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ENTREVISTA Periodista

David Jiménez: “Hay un número limitado de enemigos que llevarse al infierno y mi autobús está lleno”

David Jiménez fue despedido de El Mundo en 2016 y en 2019 publicó un libro donde no dejó títere con cabeza. El director contaba mediante seudónimos reconocibles lo que presenció durante un año desde el despacho más importante del periódico. Casi nada bueno. A cambio de ese ejercicio de sinceridad –kamikaze para algunos, valeroso para otros–, el ensayo fue un éxito entre el gremio y le abrió las puertas de las editoriales mientras se cerraban las de algunas redacciones. Ahora publica El corresponsal con Planeta.

Arturo Lezcano, periodista: "1983 es el año de tres tragedias con 400 muertos que se podían haber evitado"

Saber más

A diferencia de aquel, no hay peligro de que nadie vea escrito su nombre –o su apodo– entre sus páginas. Eso no significa que no pueda verse reflejado en alguno de los personajes que Jiménez ha decidido ficcionar para guardarse las espaldas. Al fin y al cabo, sus veinte años de labor en la corresponsalía de Asia de El Mundo le han procurado inspiración de sobra.

En El corresponsal, un joven reportero recién enviado en 2007 a Birmania se encuentra con el estallido de la Revolución del Azafrán, crueldad y totalitarismo en estado puro en uno de los enclaves más bellos de Extremo Oriente. El último libro de Jiménez no necesita nombres y apellidos reconocidos para volver a sacar las sombras de la profesión.

Aunque el título lleva a equívoco, El corresponsal no es la segunda parte de El director. Es una novela de aventuras. ¿Por qué decidió ficcionarla esta vez?

Aparte de ser director un año, fui corresponsal 20. Aunque mis amigos me llaman Director por el impacto que tuvo el libro. Pero quería contar el mundo íntimo de los corresponsales y de los reporteros, y me parecía mejor hacerlo con una novela inspirada en mi cobertura de la revuelta del azafrán en Birmania. Un país que tiene exotismo y belleza, pero también un régimen totalitario brutal.

Allí he creado una historia de peligro, de aventura y de traición, aunque también de amor. Al final la vida de los reporteros tiene de todo. Y mis personajes son una mezcla de los que me encontré en esos 20 años y sus rivalidades.

La historia la cuenta Miguel Bravo, un reportero de 26 años que se enfrenta a su primera corresponsalía en Asia. ¿Qué recuerda de aquellos años, cuando le enviaron por primera vez a Hong Kong?

Yo estaba trabajando en la redacción de El Mundo donde me aburría enormemente. Así que entré en el despacho del director, que era Pedro J. Ramírez, y le dije: “quiero ser corresponsal”. Pasé de cubrir tráfico, temporales y manifestaciones en Madrid a guerras, tsunamis y revoluciones. Fue un cambio brutal. La fantasía que había soñado en la facultad, de correr aventuras, peligros y conocer a gente fascinante, la pude vivir yéndome tan lejos como a Extremo Oriente.

Llegó a un sitio donde los que manejaban el terreno y las noticias eran los llamados War Dogs. ¿Cómo les describiría? ¿Se ha sentido alguna vez parte de ellos?

Los War Dogs son estos resabiados que creen merecer a la vez el Premio Nobel de la Paz y el de Literatura. Es un grupo cerrado de veteranos, muchas veces ya descreídos, que siempre reciben a los nuevos con recelo. Pero entre los reporteros hay de todo, igual que en una redacción, un despacho de abogados o un hospital. Tienes a gente que va a la guerra con el idealismo de mejorar las cosas y a otros que lo único que les importa es su exclusiva. Los hay que cuentan la verdad y los hay que se la inventan.

¿Tiene algún ejemplo?

Recuerdo anécdotas en Afganistán como ver a un equipo de televisión italiano haciendo pasar a accidentados de tráfico por víctimas de los bombardeos estadounidenses. Hay rivalidades y traiciones, y también hay compañerismo, lealtad y amistades fuertes. Al final los reporteros vivimos con intensidad todo porque te pueden matar al día siguiente. Yo he vivido situaciones de miedo y he visto a compañeros que no han sido capaces de abandonar el hotel en un ataque de pánico.

