Una Europa fuerte necesita un presupuesto fuerte
Si le preguntan a cualquier ciudadano europeo si su situación es la misma que hace siete años, dudo que entre tantos millones haya uno solo que diga que su vida continúa exactamente igual. El mundo cambia, y nosotros y nuestras vidas cambiamos con él.
Hace siete años no imaginábamos que una guerra podría paralizar el tráfico aéreo; que la inteligencia artificial competiría con nuestros trabajos; o que con dos sueldos a duras penas podríamos pagar una vivienda. Y estos son solo algunos ejemplos de tantos otros que podríamos poner.
El mundo cambia y Europa cambia con él. O así debería ser.
Como profesora de un máster de Gestión Pública, lo primero que les digo a mis alumnos es que vivimos en una sociedad dinámica, cambiante e incierta, y que la Administración Pública, como organización abierta, no puede vivir al margen del cambio.
Esta idea la entiende cualquiera pero aún hay quien se resiste a aceptarla y quiere que todo continúe igual: que Europa no cambie, que no haga más, para no gastar más.
La realidad, sin embargo, es que los desafíos políticos que tenemos delante son muchos más y mucho más abrumadores que hace una década. Las guerras que nos rodean, la pérdida de competitividad de nuestra economía, el problema de la vivienda, la dependencia energética o las consecuencias cada vez más presentes del cambio climático son solo algunas de esas amenazas.
La ciudadanía exige respuestas y mira a Europa para conseguirlas. Porque Europa es la única que tiene la capacidad de darlas. Por mucho que los nacionalismos se empeñen en lo contrario, solo desde la fortaleza de la Unión podemos defender nuestra posición en el mundo.
Somos el mejor ejemplo que existe de que la protección de la libertad individual y las políticas públicas orientadas a alcanzar la igualdad real no solo pueden convivir, sino que juntas dan como resultado la región con mayor calidad de vida del mundo para vivir.
Ser europeo es lo mejor que puede pasarte. Y eso hay que protegerlo.
Por eso es tan importante la decisión que ha tomado el último Pleno del Parlamento Europeo: una propuesta de presupuesto para los próximos siete años que nos permita seguir siendo el faro de bienestar y derechos que tantos miran.
El Parlamento quiere más Unión, más integración, más cohesión y más ambición. En definitiva, quiere una Europa a la altura del momento histórico que vivimos.
No se ha descuidado nada. Se han abierto nuevas e incuestionables prioridades, como nuestra protección ante un mundo cada vez más incierto e inseguro, al tiempo que se ha desarrollado una nueva oportunidad de tracción e impulso para reforzar la competitividad de nuestras empresas y fortalecer nuestro mercado único.
Y, al mismo tiempo, se ha protegido aquello que hace reconocible a la Unión para la mayoría de nuestros ciudadanos: nuestra soberanía alimentaria con la PAC, la integración territorial con la política de cohesión, la igualdad social con el Fondo Social Europeo, el impulso de la ciudadanía europea con el programa Erasmus o la defensa de un mundo en paz y libre de violencia con las ayudas a Ucrania y Gaza, por citar solo algunos de sus aspectos más relevantes.
Esta posición corrige de forma clara la propuesta inicial de la Comisión de planes nacionales que iba en la línea de fortalecer una Europa gestionada desde los gobiernos, debilitando el alma del proyecto común europeo. El Parlamento Europeo ha apartado esa lógica y ahora tendremos que ver si los gobiernos europeos están a la altura.
Porque la reflexión que deben hacer es sencilla: no se puede pedir más Europa sin estar dispuesto a financiarla.
Porque pedir, piden, Macron ha defendido la soberanía europea en defensa; Meloni replicar los Next Generation y Merz insiste en la necesidad de reforzar la competitividad de su industria.
Todas son nuevas prioridades. Todas son nuevas necesidades. Todas exigen nuevos fondos. Y ninguna de ellas se sostiene sin nuevos recursos.
Tenemos que superar esa vieja costumbre europea de hablar del dinero como si fuera algo de mal gusto. Hay que hablar de dinero, y mucho. Porque sabemos qué nuevas cosas queremos comprar, pero demasiadas veces evitamos explicar cómo vamos a pagarlas. Y cualquier familia sabe que una cosa es tan necesaria como la otra.
Y, como decía al principio, el mundo ha cambiado. Aprovechemos esos cambios para responder a una pregunta esencial: cómo financiamos la Europa que necesitamos.
Ahí debemos orientar nuestros esfuerzos hacia figuras que respondan a nuevas realidades económicas emergentes como una tasa digital, una fiscalidad para las criptomonedas o el juego online que representan además actividades de valor muy cuestionable en términos de contribución real a la economía productiva.
En definitiva, el mundo cambia y Europa debe adaptarse si quiere sobrevivir. Hemos perdido relevancia, poder e influencia y el futuro sigue siendo complejo para nuestro continente. Por eso acertar en este Marco Financiero Plurianual no es solo importante: es vital para la pervivencia del proyecto europeo.
Porque puede que hayamos perdido autoridad pero ser europeo sigue siendo lo mejor que puede pasarle a alguien.
Y eso, al final, es lo único que importa proteger.