Sebastián Lelio confía en el poder de la ficción para acabar con los fanatismos en 'The wonder'

San Sebastián —

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La política ha puesto de moda un término los últimos años: el relato. La capacidad de construir una narrativa que se imponga a las demás. No es cuestión de que sea cierta, sino de que la gente se la cree. Al final, eso del relato es la transposición a la política de la ficción cinematográfica, del contador de cuentos. Sobre el poder de la ficción gira una de las últimas películas que se presentaron a competición por la Concha de Oro en el Zinemaldia Festival de San Sebastián, la producción de Netflix, The wonder, una notable y cautivadora adaptación de la novela de Emma Donoghue que ha dirigido el chileno Sebastián Lelio, que ganó el Oscar con Una mujer fantástica.

Lelio se lleva a su terreno la adaptación y la abre con una escena que desafía las normas de la narrativa clásica. Muestra el artefacto y nos anuncia que lo que vamos a ver es una ficción y que es responsabilidad del espectador decidir lo que se cree de ella o no. Enuncia el mensaje de la película para que quede claro. Un salto al vacío antes de que comience la historia, la de una enfermera británica -la siempre excelsa Florence Pugh- que acude a una región irlandesa en 1862 para vigilar a una joven que aseguran que sobrevive sin comer. Un milagro en un país eminentemente católico y asolado por el hambre que necesita milagros, o de nuevo, relatos, para seguir adelante y para seguir controlando los cuerpos y voluntades de sus mujeres.

El gran tema es el del poder de la ficción y de cómo un relato anula a otro relato, pero por supuesto que hay mucho más. Es una película que habla del control del patriarcado, de los fundamentalismos religiosos, de cómo la religión y los hombres deciden y controlan. Lo hacen a través de sus propias ficciones, que extienden como verdades absolutas y únicas. Lelio tiene muy claro lo que quiere contar, y la unión de todos sus temas en el principal. Convierte para ello su puesta en escena en algo hipnótico, casi un estado pesadillesco, gracias sobre todo a la excelente fotografía de Ari Wegner y la banda sonora de Matthew Herbert, cuyas composiciones el propio Lelio define como “de ciencia ficción”.

El director cree que esta película es importante en el momento en el que vivimos “una cacofonía de historias”. “El 'storytelling' no es solo entretenimiento. Es, antes que nada y por encima de todo, política. Entonces, me parecía importante dejar claro al espectador que va a ser sometido a los mecanismos de la ficción. Que va a ver a personajes que creen devotamente en sus propias ficciones y que lo invitamos a creer en esta ficción. La razón política de esto es porque el mecanismo mediante el cual el espectador está creyendo a pies juntillas en la película es el mismo mecanismo que los humanos utilizamos para creer en lo que sea que creamos. Entonces me parecía importante decir 'esto es creencia, pero puede pensarlo de nuevo'”, explica Sebastián Lelio.

En este juego intenta decirle al espectador que despierte, de que se dé cuenta de “esta guerra narrativa, de este cuerpo femenino en disputa, que está siendo 'tironeado' por todos estos hombres notables que cree que la usan como agua para su molino, pero que lo que menos importa es la niña en sí misma”. “¿En qué posición está usted? ¿Dónde se ubica usted en el espectro? ¿En definitiva, qué pensamiento es el que usted está repitiendo? ¿En qué cree usted? Entonces me parecía importante que la película fuese explícita en eso, porque la película, más allá de los temas que investiga, es una reflexión sobre el poder de la ficción, sobre los mecanismos de la ficción y los efectos políticos de la ficción”, añade.

La ficción para hacer el bien, o el mail, porque “las historias pueden usarse perversamente o de manera virtuosa, pero son poder”, y todo ello en “la era de internet, de las noticias falsas en donde la gran afectada de todo esto es, sea lo que sea, lo real”. Un momento donde Lelio subraya que “todo es relato”, pero que hay que repensar el relato heredado, como el relato “católico que heredamos por herencia”.