Los reporteros vivimos todo con intensidad porque te pueden matar al día siguiente

Menciona en el libro que muchos terminan teniendo problemas de salud mental. ¿Cómo es adaptarse a la vida cotidiana después de aquello?

Hay muchas dificultades para adaptarse a la vida cotidiana. Yo no tengo los datos, pero imagino que el porcentaje de divorcios dentro de ese mundo debe ser altísimo. Cuando tú estás viviendo una guerra, con toda la injusticia, la destrucción de vidas y la crueldad, vas a la cola del supermercado y los primeros días sigues viendo a gente que es capaz de hacer esas cosas. No ves a pacíficos ciudadanos comprando el pan. Y es difícil adaptarse. De hecho, la mayor parte de ellos no lo consiguen nunca.

Por eso también dice que la vejez prematura del reportero llega después de los 45 años.

Exacto, a la edad en la que un despacho de abogados te da una promoción, o un banco la oportunidad de ser directivo, el reportero empieza su decadencia prematura. Y eso también cuesta mucho asumirlo. No puede volver a la redacción o ponerse una corbata y un traje y ser directivo de una empresa de comunicación. Esa es la crisis de la mediana edad del corresponsal.

En el libro llama El Príncipe a ese corresponsal que “no se despeina ni ha pisado la primera línea”. ¿Cuántos de los príncipes que ha conocido en su carrera han sido considerados después grandes reporteros de guerra?

Hay demasiados, sobre todo en televisión. El Príncipe es ese personaje que sale con el chaleco antibalas aunque esté a 200 kilómetros de los tiros y es de lo más irritante que uno se encuentra en las coberturas. Gente que va a conflictos a hacerse famoso y a salir en la tele. Normalmente otros freelances o sus cámaras corren los riesgos y luego ellos se ponen un chaleco antibalas para hacer la entradilla desde la azotea del hotel. Desgraciadamente luego son los más célebres y los que cobran más que ese freelance, que por 50 euros se está jugando la vida para enviar sus crónicas desde la primera línea.

¿Hay posibilidad de que alguien se reconozca, para mal, en El corresponsal?

Me ha pasado una cosa increíble de una persona que lo ha leído y ha calado a dos. Pero sí, porque los personajes están muy inspirados en gente real. Como en El director, yo no creo en hablar de los periodistas mitificándolos tipo Hollywood. Yo quiero reflejar la realidad. Así que puede haber gente que se identifique. Pensé que había escrito un libro con el que no iba a hacer enemigos y a lo mejor me sale alguno más (ríe).

Puede haber gente que se identifique en 'El corresponsal'. Pensé que había escrito un libro con el que no iba a hacer enemigos y a lo mejor me sale alguno más

En un pasaje del libro escribe que los reporteros a veces exageran “sus aventuras, sus riesgos y las facturas que pasan a contabilidad”. ¿Es sostenible para un periódico mantener el nivel de corresponsalías y enviados de entonces?

Yo he visto de todo: desde reporteros que han pasado a sus periódicos grandísimas juergas y luego ponían entre comillas “imprevistos” a otros que viajaban por carretera y pasaban billetes de avión. Eso ocurre. Los hay honestos y deshonestos en el mismo porcentaje. Pero es verdad que, cuando están jugándose la vida, piensan que tienen más derecho a engordar las cuentas mientras los directivos de sus medios están calentando el sillón y pegándose comilonas. Si yo estoy pasándolo mal, ¿por qué no voy a ponerle un cero más a esa comida?

Luego vino la crisis y lo primero que se cerró fueron las corresponsalías. Se sustituyeron por periodistas jóvenes en precario, que muchas veces se juegan la vida por una centésima parte de lo que cobra un tertuliano del corazón.

Además de la desaparición de las corresponsalías, ¿a qué achaca la del célebre reportero de guerra?

