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Crítica

Aaron Sorkin señala a Facebook como culpable del asalto al Congreso en ‘El precio de la red’, una película que merecía más nervio

Jeremy Strong como Mark Zuckerberg en 'El precio de la red'.
8 de octubre de 2026 22:34 h

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Aaron Sorkin escribió una de las películas que mejor han definido los últimos años. En 2010 se estrenaba La red social, donde David Fincher dirigía un guion endiablado y perfecto y lo convertía, con su minuciosidad de cirujano, en un reloj perfecto que contaba un mundo que cambiaba a pasos de gigante hacia no se sabía dónde. Sorkin mostraba cómo las mentes más prodigiosas del planeta no eran más que unos niñatos obsesionados con el dinero y las mujeres. Cerebros brillantes que dedicaban su talento a crear aplicaciones para ligar o para valorar a las mujeres por su imagen.

En un mundo donde las humanidades desaparecen, los tecno bros del mundo tienen todo el camino libre para crear aplicaciones que en vez de unirnos, nos separen. La ironía de La red social era que Mark Zuckerberg había creado una aplicación para hacer que la gente estuviera junta, para que aquellos que, como él, no tenían habilidades sociales, encontraran un lugar virtual donde esquivar los prejuicios y los señalamientos. De fondo, como el Rosebud que latía en el corazón de este Ciudadano Kane moderno, había el rechazo de una joven que le dejó. En vez del trineo que movía las acciones del Charles Foster Kane de la película de Welles, aquí había una ruptura sentimental que actuaba como impulso secreto de la empresa que ha cambiado el mundo.

La red social terminaba con Zuckerberg solo y Facebook en su máximo esplendor. Desde entonces han pasado 16 años y muchas cosas, entre ellas una serie de artículos en el Wall Street Journal donde se contaba la falta de moralidad de la empresa. Gracias a la labor de una fuente que trabajaba en la empresa, Frances Haugen, el mundo (o quien quisiera verlo) descubrió cómo se había potenciado el compartir mensajes de odio e incluso se había conseguido la polarización y radicalización de personas a las que el algoritmo les recomendaba unirse a grupos radicales de extrema derecha. 

Había en aquel hecho, en aquella serie de artículos, el material perfecto para que Aaron Sorkin quisiera volver a Facebook. Sobre todo porque aquella revelación sobre la empresa que protagonizó una de sus mejores películas llegaba gracias al buen periodismo que él ha reivindicado en toda su carrera, especialmente en dos series fundamentales de la televisión como El ala oeste de la Casa Blanca y, sobre todo, The Newsroom. Por ello, esta secuela que no lo es tanto entronca más con el cine sobre periodismo que ejemplifican clásicos como Todos los hombres del presidente. ¿O es que no hay en el personaje de Jeremy Allen White (el periodista Jeff Horwitz) un trasunto claro del de Robert Redford (el periodista del Washington Post Bob Woodward) del filme de Alan J. Pakula?

A El precio de la red lo que peor le ha podido venir es que la hayan identificado (ellos mismos, principalmente) desde sus inicios como una secuela de La red social, porque no pretende serlo, y ahí está la decisión de que el protagonista no sea Mark Zuckerberg, sino el periodista que escribió aquellos artículos sobre la empresa tecnológica más grande del mundo sin saber encender un GPS (un detalle puramente sorkiniano) y la mujer que en pos de la verdad decidió filtrar los datos que podían hundir su vida (una estupenda Mikey Madison que interpreta a una nerd, otro personaje clásico del guionista).

Son ellos los dos protagonistas de una película que acierta en su diagnóstico, pero que queda sepultada por su falta de nervio y vigor en las formas. Sorkin realiza un filme valiente al señalar a Facebook como la culpable de los discursos de odio actuales, del auge de los grupos de extrema derecha gracias a las redes sociales, de la desinformación y hasta del bullying y las enfermedades de una generación de jóvenes que se han educado en su red social. El 46% de los adultos se informan por Facebook, y Zuckerberg, sabiéndolo, decidió eliminar cualquier verificación. Abrió la veda y potenció los discursos extremos porque se compartían más, y cuanto más se compartiera algo, más éxito económico. 

Mikey Madison y Jeremy Allen White en 'El precio de la red'

Todo ello hasta señalar a lo más alto, al asalto al congreso de EEUU el 6 de enero de 2021. Sorkin escribe un guion cuyo clímax une todo lo que se ha visto con aquel acto donde la extrema derecha no aceptó el resultado de unas elecciones democráticas y tomó una de las sedes fundamentales de la democracia del país para defender a un señor, Donald Trump, que volvió a ser elegido. Lo que cuenta es escalofriante, y ciertos pasajes del filme brillan gracias a sus diálogos ácidos y frenéticos, como ese comienzo soberbio donde vemos a una joven blanca increpando a dos policías negros y subiéndolo a sus redes.

Es una pena que un contenido tan jugoso, con pasajes tan brillantes, acuse una dirección tan plana. Esa sería la diferencia para convertir El precio de la red en el filme eléctrico que debería ser y nunca es. No ayuda un montaje que nunca consigue mezclar sus tramas narrativas, aunque se empeñe en ir hacia atrás y hacia adelante. Lo que en La red social era puro engranaje perfecto aquí se siente, en demasiadas ocasiones, confuso.

Tampoco una banda sonora tan clásica en donde Alexandre Desplat no ofrece nada, y que hace echar de menos los acordes electrónicos que compusieron Trent Reznor y Atticus Ross (Nine Inch Nails) y que creaban un estado mental en el que sumergían al espectador del filme de Fincher. La propia decisión de dar un espacio central a ese ensayo de una declaración de Zuckerberg suena a recurso ya visto de Sorkin (ese guion del biopic de Steve Jobs organizado en torno a sus presentaciones de productos de Apple). 

El precio de la red hubiera necesitado más riesgo, más nervio y un bisturí más preciso para no quedarse en un entretenido thriller de periodistas. Lo que cuenta se merecía más, pero las formas no están a la altura.

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