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Sylvie Rancourt es 'Melody', de estríper a pionera del tebeo autobiográfico

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A mediados de los años 80, y atendiendo a una necesidad de alivio personal, la estríper canadiense Sylvie Rancourt se sentó a dibujar sus memorias profesionales en forma de tebeo. Cuando tuvo listos tres episodios empezó a venderlos de mesa en mesa entre los clientes del club donde trabajaba, y cuenta la leyenda que las primeras 500 copias se las quitaron de las manos.

Magius: "Me interesa lo que ocurre en los centros de poder y lo que no se dice"

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El éxito la llevó a contactar con una distribuidora nacional que declinó hacerse cargo de aquel puñado de fotocopias que incumplía todos los estándares de calidad, pero Rancourt preparó entonces una portada a todo color, mandó imprimir 5.000 ejemplares en ófset y en junio de 1985 todos los quioscos de Quebec tenían a disposición Mélody à ses debuts, un futuro pequeño gran clásico del cómic underground.

El sexo y otras verdades

En la cubierta de aquel primer número de las tribulaciones de Melody, firmada por el dibujante Jacques Boivin para acicalar el producto amateur de Rancourt, la protagonista aparece desnuda sobre el escenario entre un público de hombres representados como cerdos rijosos. La ilustración de Boivin aportaba atractivo y morbosidad al producto, pero su estimación difería de la naturaleza de un cómic limpio y pelado de juicios.

Melody. Diario de una stripper­ transcurre como un encadenado traslúcido de pasajes cotidianos. Cuitas de pareja, el compañerismo y las rivalidades entre bailarinas o el trato y retrato de jefes y clientes. Situaciones todas que Rancourt expone con el mismo nivel de implicación, ya se trate de una orgía o de un delito, de una encerrona o de un suspiro de amor, en un relato desprovisto de dramas y ajeno a los moralismos, victimismos y excesos sentimentales que lastran tanta novela gráfica contemporánea.

El talento de Rancourt radica en mover a un puñado de seres humanos en el pantano de la repetición, que es la característica definitoria de dos ámbitos de la vida que en su caso iban de la mano, el sexo y el trabajo. Su logro más a la vista, deslizar intuiciones sobre los resortes y las contradicciones emocionales que activan y sacuden a hombres y mujeres, una sabiduría elemental que contrasta y se amplifica en el aspecto prematuro y un tanto angélico de la obra.

La vida como viene

Sin serlo —tal es su legibilidad— Melody presenta cualidades de tebeo mudo, aunque, desde la ortodoxia, ni una sola de las casi 400 páginas que lo componen estaría dando pie con bola, al menos técnicamente hablando.

El trazo, cuando existe, es aleatorio. La perspectiva y la composición son conceptos extraterrestres y el dibujo, en fin, no trasciende el grado cero de ejecución, si bien de pronto se eleva en fogonazos de belleza que pueden hacernos pensar en un Dick Calkins que se ha caído a un charco. El tejido dramático es también un precario hilván infantil, pero son precisamente esas dotaciones primitivas, por otra parte tan difíciles de falsear, las que acaban por significar la obra y operan en beneficio de su temática cruda, algo que también otorga un impacto inesperado a los ocasionales pasajes pornográficos.

Cuando Rancourt entregó al mundo estas páginas todavía no existía un lector de tebeos educado en la lectura impúdica de la vida ajena. Tal y como apunta el especialista Bernard Joubert en el epílogo al volumen, el cómic autobiográfico estaba entonces en pañales. Justin Green había sido pionero del género en 1972 con Binky Brown conoce a la Virgen María y Art Spiegelman ya iba entregando su Maus por entregas en las páginas de la revista RAW, pero Rancourt, cuyo conocimiento del medio se limitaba a Tintín y al tebeo italiano erótico de quiosco tipo Lucifera o Jacula, ignoraba la existencia de aquellas corrientes alternativas. Esa audacia inconsciente se convertía en un hándicap, y la difusión de sus tebeos, además, se veía limitada por el francés en que estaban originalmente escritos. Así, tras seis números que en las devoluciones se iban convirtiendo en un sinfín de cajas apilándose peligrosamente en su apartamento, Rancourt decidió abortar la publicación de la séptima entrega y abandonó la aventura. Boivin impulsó poco después una mínima edición en inglés que sería muy celebrada por artistas como Aline Kominsky-Crumb, y que llevaron a Denis Kitchen, histórico de los editores independientes, a promover la continuidad del personaje bajo premisas más profesionales.

Casi cuarenta años después, Autsaider Cómics presenta en una muy resultona traducción aquellos primeros minifanzines originales de un cómic distraídamente melancólico sobre el poder y la libertad, que trata ambas cuestiones sobre la marcha, sin pedagogías y con una franqueza desarmante, casi ingenua, y sin más arquitectura que la crónica lineal y reiterada de las jornadas profesionales de su protagonista.

Melody, que empieza a ejercer como estríper por sugerencia del prenda de su novio, al que Rancourt, sin embargo, ni dispensa ni reprende, es una obra para adultos que ejercen como tales, que en sus lecturas no requieren disculpas ni justificaciones sino voces francas y auténticas.

A mediados de los años 80, y atendiendo a una necesidad de alivio personal, la estríper canadiense Sylvie Rancourt se sentó a dibujar sus memorias profesionales en forma de tebeo. Cuando tuvo listos tres episodios empezó a venderlos de mesa en mesa entre los clientes del club donde trabajaba, y cuenta la leyenda que las primeras 500 copias se las quitaron de las manos.