La polarización en España y el peso brutal que tiene la política doméstica en los medios han hecho mucho daño. No dejan espacio para las coberturas internacionales. El pasado verano, cuando los talibán tomaban el poder en Afganistán, no había ni un solo periodista español allí. Ya no hay corresponsales que conozcan bien la situación sobre el terreno y eso hace que acudan paracaidistas que llegan en el último momento. La calidad se resiente mucho así.

Pero no creo que sea solo una cuestión de dinero, sino también del interés escaso de los medios y de los ciudadanos, que muchas veces no entienden que lo que ocurre en Afganistán o en China les afecta directamente.

Y volviendo a El director, imagino que a nivel literario no tiene nada que ver la adrenalina de aquel con la de El corresponsal. ¿La ha echado de menos al escribir?

Hay un número limitado de enemigos que uno puede llevarse al infierno y mi autobús se llenó con El director, porque me sumó a mucha gente enfadada y ofendida. Era un libro que pensaba que tenía que escribir, aún sabiendo las consecuencias que podía tener. Cada párrafo me suponía un dilema moral para no hacer más daño del necesario al medio, no ser injusto y no dejar cosas importantes fuera. Esta vez quería divertirme. El director resultó muy incómodo de escribir. Necesario, pero muy incómodo.

Visto con tres años de distancia, ¿se arrepiente de algo?

Nunca me he arrepentido, al revés, es el libro del que estoy más orgulloso. Yo creo que he necesitado casi más valor para escribir El director que para irme a conflictos como el de Afganistán. No solo porque sabía que iba a crearme muchos enemigos, sino porque me costó amigos. Y ese fue el mayor sacrificio.

Era necesario romper la ley de silencio que hay en el periodismo. Y nosotros, que nos dedicamos a criticar a todo el mundo y a juzgar a los demás, nos miráramos al ombligo y desvelásemos el lado oscuro de las relaciones de la prensa con el poder. Hoy estoy incluso más convencido que cuando salió de que era un libro necesario.

Requiere casi más valor escribir 'El director' que irme a conflictos como el de Afganistán. Pero era necesario romper la ley del silencio del periodismo

Además de perder algunos amigos, ¿qué otras consecuencias le trajo? ¿Le cerró las puertas de algunas redacciones para siempre?

Muchos amigos me dijeron, “estás loco, no lo escribas, esto te va a matar, nadie va a querer contratarte”. Pero curiosamente, me ha pasado lo contrario. La prensa generalista evidentemente me puso en la lista negra de enemigos, pero me empezaron a llegar proyectos de otro mundo. Llegaron opciones para comprar los derechos audiovisuales y convertir El director en película o serie, me dieron ofertas muy importantes para escribir los próximos libros y Amazon se acercó a mí para que escribiera un pódcast en su nueva plataforma de documentales. El director me cerró muchas puertas, pero me abrió otras muchas porque el mundo ha cambiado y ya no existe el monopolio de los cuatro periódicos, tres radios y dos televisiones. Se pueden contar historias fuera del establishment mediático.

Comienza el libro diciendo que el personaje de Daniel Vinton, un War Dog, era demasiado insolente para hacer carrera en los despachos.

Como yo (ríe).

¿Pero le faltó insolencia para rechazar la dirección de El Mundo después de Asia?

Esas oportunidades no se pueden rechazar. Es decir, trabajé en ese periódico desde becario y fui su corresponsal de guerra. Lo hice todo allí y un día acuden a mí y me dicen que está en una situación dificilísima, que necesitan cambios y que quieren que yo los lleve a cabo. Esa oportunidad no la podía dejar pasar. Lo que no imaginaba es que todas las promesas de cambio eran mentira. Pero como digo en El director, si uno no creyera de vez en cuando en las falsas promesas de los hombres, no haría nada en la vida.