Una favorita violenta y hermosa

La Sección Oficial cierra con un nivel medio notable y sin una película que haya encontrado unanimidad. Una de las que más suena es Los reyes del mundo, la excelente segunda película de la directora Laura Mora que ha emocionado a todos con su retrato de unos jóvenes en los márgenes de Medellín. Una visión actual de Peter Pan donde los niños perdidos son una pandilla que vive en la marginalidad, robado y dando machetazos. Todo cambia cuando uno de ellos recibe en herencia una tierra de su abuela, víctima de los desplazamientos forzosos. La historia del país provoca la historia de la película. Los cinco chicos, una familia creada en las calles, se trasladarán de la ciudad a lo rural para reclamar lo que les pertenece.

Una película que muestra un país destrozado por la violencia y la corrupción, pero que lo hace apostando por una puesta en escena donde lo poético se mezcla con lo violento, lo febril con lo bello. Incluso cuando a veces cae en ciertos lugares comunes, Laura Mora se las apaña para ofrecer algo nuevo. Es el caso de la llegada de los chavales al burdel, clásico recurso narrativo que aquí se eleva como algo portentoso. Mora consigue que esa escena emocione y se convierta en algo tan arrebatador como triste, mostrando la soledad de unos chavales que solo son niños. Como en su anterior película, Matar a Jesús, no juzga a los violentos, sino que intenta entender sus motivos, señala al sistema y hasta les escucha y les entiende. Una película desoladora, emocionante y hermosa.

El cine español también podría estar en el palmarés. La consagración de la primavera ha sido la mejor recibida por la crítica por su inteligencia en el retrato de dos sexualidades diferentes pero marcadas por la presión hacia los cuerpos. La mayor ovación de este festival fue para La maternal y su mirada a las madres adolescentes, un filme que todos colocan en un palmarés donde también suenan los nombres de Ulrich Seidl y Hong Sang-Soo.

La política ha puesto de moda un término los últimos años: el relato. La capacidad de construir una narrativa que se imponga a las demás. No es cuestión de que sea cierta, sino de que la gente se la cree. Al final, eso del relato es la transposición a la política de la ficción cinematográfica, del contador de cuentos. Sobre el poder de la ficción gira una de las últimas películas que se presentaron a competición por la Concha de Oro en el Zinemaldia Festival de San Sebastián, la producción de Netflix, The wonder, una notable y cautivadora adaptación de la novela de Emma Donoghue que ha dirigido el chileno Sebastián Lelio, que ganó el Oscar con Una mujer fantástica.

Lelio se lleva a su terreno la adaptación y la abre con una escena que desafía las normas de la narrativa clásica. Muestra el artefacto y nos anuncia que lo que vamos a ver es una ficción y que es responsabilidad del espectador decidir lo que se cree de ella o no. Enuncia el mensaje de la película para que quede claro. Un salto al vacío antes de que comience la historia, la de una enfermera británica -la siempre excelsa Florence Pugh- que acude a una región irlandesa en 1862 para vigilar a una joven que aseguran que sobrevive sin comer. Un milagro en un país eminentemente católico y asolado por el hambre que necesita milagros, o de nuevo, relatos, para seguir adelante y para seguir controlando los cuerpos y voluntades de sus mujeres.

El gran tema es el del poder de la ficción y de cómo un relato anula a otro relato, pero por supuesto que hay mucho más. Es una película que habla del control del patriarcado, de los fundamentalismos religiosos, de cómo la religión y los hombres deciden y controlan. Lo hacen a través de sus propias ficciones, que extienden como verdades absolutas y únicas. Lelio tiene muy claro lo que quiere contar, y la unión de todos sus temas en el principal. Convierte para ello su puesta en escena en algo hipnótico, casi un estado pesadillesco, gracias sobre todo a la excelente fotografía de Ari Wegner y la banda sonora de Matthew Herbert, cuyas composiciones el propio Lelio define como “de ciencia ficción”.

El director cree que esta película es importante en el momento en el que vivimos “una cacofonía de historias”. “El 'storytelling' no es solo entretenimiento. Es, antes que nada y por encima de todo, política. Entonces, me parecía importante dejar claro al espectador que va a ser sometido a los mecanismos de la ficción. Que va a ver a personajes que creen devotamente en sus propias ficciones y que lo invitamos a creer en esta ficción. La razón política de esto es porque el mecanismo mediante el cual el espectador está creyendo a pies juntillas en la película es el mismo mecanismo que los humanos utilizamos para creer en lo que sea que creamos. Entonces me parecía importante decir 'esto es creencia, pero puede pensarlo de nuevo'”, explica Sebastián Lelio.