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El éxito la llevó a contactar con una distribuidora nacional que declinó hacerse cargo de aquel puñado de fotocopias que incumplía todos los estándares de calidad, pero Rancourt preparó entonces una portada a todo color, mandó imprimir 5.000 ejemplares en ófset y en junio de 1985 todos los quioscos de Quebec tenían a disposición Mélody à ses debuts, un futuro pequeño gran clásico del cómic underground.

El sexo y otras verdades

En la cubierta de aquel primer número de las tribulaciones de Melody, firmada por el dibujante Jacques Boivin para acicalar el producto amateur de Rancourt, la protagonista aparece desnuda sobre el escenario entre un público de hombres representados como cerdos rijosos. La ilustración de Boivin aportaba atractivo y morbosidad al producto, pero su estimación difería de la naturaleza de un cómic limpio y pelado de juicios.

Melody. Diario de una stripper­ transcurre como un encadenado traslúcido de pasajes cotidianos. Cuitas de pareja, el compañerismo y las rivalidades entre bailarinas o el trato y retrato de jefes y clientes. Situaciones todas que Rancourt expone con el mismo nivel de implicación, ya se trate de una orgía o de un delito, de una encerrona o de un suspiro de amor, en un relato desprovisto de dramas y ajeno a los moralismos, victimismos y excesos sentimentales que lastran tanta novela gráfica contemporánea.

El talento de Rancourt radica en mover a un puñado de seres humanos en el pantano de la repetición, que es la característica definitoria de dos ámbitos de la vida que en su caso iban de la mano, el sexo y el trabajo. Su logro más a la vista, deslizar intuiciones sobre los resortes y las contradicciones emocionales que activan y sacuden a hombres y mujeres, una sabiduría elemental que contrasta y se amplifica en el aspecto prematuro y un tanto angélico de la obra.

La vida como viene

Sin serlo —tal es su legibilidad— Melody presenta cualidades de tebeo mudo, aunque, desde la ortodoxia, ni una sola de las casi 400 páginas que lo componen estaría dando pie con bola, al menos técnicamente hablando.

El trazo, cuando existe, es aleatorio. La perspectiva y la composición son conceptos extraterrestres y el dibujo, en fin, no trasciende el grado cero de ejecución, si bien de pronto se eleva en fogonazos de belleza que pueden hacernos pensar en un Dick Calkins que se ha caído a un charco. El tejido dramático es también un precario hilván infantil, pero son precisamente esas dotaciones primitivas, por otra parte tan difíciles de falsear, las que acaban por significar la obra y operan en beneficio de su temática cruda, algo que también otorga un impacto inesperado a los ocasionales pasajes pornográficos.

Cuando Rancourt entregó al mundo estas páginas todavía no existía un lector de tebeos educado en la lectura impúdica de la vida ajena. Tal y como apunta el especialista Bernard Joubert en el epílogo al volumen, el cómic autobiográfico estaba entonces en pañales. Justin Green había sido pionero del género en 1972 con Binky Brown conoce a la Virgen María y Art Spiegelman ya iba entregando su Maus por entregas en las páginas de la revista RAW, pero Rancourt, cuyo conocimiento del medio se limitaba a Tintín y al tebeo italiano erótico de quiosco tipo Lucifera o Jacula, ignoraba la existencia de aquellas corrientes alternativas. Esa audacia inconsciente se convertía en un hándicap, y la difusión de sus tebeos, además, se veía limitada por el francés en que estaban originalmente escritos. Así, tras seis números que en las devoluciones se iban convirtiendo en un sinfín de cajas apilándose peligrosamente en su apartamento, Rancourt decidió abortar la publicación de la séptima entrega y abandonó la aventura. Boivin impulsó poco después una mínima edición en inglés que sería muy celebrada por artistas como Aline Kominsky-Crumb, y que llevaron a Denis Kitchen, histórico de los editores independientes, a promover la continuidad del personaje bajo premisas más profesionales.

Casi cuarenta años después, Autsaider Cómics presenta en una muy resultona traducción aquellos primeros minifanzines originales de un cómic distraídamente melancólico sobre el poder y la libertad, que trata ambas cuestiones sobre la marcha, sin pedagogías y con una franqueza desarmante, casi ingenua, y sin más arquitectura que la crónica lineal y reiterada de las jornadas profesionales de su protagonista.

Melody, que empieza a ejercer como estríper por sugerencia del prenda de su novio, al que Rancourt, sin embargo, ni dispensa ni reprende, es una obra para adultos que ejercen como tales, que en sus lecturas no requieren disculpas ni justificaciones sino voces francas y auténticas.

A mediados de los años 80, y atendiendo a una necesidad de alivio personal, la estríper canadiense Sylvie Rancourt se sentó a dibujar sus memorias profesionales en forma de tebeo. Cuando tuvo listos tres episodios empezó a venderlos de mesa en mesa entre los clientes del club donde trabajaba, y cuenta la leyenda que las primeras 500 copias se las quitaron de las manos.

Magius: "Me interesa lo que ocurre en los centros de poder y lo que no se dice"

Saber más

El éxito la llevó a contactar con una distribuidora nacional que declinó hacerse cargo de aquel puñado de fotocopias que incumplía todos los estándares de calidad, pero Rancourt preparó entonces una portada a todo color, mandó imprimir 5.000 ejemplares en ófset y en junio de 1985 todos los quioscos de Quebec tenían a disposición Mélody à ses debuts, un futuro pequeño gran clásico del cómic underground.