También hay un mérito en estrellarse. Se intentó, no salió bien y el periódico tomó después de mi salida un camino muy diferente al que había tenido en las dos décadas anteriores. Yo dejé el periódico en la segunda posición entre los nacionales y hoy es el cuarto. Creo que ha tomado un camino más ideológico y de parte, que rompe con lo que fue tradicionalmente El Mundo, un periódico más transversal, más centrado y que tenía su bandera en la regeneración.

Hace poco El Periódico de España destituyó a su director Fernando Garea, un despido que ha causado un revuelo parecido al suyo en 2016. ¿Le ha hecho la situación de Garea revivir malos recuerdos?

Yo me enteré de mi despido por una noticia de OKDiario. Y me sentía muy orgulloso de ser el director que menos había durado en España, porque para haber durado más tenía que haber hecho cosas que iban contra mis principios. Pero veo que ese récord está siendo superado. Fernando Garea, en tres meses. Sigue siendo muy difícil hacer un periodismo independiente en España. Las cadenas que atan a los medios a intereses políticos y económicos siguen ahí. No han sido capaces de romperlas. Hay modelos de suscripción que abren un poco la puerta a la esperanza, porque solo dependiendo de los lectores puedes hacer un periodismo mínimamente independiente.

A mí me gustaría que cuando alguien llega a director de periódico, se le diera la oportunidad de llevar a cabo su proyecto. En un año o en tres meses es imposible que hayas transformado un medio. No hay paciencia para construir una marca independiente y eso rompe la confianza de los lectores, que cada vez se creen menos en los medios de comunicación.

Me sentía muy orgulloso de ser el director que menos había durado en España, pero Fernando Garea me ha superado en tres meses

El corresponsal se basa en Birmania, un país donde hace apenas un mes han sucedido masacres señaladas por la ONU y ya no merece ningún espacio en las portadas de periódicos y telediarios. ¿Es difícil comparar esta coberturas respecto a cuando las enviaba usted?

Se ha abandonado el periodismo internacional de una manera negligente e irresponsable. Es verdad que es más caro hacer una cobertura en un país lejano que montar una tertulia en la que periodistas “entre comillas” se gritan. Y además tiene más audiencia. A mí me gustaría que en España se respetara el trabajo de los corresponsales como hace Alemania, Francia o Estados Unidos. Aquí nunca se les ha hecho mucho caso, salvo cuando hay una gran crisis y todo el mundo se pregunta dónde están. Bueno, es que los despediste. Es que te has dedicado a juntar a cinco periodistas en una mesa para debatir sobre reyertas políticas. ¿Dónde están? Pues intentando ganarse la vida trabajando para medios extranjeros.

Ha vuelto a ponerse sobre la mesa el “No a la guerra” a raíz de las tensiones en Ucrania. ¿Cómo valora el nivel de los políticos en cuanto a temas de diplomacia exterior o de relaciones internacionales?

Las guerras exteriores solo importan a España si sirven para trasladarlas a la pelea política local, doméstica. Si encontramos un conflicto en el que nos podemos tirar los trastos los unos a otros, entonces hay un interés. La cultura y el conocimiento internacional de los políticos españoles es patético. Si no sabes de Ucrania, cállate, que el silencio es una opción legítima y muchas veces mejor. Pero no hables de la guerra si no has estado nunca en una.

Yo siempre digo que para ostentar un cargo importante en política, una de las primeras cosas que tendría que hacerse es haber estado en un conflicto. Porque luego dan órdenes de enviar a chavales de 20 años a matarse y discuten de geopolítica y de intereses, pero no tienen ni puta idea. Se habla con una superficialidad absoluta y se reduce todo a buenos y malos. Eso es lo que estamos viendo con el conflicto en Ucrania: no les importa lo que pase a los ucranianos, les importa utilizarlo para la batalla política.

David Jiménez fue despedido de El Mundo en 2016 y en 2019 publicó un libro donde no dejó títere con cabeza. El director contaba mediante seudónimos reconocibles lo que presenció durante un año desde el despacho más importante del periódico. Casi nada bueno. A cambio de ese ejercicio de sinceridad –kamikaze para algunos, valeroso para otros–, el ensayo fue un éxito entre el gremio y le abrió las puertas de las editoriales mientras se cerraban las de algunas redacciones. Ahora publica El corresponsal con Planeta.

