Marta Matute conmueve con su mirada al alzhéimer en ‘Yo no moriré de amor’: “Es frustrante cuidar y saber que tu familiar no va a mejorar”
Cuando la madre de la cineasta Marta Matute se encontraba en una residencia para ser atendida del alzhéimer que padecía, un día agarró con fuerza la mano de su hija y la acarició. Aquel gesto, aquel detalle de ternura de una mente que se iba apagando poco a poco, fue un terremoto emocional para la creadora, que no sabía que ese sería el germen y hasta el título de su ópera prima como directora. “Esa caricia me provocó una emoción muy grande. No recuerdo ponerme a llorar, pero sí pensar que era algo que me sobrepasaba. Era una mezcla de muchísimo amor, pero con muchísimo dolor. Recuerdo que cuando salí de la residencia, bajé a la calle y pensé: 'Yo ya no me voy a morir de amor'”, recuerda.
Se refería a que nada iba a poder superar el amor que había sentido en ese detalle efímero. “¿Cómo iba a sentir algo más potente que eso? Pensé, encontraré a alguien, la dejaré, lloraré… pero no voy a morir de amor”, cuenta de aquel momento que ha acabado transformado en ese Yo no moriré de amor que ha sido el título de su debut desde que fue un borrador de guion en las Residencias de la Academia de Cine, hasta que se ha estrenado este fin de semana tras ganar la Biznaga de Oro a la Mejor película en el Festival de Málaga, un galardón que la coloca en la senda de otras cineastas que triunfaron allí con sus primeras películas, como Pilar Palomero, con Las niñas o más recientemente Eva Libertad, con Sorda.
Su acercamiento al alzhéimer conmueve por su realismo, su alejamiento de lo melodramático y de los recursos manidos para contar la enfermedad en el cine. Hay una mirada austera, que disecciona cómo una joven se enfrenta a los cuidados de su madre sacrificando las experiencias de alguien propias de su edad, y cómo se va acostumbrando a ver a su familiar ir degenerando poco a poco porque sabe que no va a poder hacer nada más que cuidarla, que estar ahí.
Matute se ha nutrido de su propia experiencia —esa caricia del título incluso aparece en un momento— pero la ha convertido en una ficción donde todo se ha entrelazado. “Cuando empecé a escribir tiraba más de experiencias personales, pero es que yo no tengo muchos recuerdos de esa época. Mi cabeza ha borrado gran parte de mi vida de los 18 a los 27 años, pero emocionalmente me ha quedado una huella muy grande de todo lo que me pasó”, explica.
Esa huella es la que ha usado como guía para convertir “esas emociones que estaban muy claras” en un guion donde “cada vez iba entrando más la ficción” hasta llegar a una película que ya no era su historia, sino “la historia de otros muchos”.
En aquellos momentos de su vida, Marta Matute se dio cuenta de que, aunque estuviera rodeada de amigos, se sentía “sola porque nadie estaba pasando por eso”. “En ese momento pensé, ‘aquí hay algo que en algún momento tendré que contar, porque no puede ser que esto solo lo esté viviendo yo, y esto podría lanzarse al mundo de alguna manera para ayudar a la gente que está pasando por lo mismo’. Esa siempre ha sido mi motivación, mostrar los momentos más frustrantes, los que te dan rabietas, los que culpas a tu familia… A mí me hubiera gustado verme reflejada en una película y ver que no solo me pasaba a mí”, rememora.
Coges esa inercia de seguir hacia adelante, de estar en lo práctico, de los cuidados. De intentar que esto no te lleve por delante, pero inevitablemente te lleva
Ahora ve que tenía razón. Tras los pases la gente se le acerca y le confiesa sus experiencias y lo agradecidos que están de verse, por fin, reflejados en pantalla. Por eso también eligió ese tono para la película, porque esas personas, en esas situaciones, “no pueden permitirse caer en lo emocional, porque si te detienes en la emoción, te vas a la mierda”. “Coges esa inercia de seguir hacia adelante, de estar en lo práctico, de los cuidados. De intentar que esto no te lleve por delante, pero inevitablemente te lleva”, analiza.
El tono también lo dio su propia familia: “Siempre hemos sido poco afectuosos, poco cariñosos y poco comunicativos. Pero a raíz de la enfermedad de mi madre, yo empecé a mirar a mi familia de una manera que no había mirado antes. Con empatía. Pero eso no se traduce en grandes gestos de cariño. Ni ahora nos decimos te quiero, pero en ese momento sí que ocurrían esos pequeños destellos de amor que eran muy bellos y a mí me emocionaban mucho. Por eso tenía muy claro que el tono tenía que ser ese y no caer en algo melodramático. Yo no conecto con eso”.
Otra de las cosas que marcan la película es la frustración, pero también el habituarse a una realidad: que la persona a la que se cuida no va a ir a mejor. “Es un cuidado que no hace que el familiar mejore. Es superfrustrante cuidar y que nunca mejore. Y ese agotamiento está ahí”, explica Matute que ha querido captar esa sensación con su cámara, mostrando “escenas más estáticas donde se ve al personaje habituado a la situación, pero de repente ver cómo algo le desestabiliza y eso se vive también con la cámara”.
Una cámara que se centra en el miembro más joven de esa familia, que a su vez, aunque no lo explicite del todo, se empieza a plantear quién va a cuidar de ella. “Aunque no se diga de forma explícita, había una escena donde si lo decían las hermanas, esa frase estaba porque es algo que piensas muchísimo durante todo este proceso y es una cosa que a mí me obsesiona a nivel personal”, confiesa una directora que confirma el gran momento para las cineastas y cuyo nombre ya suena con fuerza para los próximos Goya.