NOTA AL PIE
El áspero camino de la justicia
En 1958, cuando Max Aub volvió a ver Sierra de Teruel, le pareció “distinta de la que hicimos”, más “hierática, quieta”. La experiencia lo llevó a buscar una explicación en el hecho de que “el tiempo y la historia nutren con su savia las obras de arte” y las varían, lo cual lo llevó a su vez a pensar que “los hombres solos no sabemos nunca, exactamente, lo que hacemos”. Tenía razón, por supuesto; y la tuvo incluso sin tenerla, porque a pesar de recordar la filmación “plano por plano”, no reparó en los cortes que se le habían hecho desde 1939. Solo se dio cuenta de que, en los títulos de crédito, faltaban los nombres del “excelente escenógrafo” (Vicente Petit), del “viejo actor que encarnó al aviador alemán” (Pedro Codina, a quien Aub dobló la voz) y de una antigua “gloria del Paralelo, es decir, del vodevil” (José Sempere). Su memoria le había fallado un poco en cuestiones artísticas, pero no le había fallado en lo tocante a las personas y la causa.
Quien quiera saber más sobre las vicisitudes de la película de André Malraux, de la que se ha presentado una copia en el Festival de Cannes, encontrará un buen resumen en un ensayo de un profesional esencial en el campo de la restauración cinematográfica, Ferrán Alberich Rodríguez, quien la restauró hace tiempo para la Filmoteca Española: “Sierra de Teruel: una coproducción circunstancial” (Cuadernos de la Academia, nº 5). Ahora bien, volviendo a las palabras de Max Aub, procedentes de su prólogo al guion de Sierra de Teruel que publicó Ediciones Era en 1968, habría sido difícil que olvidara a la gente que hizo posible el rodaje; al fin y al cabo, no se limitó a ser ayudante de dirección, dialoguista y traductor al castellano: cuando no estaba probando actores, eligiendo localizaciones o fotografiando campesinos “como posibles figurantes”, estaba yendo y viniendo con materiales y hasta jugándose el cuello, como en la conocida anécdota de los Messerschmitts que estuvieron a punto de derribar su Fokker y acabaron despreciando una “presa tan poco apetecible”.
Curiosamente, una de las pocas labores que no asumió Aub aquella vez fue la de escribir el guion, con independencia de que su mano esté en los diálogos, como ya se ha dicho. Él mismo se quedó sorprendido al verse como guionista en aquella copia cortada y manipulada de la película y, tras puntualizar que eso había estado a cargo del propio André Malraux y de “Boris Paskine, Denis Marion y Louis Page”, ironizó con que lo suyo era “desgañitarse”, “dormir poco y, para descansar, discutir con Hemingway” en el Majestic tras preparar “el trabajo del día siguiente”. Desde luego, nadie le habría podido acusar de no aplicarse una de las muchas y muy relevantes cosas que dijo el 20 de julio de 1938 a los miembros del equipo, para explicarles el proyecto y sus intenciones (el discurso entero aparece en Hablo como hombre, publicado en México en 1967): “No olvidemos que trabajamos para el pueblo, no para satisfacer nuestras pequeñas pasiones” personales.
Salvando las distancias, su negativa a aceptar autorías no buscadas estuvo cerca de lo que comentó el doble de una de las escenas después de salirse de una carretera y caer por un barranco –acompañado de un perro– en un coche sin motor: “Soy acróbata, no chófer”, aunque Max Aub fuera lo uno, lo otro y bastante más. Para tener fama de arrogante, renunciaba con frecuencia a cierto tipo de protagonismos, como hizo con su “héroe” por excelencia (no dejen de leer Luis Buñuel, novela) en Los olvidados, donde ni Juan Larrea ni él aparecen como coautores del guion de Luis Alcoriza y el genial cineasta de Calanda. Además, Sierra de Teruel no se estaba haciendo por el capricho de un puñado de creadores, sino por la necesidad de mostrar al mundo lo que estaba pasando en España y, con suerte, contribuir a que Estados Unidos permitiera “el envío de material de guerra” a la República a través de la “enmienda Nye”, que se iba a presentar en enero de 1939.
En la alocución que dirigió a los actores, trabajadores y técnicos antes de empezar a trabajar, Aub citó a Durruti para dejar claro que podían renunciar a cualquier cosa “menos a la victoria”, porque estaban buscando “el puerto de la libertad por el camino siempre áspero de la justicia” y la ocasión lo exigía. Que el rodaje no cumplió sus objetivos, es evidente; la película se terminó demasiado tarde, cuando “hacía meses que el fascismo había ganado la guerra” y, para empeorar la situación, no se pudo proyectar entonces “por la ceguera de los más y la prudencia o cálculos equivocados de otros”, lo cual la mantuvo escondida “durante la noche más trágica de Europa”. Sin embargo, los supervivientes siguieron buscando ese puerto hasta el final de sus vidas, “de la misma manera en que los campesinos de la parte final” de la obra “levantan silenciosos el puño a los cielos inclementes”. Y Sierra de Teruel sigue “aquí”, como también enfatizó nuestro gran autor al recordar aquellos días, intentando creer que “tal vez, las lecciones no se pierden nunca del todo”.