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A diferencia de aquel, no hay peligro de que nadie vea escrito su nombre –o su apodo– entre sus páginas. Eso no significa que no pueda verse reflejado en alguno de los personajes que Jiménez ha decidido ficcionar para guardarse las espaldas. Al fin y al cabo, sus veinte años de labor en la corresponsalía de Asia de El Mundo le han procurado inspiración de sobra.

En El corresponsal, un joven reportero recién enviado en 2007 a Birmania se encuentra con el estallido de la Revolución del Azafrán, crueldad y totalitarismo en estado puro en uno de los enclaves más bellos de Extremo Oriente. El último libro de Jiménez no necesita nombres y apellidos reconocidos para volver a sacar las sombras de la profesión.

Aunque el título lleva a equívoco, El corresponsal no es la segunda parte de El director. Es una novela de aventuras. ¿Por qué decidió ficcionarla esta vez?

Aparte de ser director un año, fui corresponsal 20. Aunque mis amigos me llaman Director por el impacto que tuvo el libro. Pero quería contar el mundo íntimo de los corresponsales y de los reporteros, y me parecía mejor hacerlo con una novela inspirada en mi cobertura de la revuelta del azafrán en Birmania. Un país que tiene exotismo y belleza, pero también un régimen totalitario brutal.

Allí he creado una historia de peligro, de aventura y de traición, aunque también de amor. Al final la vida de los reporteros tiene de todo. Y mis personajes son una mezcla de los que me encontré en esos 20 años y sus rivalidades.

La historia la cuenta Miguel Bravo, un reportero de 26 años que se enfrenta a su primera corresponsalía en Asia. ¿Qué recuerda de aquellos años, cuando le enviaron por primera vez a Hong Kong?

Yo estaba trabajando en la redacción de El Mundo donde me aburría enormemente. Así que entré en el despacho del director, que era Pedro J. Ramírez, y le dije: “quiero ser corresponsal”. Pasé de cubrir tráfico, temporales y manifestaciones en Madrid a guerras, tsunamis y revoluciones. Fue un cambio brutal. La fantasía que había soñado en la facultad, de correr aventuras, peligros y conocer a gente fascinante, la pude vivir yéndome tan lejos como a Extremo Oriente.

Llegó a un sitio donde los que manejaban el terreno y las noticias eran los llamados War Dogs. ¿Cómo les describiría? ¿Se ha sentido alguna vez parte de ellos?

Los War Dogs son estos resabiados que creen merecer a la vez el Premio Nobel de la Paz y el de Literatura. Es un grupo cerrado de veteranos, muchas veces ya descreídos, que siempre reciben a los nuevos con recelo. Pero entre los reporteros hay de todo, igual que en una redacción, un despacho de abogados o un hospital. Tienes a gente que va a la guerra con el idealismo de mejorar las cosas y a otros que lo único que les importa es su exclusiva. Los hay que cuentan la verdad y los hay que se la inventan.

¿Tiene algún ejemplo?

Recuerdo anécdotas en Afganistán como ver a un equipo de televisión italiano haciendo pasar a accidentados de tráfico por víctimas de los bombardeos estadounidenses. Hay rivalidades y traiciones, y también hay compañerismo, lealtad y amistades fuertes. Al final los reporteros vivimos con intensidad todo porque te pueden matar al día siguiente. Yo he vivido situaciones de miedo y he visto a compañeros que no han sido capaces de abandonar el hotel en un ataque de pánico.

Los reporteros vivimos todo con intensidad porque te pueden matar al día siguiente

Menciona en el libro que muchos terminan teniendo problemas de salud mental. ¿Cómo es adaptarse a la vida cotidiana después de aquello?

