad. ’Sin una acción ciudadana concertada para hacer valer estos derechos cerca de casa, en vano buscaremos el progreso a mayor escala’, así lo expresó Eleanor Roosevelt ante las Naciones Unidas, en el décimo aniversario de los Derechos Humanos. El País Valenciano no resurgirá con personalidad propia respetada mientras no se rijan sus destinos desde proyectos y programas plurales, interpretados por movimientos políticos y sociales arraigados a su realidad social y a su razón de ser.