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Dejar las persianas bajadas al irnos de vacaciones, ¿sí o no?: un experto explica cómo afecta a las plantas

La falta de luz prolongada puede provocar hojas pálidas, pérdida de hojas viejas y tallos que se alargan buscando claridad.

Diego Olivares

17 de julio de 2026 21:41 h

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Las maletas están hechas, la nevera medio vacía y el gas cerrado. Todo preparado para salir de vacaciones, pero surge una última duda: ¿qué hacemos con las persianas?

Bajarlas parece lo más lógico en pleno verano. La casa se calentará menos, transmitiremos la discreta impresión de que dentro no hay nada interesante mientras no estamos y las plantas quedarán más protegidas del calor de la calle. El problema es que, si tenemos plantas junto a las ventanas, dejarlas completamente a oscuras durante una o dos semanas tampoco parece una idea brillante.

Subir un poco una persiana, bajar otra, mover las plantas al pasillo o acabar agrupándolas en un rincón son recursos que nos vienen a la mente pero la realidad es que no existe una posición perfecta para todas las viviendas y todas las plantas.

Ni persianas abiertas ni oscuridad total

Lo habitual es plantear el asunto como una elección entre dos extremos: o dejamos las persianas abiertas para que las plantas tengan luz, o las bajamos completamente para que la casa no se caliente. En la mayoría de los casos, ninguna de las dos opciones es la correcta. En una ventana orientada al norte, el riesgo de sobrecalentamiento suele ser menor y podemos dejar entrar más claridad. En cambio, las ventanas orientadas al oeste reciben el sol de la tarde, que en verano puede ser especialmente duro.

Las orientaciones sur y suroeste también necesitan protección, sobre todo en viviendas sin toldos, voladizos o árboles que proporcionen sombra. Las ventanas orientadas al este reciben un sol matinal generalmente menos agresivo, aunque en plena ola de calor tampoco conviene dejar plantas delicadas pegadas al vidrio.

Además de la orientación, importa el tipo de vivienda. No se comporta igual un piso bajo con patio interior que un ático con grandes ventanales. Tampoco una casa bien aislada que una habitación que alcanza temperaturas muy elevadas en cuanto se apaga el aire acondicionado.

Por eso merece la pena observar durante los días previos qué zonas conservan mejor una temperatura moderada y siguen teniendo luz suficiente. En muchas viviendas, la solución más equilibrada consiste en dejar las persianas parcialmente bajadas. No hay una altura exacta universal, pero normalmente interesa bloquear la entrada directa del sol y permitir que quede una franja por la que entre luz difusa.

¿Qué ocurre cuando una planta se queda sin luz?

Las plantas utilizan la luz para realizar la fotosíntesis, el proceso con el que producen la energía necesaria para mantener sus tejidos y crecer. Cuando la luz disminuye, su actividad también se reduce.

Durante unos pocos días, una planta sana puede recurrir a sus reservas y soportar condiciones peores de las habituales como por ejemplo una bajada drástica del flujo lumínico. Por eso no debemos imaginar que una semana con poca luz equivale automáticamente a una sentencia de muerte. Sin embargo, cuanto más larga sea la ausencia y más oscura quede la casa, mayor será el estrés.

La falta de luz prolongada puede provocar hojas pálidas, pérdida de hojas viejas y tallos que se alargan buscando claridad. Algunas plantas reducen mucho su consumo de agua; otras, especialmente si ya estaban debilitadas, pueden no recuperarse completamente.

Uno de los errores más frecuentes antes de irnos es regar todas las plantas hasta que el sustrato queda empapado y dejar agua acumulada en los platos.

También importa de qué especie estemos hablando. Una aspidistra, un poto o una sansevieria toleran mejor una reducción temporal de la iluminación que un cactus, una suculenta o una planta acostumbrada a varias horas de sol.

Pero incluso las llamadas plantas de sombra necesitan luz. Que toleren poca luz no significa que puedan vivir dentro de un armario. Esa traducción doméstica ha causado más bajas vegetales que muchas plagas.

Errores que solemos cometer

Uno de los errores más frecuentes antes de irnos es regar todas las plantas hasta que el sustrato queda empapado y dejar agua acumulada en los platos. Parece una reserva para los días siguientes, pero las raíces no almacenan ese agua como si estuvieran llenando una cantimplora. Si el sustrato permanece saturado y además la planta recibe menos luz, consumirá menos agua y aumentará el riesgo de asfixia y pudrición radicular.

Las necesidades de riego dependen directamente de factores como la temperatura, la intensidad de la luz, la humedad ambiental y el tipo de sustrato. Una planta situada en un ambiente más fresco y oscuro suele gastar menos agua que en su ubicación habitual.

Lo sensato es regar cada planta según su estado real. Las que tengan el sustrato seco pueden recibir un riego profundo, dejando después que escurra por completo. Las que todavía conserven humedad no necesitan una ración extra por ansiedad vacacional.

Al marcharnos de vacaciones, las plantas no necesitan que reproduzcamos exactamente sus condiciones habituales. Durante unos días pueden adaptarse a una temperatura algo distinta, menos luz y un consumo menor de agua. Pero hay una diferencia entre reducir la actividad de la planta y dejarla completamente a oscuras.

En resumen, en la mayoría de las casas, la opción más razonable será bajar las persianas lo suficiente para frenar el sol directo, manteniendo una entrada de claridad, y desplazar las plantas unos metros hacia el interior. Menos calor, luz filtrada y un riego ajustado suelen funcionar mejor que cualquiera de los extremos.

Porque cuidar las plantas antes de viajar no consiste en regarlas hasta el borde ni en buscar un truco milagroso, consiste en observar cómo se comporta nuestra vivienda cuando hace calor y encontrar el lugar donde puedan pasar esos días sin achicharrarse, pero tampoco encerradas en una cueva.

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