Hay muchas dificultades para adaptarse a la vida cotidiana. Yo no tengo los datos, pero imagino que el porcentaje de divorcios dentro de ese mundo debe ser altísimo. Cuando tú estás viviendo una guerra, con toda la injusticia, la destrucción de vidas y la crueldad, vas a la cola del supermercado y los primeros días sigues viendo a gente que es capaz de hacer esas cosas. No ves a pacíficos ciudadanos comprando el pan. Y es difícil adaptarse. De hecho, la mayor parte de ellos no lo consiguen nunca.

Por eso también dice que la vejez prematura del reportero llega después de los 45 años.

Exacto, a la edad en la que un despacho de abogados te da una promoción, o un banco la oportunidad de ser directivo, el reportero empieza su decadencia prematura. Y eso también cuesta mucho asumirlo. No puede volver a la redacción o ponerse una corbata y un traje y ser directivo de una empresa de comunicación. Esa es la crisis de la mediana edad del corresponsal.

En el libro llama El Príncipe a ese corresponsal que “no se despeina ni ha pisado la primera línea”. ¿Cuántos de los príncipes que ha conocido en su carrera han sido considerados después grandes reporteros de guerra?

Hay demasiados, sobre todo en televisión. El Príncipe es ese personaje que sale con el chaleco antibalas aunque esté a 200 kilómetros de los tiros y es de lo más irritante que uno se encuentra en las coberturas. Gente que va a conflictos a hacerse famoso y a salir en la tele. Normalmente otros freelances o sus cámaras corren los riesgos y luego ellos se ponen un chaleco antibalas para hacer la entradilla desde la azotea del hotel. Desgraciadamente luego son los más célebres y los que cobran más que ese freelance, que por 50 euros se está jugando la vida para enviar sus crónicas desde la primera línea.

¿Hay posibilidad de que alguien se reconozca, para mal, en El corresponsal?

Me ha pasado una cosa increíble de una persona que lo ha leído y ha calado a dos. Pero sí, porque los personajes están muy inspirados en gente real. Como en El director, yo no creo en hablar de los periodistas mitificándolos tipo Hollywood. Yo quiero reflejar la realidad. Así que puede haber gente que se identifique. Pensé que había escrito un libro con el que no iba a hacer enemigos y a lo mejor me sale alguno más (ríe).

Puede haber gente que se identifique en 'El corresponsal'. Pensé que había escrito un libro con el que no iba a hacer enemigos y a lo mejor me sale alguno más

En un pasaje del libro escribe que los reporteros a veces exageran “sus aventuras, sus riesgos y las facturas que pasan a contabilidad”. ¿Es sostenible para un periódico mantener el nivel de corresponsalías y enviados de entonces?

Yo he visto de todo: desde reporteros que han pasado a sus periódicos grandísimas juergas y luego ponían entre comillas “imprevistos” a otros que viajaban por carretera y pasaban billetes de avión. Eso ocurre. Los hay honestos y deshonestos en el mismo porcentaje. Pero es verdad que, cuando están jugándose la vida, piensan que tienen más derecho a engordar las cuentas mientras los directivos de sus medios están calentando el sillón y pegándose comilonas. Si yo estoy pasándolo mal, ¿por qué no voy a ponerle un cero más a esa comida?

Luego vino la crisis y lo primero que se cerró fueron las corresponsalías. Se sustituyeron por periodistas jóvenes en precario, que muchas veces se juegan la vida por una centésima parte de lo que cobra un tertuliano del corazón.

Además de la desaparición de las corresponsalías, ¿a qué achaca la del célebre reportero de guerra?

La polarización en España y el peso brutal que tiene la política doméstica en los medios han hecho mucho daño. No dejan espacio para las coberturas internacionales. El pasado verano, cuando los talibán tomaban el poder en Afganistán, no había ni un solo periodista español allí. Ya no hay corresponsales que conozcan bien la situación sobre el terreno y eso hace que acudan paracaidistas que llegan en el último momento. La calidad se resiente mucho así.

Pero no creo que sea solo una cuestión de dinero, sino también del interés escaso de los medios y de los ciudadanos, que muchas veces no entienden que lo que ocurre en Afganistán o en China les afecta directamente.