En este juego intenta decirle al espectador que despierte, de que se dé cuenta de “esta guerra narrativa, de este cuerpo femenino en disputa, que está siendo 'tironeado' por todos estos hombres notables que cree que la usan como agua para su molino, pero que lo que menos importa es la niña en sí misma”. “¿En qué posición está usted? ¿Dónde se ubica usted en el espectro? ¿En definitiva, qué pensamiento es el que usted está repitiendo? ¿En qué cree usted? Entonces me parecía importante que la película fuese explícita en eso, porque la película, más allá de los temas que investiga, es una reflexión sobre el poder de la ficción, sobre los mecanismos de la ficción y los efectos políticos de la ficción”, añade.

La ficción para hacer el bien, o el mail, porque “las historias pueden usarse perversamente o de manera virtuosa, pero son poder”, y todo ello en “la era de internet, de las noticias falsas en donde la gran afectada de todo esto es, sea lo que sea, lo real”. Un momento donde Lelio subraya que “todo es relato”, pero que hay que repensar el relato heredado, como el relato “católico que heredamos por herencia”.

Una favorita violenta y hermosa

La Sección Oficial cierra con un nivel medio notable y sin una película que haya encontrado unanimidad. Una de las que más suena es Los reyes del mundo, la excelente segunda película de la directora Laura Mora que ha emocionado a todos con su retrato de unos jóvenes en los márgenes de Medellín. Una visión actual de Peter Pan donde los niños perdidos son una pandilla que vive en la marginalidad, robado y dando machetazos. Todo cambia cuando uno de ellos recibe en herencia una tierra de su abuela, víctima de los desplazamientos forzosos. La historia del país provoca la historia de la película. Los cinco chicos, una familia creada en las calles, se trasladarán de la ciudad a lo rural para reclamar lo que les pertenece.

Una película que muestra un país destrozado por la violencia y la corrupción, pero que lo hace apostando por una puesta en escena donde lo poético se mezcla con lo violento, lo febril con lo bello. Incluso cuando a veces cae en ciertos lugares comunes, Laura Mora se las apaña para ofrecer algo nuevo. Es el caso de la llegada de los chavales al burdel, clásico recurso narrativo que aquí se eleva como algo portentoso. Mora consigue que esa escena emocione y se convierta en algo tan arrebatador como triste, mostrando la soledad de unos chavales que solo son niños. Como en su anterior película, Matar a Jesús, no juzga a los violentos, sino que intenta entender sus motivos, señala al sistema y hasta les escucha y les entiende. Una película desoladora, emocionante y hermosa.

El cine español también podría estar en el palmarés. La consagración de la primavera ha sido la mejor recibida por la crítica por su inteligencia en el retrato de dos sexualidades diferentes pero marcadas por la presión hacia los cuerpos. La mayor ovación de este festival fue para La maternal y su mirada a las madres adolescentes, un filme que todos colocan en un palmarés donde también suenan los nombres de Ulrich Seidl y Hong Sang-Soo.

La política ha puesto de moda un término los últimos años: el relato. La capacidad de construir una narrativa que se imponga a las demás. No es cuestión de que sea cierta, sino de que la gente se la cree. Al final, eso del relato es la transposición a la política de la ficción cinematográfica, del contador de cuentos. Sobre el poder de la ficción gira una de las últimas películas que se presentaron a competición por la Concha de Oro en el Zinemaldia Festival de San Sebastián, la producción de Netflix, The wonder, una notable y cautivadora adaptación de la novela de Emma Donoghue que ha dirigido el chileno Sebastián Lelio, que ganó el Oscar con Una mujer fantástica.

Lelio se lleva a su terreno la adaptación y la abre con una escena que desafía las normas de la narrativa clásica. Muestra el artefacto y nos anuncia que lo que vamos a ver es una ficción y que es responsabilidad del espectador decidir lo que se cree de ella o no. Enuncia el mensaje de la película para que quede claro. Un salto al vacío antes de que comience la historia, la de una enfermera británica -la siempre excelsa Florence Pugh- que acude a una región irlandesa en 1862 para vigilar a una joven que aseguran que sobrevive sin comer. Un milagro en un país eminentemente católico y asolado por el hambre que necesita milagros, o de nuevo, relatos, para seguir adelante y para seguir controlando los cuerpos y voluntades de sus mujeres.