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e-ausencia parental

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La escena puede darse en cualquier parte. Esta vez es el metro que va al aeropuerto de Orly. Una niña de unos ocho años, sin duda hija única, con padre y madre al lado, ambos absortos en el teléfono con el gesto habitual de estar haciendo algo que no puede esperar. La niña no tiene (todavía) teléfono porque a su edad no sabría usarlo con mesura. Está, desde el punto de vista de la comunicación, sola. Y no parece llevarlo del todo mal. Su mirada se pasea, muerde el bocadillo; cuando ve algo que le parece ser muy digno de atención, le bastan cinco o seis toques en la rodilla de su padre para que el buen hombre levante un momento la nariz, sin llegar a quitar la sonrisa WhatsApp, acuse recepción y vuelva a su teléfono. La niña está sola, buscando cruces de miradas, buscando comunicar (aunque a la madre parece darla por perdida) con esas presencias herméticas, y yo no puedo desentenderme de la sensación de desolación que me recorre. Hasta el punto de contemplar un cambio de asiento para no acabar soltando una impertinencia. Tres minutos antes de llegar al aeropuerto, el padre guarda el teléfono, le ofrece la mirada y la niña reacciona como si se hubiera abierto una puerta. Mi propio alivio me parece una resonancia de lo que siente la niña.

Puede alegarse que esta presencia cerrada de padres y madres siempre ha existido. Que no hace falta teléfono, ni fijo ni móvil, para ignorar a niños que desde siempre se las han apañado ante esta escasa de disponibilidad de los adultos. Puede, como mucho, aceptarse que ahora hay más hijos únicos y menos relaciones fuera del colegio. Quizá. Cierto es que no resulta fácil encontrar cambios cualitativos en los comportamientos humanos. Todo parece poder describirse como cambios en la cantidad, materia y proporción de los ingredientes.

Hay, con todo, una cosa que llama la atención. La resignación de los niños y las niñas ante la presencia inerte de sus mayores. Recuerdo, por haberlos sufrido, los embistes constantes de mis hijos cuando intentaba hablar por teléfono, su negativa a permitirme una siesta delante de ellos. Creo recordar que los niños, hasta no hace mucho, luchaban contra la ausencia mental de padre y madre porque no la toleraban, quizá era que no la comprendían. La niña del metro parece dar por perdida la batalla. Eso sí, resignarse a la derrota no es aceptar. Parece ser que, entre ellos, los niños de ahora sí hablan de esta nueva forma de orfandad.

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