Y volviendo a El director, imagino que a nivel literario no tiene nada que ver la adrenalina de aquel con la de El corresponsal. ¿La ha echado de menos al escribir?

Hay un número limitado de enemigos que uno puede llevarse al infierno y mi autobús se llenó con El director, porque me sumó a mucha gente enfadada y ofendida. Era un libro que pensaba que tenía que escribir, aún sabiendo las consecuencias que podía tener. Cada párrafo me suponía un dilema moral para no hacer más daño del necesario al medio, no ser injusto y no dejar cosas importantes fuera. Esta vez quería divertirme. El director resultó muy incómodo de escribir. Necesario, pero muy incómodo.

Visto con tres años de distancia, ¿se arrepiente de algo?

Nunca me he arrepentido, al revés, es el libro del que estoy más orgulloso. Yo creo que he necesitado casi más valor para escribir El director que para irme a conflictos como el de Afganistán. No solo porque sabía que iba a crearme muchos enemigos, sino porque me costó amigos. Y ese fue el mayor sacrificio.

Era necesario romper la ley de silencio que hay en el periodismo. Y nosotros, que nos dedicamos a criticar a todo el mundo y a juzgar a los demás, nos miráramos al ombligo y desvelásemos el lado oscuro de las relaciones de la prensa con el poder. Hoy estoy incluso más convencido que cuando salió de que era un libro necesario.

Requiere casi más valor escribir 'El director' que irme a conflictos como el de Afganistán. Pero era necesario romper la ley del silencio del periodismo

Además de perder algunos amigos, ¿qué otras consecuencias le trajo? ¿Le cerró las puertas de algunas redacciones para siempre?

Muchos amigos me dijeron, “estás loco, no lo escribas, esto te va a matar, nadie va a querer contratarte”. Pero curiosamente, me ha pasado lo contrario. La prensa generalista evidentemente me puso en la lista negra de enemigos, pero me empezaron a llegar proyectos de otro mundo. Llegaron opciones para comprar los derechos audiovisuales y convertir El director en película o serie, me dieron ofertas muy importantes para escribir los próximos libros y Amazon se acercó a mí para que escribiera un pódcast en su nueva plataforma de documentales. El director me cerró muchas puertas, pero me abrió otras muchas porque el mundo ha cambiado y ya no existe el monopolio de los cuatro periódicos, tres radios y dos televisiones. Se pueden contar historias fuera del establishment mediático.

Comienza el libro diciendo que el personaje de Daniel Vinton, un War Dog, era demasiado insolente para hacer carrera en los despachos.

Como yo (ríe).

¿Pero le faltó insolencia para rechazar la dirección de El Mundo después de Asia?

Esas oportunidades no se pueden rechazar. Es decir, trabajé en ese periódico desde becario y fui su corresponsal de guerra. Lo hice todo allí y un día acuden a mí y me dicen que está en una situación dificilísima, que necesitan cambios y que quieren que yo los lleve a cabo. Esa oportunidad no la podía dejar pasar. Lo que no imaginaba es que todas las promesas de cambio eran mentira. Pero como digo en El director, si uno no creyera de vez en cuando en las falsas promesas de los hombres, no haría nada en la vida.

También hay un mérito en estrellarse. Se intentó, no salió bien y el periódico tomó después de mi salida un camino muy diferente al que había tenido en las dos décadas anteriores. Yo dejé el periódico en la segunda posición entre los nacionales y hoy es el cuarto. Creo que ha tomado un camino más ideológico y de parte, que rompe con lo que fue tradicionalmente El Mundo, un periódico más transversal, más centrado y que tenía su bandera en la regeneración.

Hace poco El Periódico de España destituyó a su director Fernando Garea, un despido que ha causado un revuelo parecido al suyo en 2016. ¿Le ha hecho la situación de Garea revivir malos recuerdos?

