De “santos patrones maricones”, pornografía, drogas y cine 'queer': los nuevos testamentos de Bruce LaBruce

Ignasi Franch

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Bruce LaBruce es una de esas personas a las que hay que presentar como un artista, a secas. Porque produce arte, de la manera que sea, y normalmente con presupuestos más bien escasos. Quizá su faceta profesional más reconocida es la de cineasta ―un sentido amplio: realizador, pero también guionista e intérprete―, aunque también sea fotógrafo y muchas más cosas. Entre ellas, articulista a lo largo de los años, unos textos recogidos en el libro Contra la cultura, editado y traducido por Manuel Mata para la editorial Cántico.

A veces se le ha integrado dentro de la etiqueta del new queer cinema que eclosionó en los años noventa del siglo pasado. Si lo damos por bueno, compartiría escena con Gregg Araki (Nowhere), un ilustre del cine independiente queer, o un primer Todd Haynes que, muchos años antes de dirigir Carol, filmaba obras más ariscas como Poison. Pero LaBruce no se ha mostrado muy convencido de ello. Hay una diferencia sustancial: el realizador canadiense ha incluido a menudo escenas de sexo real en sus filmes, algunos de los cuales se han distribuido en dobles versiones por incluir mucho metraje pornográfico.

Contra la cultura sirve de carta de presentación de un Bruce LaBruce que realizó su primera película en 1993 y que ha estrenado en la pasada edición de la Berlinale la última, The Visitor, sobre el despertar sexual de un refugiado que, disfrazado de vagabundo, visita mansiones en Londres. Con oscilaciones en su nivel de dedicación a la escritura, LaBruce ha publicado artículos en todo tipo de medios desde sus inicios en la transgresora escena queercore de punk contestatario y LGBTIQ. Es una antología breve de textos misceláneos, apenas suma 160 páginas, pero que sirve de primera cita fugaz y carnal. Los artículos provienen de momentos diferentes, aunque varios de ellos fueron concebidos alrededor del cambio de milenio y de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

En varios artículos, el realizador habla sobre performances de sexo en vivo o sobre películas con escenas pornográficas de sexo real entre neonazis contradictoriamente homosexuales; todo ello generó la indignación tanto de víctimas del Holocausto como de grupos de ultraderecha. Emerge su relación ambivalente con la censura: se frustra cuando se le condena desde lugares inesperados y, a la vez, se alegra cuando ofende a quien quería ofender. No siempre es así. A veces sus empeños por pasarse de la raya no generan la polvareda esperada.

A lo largo de Contra la cultura, LaBruce habla de fiestas en Toronto, Nueva York, Berlín, Tel Aviv y donde haga falta. De sesiones de fotografía porno improvisadas en lavabos, de crack y drogas varias. De fiestas olvidadas porque la memoria no da para tanto. La ligereza desafiante se entremezcla con una cierta sátira social. Y con las contradicciones y las críticas hacia cualquier aspecto de la vida. Le incomodan algunos gays, algunos feminismos, todos los establishments.

Van Sant, Waters y Jarman: una genealogía

LaBruce tiene una sensibilidad heredada del punk, del hazlo tú mismo, pero no mantiene un discurso adanista. No cree estar inventando nada y tiene muy en cuenta a los cineastas abiertamente homosexuales que le apasionan. Aunque no le encantaba la etiqueta del new queer cinema, muestra su admiración hacia autores identificables con esta, como Gus Van Sant (Mala noche). Y, por supuesto, dedica palabras cálidas para John Waters (Hairspray, Cry Baby). Ambos son, según escribe, sus “dos santos patronos maricones”.

El autor de Otto; Or, Up With Dead People va más allá. Sus textos tienen algo de genealogía informal sobre sus predecesores del cine queer. Aporta un sugerente y emocionante texto que invita a descubrir la obra del realizador británico Derek Jarman, de interesante trayectoria interrumpida por el sida. Jarman firmó clásicos del erotismo arty como Sebastiane, además de videoclips para Pet Shop Boys o The Smiths. Por supuesto, La Bruce también menciona en varias ocasiones la figura totémica de Pier Paolo Pasolini.