Yo me enteré de mi despido por una noticia de OKDiario. Y me sentía muy orgulloso de ser el director que menos había durado en España, porque para haber durado más tenía que haber hecho cosas que iban contra mis principios. Pero veo que ese récord está siendo superado. Fernando Garea, en tres meses. Sigue siendo muy difícil hacer un periodismo independiente en España. Las cadenas que atan a los medios a intereses políticos y económicos siguen ahí. No han sido capaces de romperlas. Hay modelos de suscripción que abren un poco la puerta a la esperanza, porque solo dependiendo de los lectores puedes hacer un periodismo mínimamente independiente.

A mí me gustaría que cuando alguien llega a director de periódico, se le diera la oportunidad de llevar a cabo su proyecto. En un año o en tres meses es imposible que hayas transformado un medio. No hay paciencia para construir una marca independiente y eso rompe la confianza de los lectores, que cada vez se creen menos en los medios de comunicación.

Me sentía muy orgulloso de ser el director que menos había durado en España, pero Fernando Garea me ha superado en tres meses

El corresponsal se basa en Birmania, un país donde hace apenas un mes han sucedido masacres señaladas por la ONU y ya no merece ningún espacio en las portadas de periódicos y telediarios. ¿Es difícil comparar esta coberturas respecto a cuando las enviaba usted?

Se ha abandonado el periodismo internacional de una manera negligente e irresponsable. Es verdad que es más caro hacer una cobertura en un país lejano que montar una tertulia en la que periodistas “entre comillas” se gritan. Y además tiene más audiencia. A mí me gustaría que en España se respetara el trabajo de los corresponsales como hace Alemania, Francia o Estados Unidos. Aquí nunca se les ha hecho mucho caso, salvo cuando hay una gran crisis y todo el mundo se pregunta dónde están. Bueno, es que los despediste. Es que te has dedicado a juntar a cinco periodistas en una mesa para debatir sobre reyertas políticas. ¿Dónde están? Pues intentando ganarse la vida trabajando para medios extranjeros.

Ha vuelto a ponerse sobre la mesa el “No a la guerra” a raíz de las tensiones en Ucrania. ¿Cómo valora el nivel de los políticos en cuanto a temas de diplomacia exterior o de relaciones internacionales?

Las guerras exteriores solo importan a España si sirven para trasladarlas a la pelea política local, doméstica. Si encontramos un conflicto en el que nos podemos tirar los trastos los unos a otros, entonces hay un interés. La cultura y el conocimiento internacional de los políticos españoles es patético. Si no sabes de Ucrania, cállate, que el silencio es una opción legítima y muchas veces mejor. Pero no hables de la guerra si no has estado nunca en una.

Yo siempre digo que para ostentar un cargo importante en política, una de las primeras cosas que tendría que hacerse es haber estado en un conflicto. Porque luego dan órdenes de enviar a chavales de 20 años a matarse y discuten de geopolítica y de intereses, pero no tienen ni puta idea. Se habla con una superficialidad absoluta y se reduce todo a buenos y malos. Eso es lo que estamos viendo con el conflicto en Ucrania: no les importa lo que pase a los ucranianos, les importa utilizarlo para la batalla política.

David Jiménez fue despedido de El Mundo en 2016 y en 2019 publicó un libro donde no dejó títere con cabeza. El director contaba mediante seudónimos reconocibles lo que presenció durante un año desde el despacho más importante del periódico. Casi nada bueno. A cambio de ese ejercicio de sinceridad –kamikaze para algunos, valeroso para otros–, el ensayo fue un éxito entre el gremio y le abrió las puertas de las editoriales mientras se cerraban las de algunas redacciones. Ahora publica El corresponsal con Planeta.

Arturo Lezcano, periodista: "1983 es el año de tres tragedias con 400 muertos que se podían haber evitado"

Saber más

A diferencia de aquel, no hay peligro de que nadie vea escrito su nombre –o su apodo– entre sus páginas. Eso no significa que no pueda verse reflejado en alguno de los personajes que Jiménez ha decidido ficcionar para guardarse las espaldas. Al fin y al cabo, sus veinte años de labor en la corresponsalía de Asia de El Mundo le han procurado inspiración de sobra.