El cine de Bruce LaBruce aterrizó en el audiovisual de los años noventa del siglo XX, en pleno Matrix de neoliberalismo, con una sonrisa: Bill Clinton y Tony Blair gestionaban la revolución de las élites iniciada por los Gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Aún así, el imaginario del cineasta tiene muy presente los años sesenta y setenta, las críticas radicales contra la sociedad de consumo desde el arte y desde el activismo de calle. El canadiense aborda este pasado desde la reivindicación y a la vez desde la sátira, desde una ambivalencia que puede identificarse con la cultura posmoderna ―más aún, cuando entra en el terreno del pastiche con el cine de género―, pero que es algo más que un juego referencial sin autenticidad.

LaBruce monta sesiones fotográficas sobre accidentes de coches que se inspiran en una de las maravillas del Jean-Luc Godard que iniciaba su etapa política, Weekend. También tomó prestados unos cuantos elementos de la godardiana La chinoise para su ficción precaria sobre sexo (mucho sexo) y violencia política por parte de un grupo que intentaba revivir la Fracción del Ejército Rojo alemán liderada por Andreas Baader y Ulrike Meinhof: The Raspberry Reich. De nuevo, aparece un cierto trabajo de genealogía, aunque no se plantea con la admiración solemne de quien prepara un altar.

Un comentarista cultural divertidísimo

En uno de los artículos incluidos en Contra la cultura, LaBruce habla de Erin Brockovich, el biopic protagonizado por Julia Roberts, y Música del corazón, una rara incursión en el drama por parte de Wes Craven (Scream), después de haberlas visto en un avión transcontinental. El autor le pone un poco de malicia e ironía, pero no se deja cegar por ella. Y se pone del lado del débil, de esa Música del corazón que fue un considerable fracaso comercial y no gustó demasiado a la crítica.

La prosa del realizador es mordaz, juguetona. Su comentario sobre la versión en imagen real del cuento navideño El Grinch es brillante. Hace una sátira tronchante sobre el proyecto, y le pone mucho humor negro al destacar que el protagonista “se pasa media película desnudo en compañía de una inocente niña, lo que confiere a todo el asunto una espeluznante atmósfera de delito sexual”. Con todo, termina valorando los esfuerzos de su protagonista, un entonces cuestionadísimo Jim Carrey, como una especie de torbellino de comicidad trastornada. A lo largo del volumen, también se pueden encontrar textos sugerentes sobre un clásico del Nuevo Hollywood (El rey de Marvin Gardens) o sobre la figura de la actriz Tuesday Weld. La historia del cine es amplia.

Lo sabíamos, o lo imaginábamos. LaBruce puede explorar tabúes de manera temeraria, entrar en territorios sensibles conduciendo un bulldozer (el relato de su estancia en un festival de cine israelí no aparecerá en ninguna antología de solidaridades alrededor de Palestina). Puede ser proclive al sentido del humor de mal gusto o escribir con ese toque de crueldad que puede recordar a su amigo Waters. Y puede refunfuñar sobre la incompetencia de parte del equipo técnico y artístico de la mencionada The Raspberry Reich, en un artículo escrito en forma de diario faltón de un cineasta low cost. Pero también tiene una alma sensible.

Lo sospechábamos. Quizá el personaje que interpretaba en White Hustler tenía algo de él: un intelectual resabiado, repelente, pero que termina amando con calidez. Y obras como Gerontophilia han ido demostrando que el LaBruce maduro, quizá un poco menos punk (en algunos proyectos, al menos), puede retratar la ternura, aunque nunca elimine del plano la complejidad ―a veces turbia, a veces muy turbia― de las emociones humanas. La ternura, por ejemplo, puede convivir con penosos estallidos de celos, o con momentos absolutamente oscuros.