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Eider Rodríguez, escritora: “Quiero que haya una literatura en euskera que esté viva”

La autora se muestra contenta de haber regresado a la ficción

Carmen López

Barcelona —
11 de marzo de 2026 21:45 h

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Llueve en Barcelona y la ciudad se colapsa. Los barceloneses se mueven incómodos con los paraguas a cuestas y los turistas se cubren con esos chubasqueros que parecen bolsas de basura de colores. A la escritora Eider Rodríguez, nacida en Errentería, le hace gracia este alboroto, acostumbrada como está a la humedad. Está en la capital catalana para presentar su nuevo libro de relatos Era todo el mismo hueco/Tot era el mateix forat. Escrito y publicado originalmente en euskera (Susa) llega ahora en castellano traducido por Ander Izagirre y en catalán por Pau Joan Hernàndez de mano de Random House y Edicions del Periscopi respectivamente.

Su anterior libro, Material de construcción (Random House, 2023), supuso un paréntesis en su trayectoria como cuentista: una novela de no ficción (ese género que ya no es un oxímoron) en la que trabajó con un material tan sensible como la historia de su familia, que incluye un padre alcohólico. Aunque estaba inmersa en la narrativa de largo recorrido, seguía rodeada de cuentos. Algunos ya estaban escritos desde hace años y otros surgieron raudos.

“Me dieron una beca para poder escribir una novela y entonces quería publicar primero los relatos para no volver a retrasarlos como me pasó con el libro anterior”, explica Rodríguez a elDiario.es. “La vida se interpuso y dejé los cuentos de lado. Ahora tengo la novela en barbecho”, confiesa.

La autora está muy contenta de haber regresado a la ficción, aunque su título anterior no llegó a provocar ningún terremoto entre sus parientes, al menos, que ella sepa. “Al final mi familia ha tenido que aceptar que hay una escritora y lo asumieron con muchísimo respeto, la verdad”, sostiene.

Rodríguez cree que le costaría volver a escribir sobre un tema tan cercano, con nombres y apellidos reales. “En ese momento lo necesité y lo hice, pero también con un coste fuerte, porque es al final hacer público algo muy personal y de repente, pues la gente que lo ha leído proyecta sobre ti otro tipo de cosas”, comenta.

A día de hoy las consecuencias de sus libros le preocupan bastante menos: “Al principio estaba más asustada por cómo iba a repercutir también en mí como escritora. Pero ahora no me apego mucho a ellos. Una vez que los escribo y salen, empiezo a pensar en el siguiente”. Le gusta que tengan vidas propias en manos de los lectores y lectoras, “que los manoseen” y suceda lo que sea con ellos.

Lo que mueve el mundo

La base de los relatos de Eider Rodríguez son las relaciones personales: las amorosas, las de amistad, las familiares, las laborales. Son las que hacen que el mundo se mueva, pese a todo lo que las rodea: “Vemos a estos psicópatas con el botón de las bombas nucleares y sus egos y sus vanidades y su incapacidad de empatizar y sus luchas de pitos”.

A Rodríguez le entusiasman las relaciones humanas: se matriculó en la carrera de Historia en la universidad y la tuvo que dejar después del primer año porque no entendía que en un párrafo pasase un siglo. “Yo me preguntaba quién había sacado adelante ese siglo. Mi ser no podía integrar todos esos años acontecimientos sin pensar en las personas que los habían llevado a cabo, los habían paralizado, los habían fomentado”, asevera.

En esta ocasión ha recuperado a dos personajes de lo que podría llamarse su historia literaria: Iñaki e Ixabel, que habían aparecido en Un corazón demasiado grande (Random House, 2019). Fue el título que le dio el Premio Euskadi de Literatura y la catapultó a la primera línea de la escena literaria española.

Esos personajes se quedaron ahí y se inmiscuían en otros cuentos, así que tomó la determinación de darles un espacio propio para ver qué había sido de ellos siete años después y también comprobar algo más: “Qué ha sido de mí cuando les miro”, mantiene y afirma que: “Me lo he pasado bomba, me ha costado mucho tiempo escribirlo porque es un relato largo, pero ha sido muy curioso cómo trataba yo también a los personajes de manera distinta”.

Eider Rodriguez, con sus obras

Los cuentos de Eider Rodríguez están compuestos de múltiples capas, pero en todos ellos aparece la clase social, que lo atraviesa todo. En sus páginas se detecta el desprecio de la escritora por la gente pija, por decirlo sin florituras. En parte porque le sirve para la construcción de los personajes, pero también hay una parte de los pijos que le repele: “Es esa aparente perfección y esa pureza que no me gusta ni estéticamente ni éticamente, porque no me las creo”.

Pululan por muchos de sus relatos, como en el protagonizado por las dos amigas en el camping. Un tema importante para la autora. “En mi vida uno de mis pilares fundamentales son mis amigas. Creo que se ha escrito muy poco en torno a eso, pero sobre la pareja estamos escribiendo constantemente”, analiza. “A mí me parece fascinante porque también entra la competitividad, entran las relaciones de poder, entran las envidias, entran los celos. No es tan diferente [a una relación sentimental]”, sostiene.

¿De dónde viene Era todo el mismo hueco, el título que los abraza a todos? En un principio, la autora trabajaba con una frase que aparece al principio: “Era todo el mismo fuego”. Pero una persona muy allegada le dijo que no era una referencia para el total de los relatos. De ahí surgió la idea de que quizá mejor un agujero, un hueco por dos motivos: por un lado, el metafórico del vacío existencial – “el hueco que tienen todos de no saber muy bien quiénes son, quiénes quieren ser”, comenta–, y por otro, el literal, porque en muchos relatos hay cuevas, agujeros e incluso una casa que está en proceso de construcción, medio vacía.

“Me parecía que los unía a todos y que también podía hacer referencia a ese eco que hay de fondo, que es el de la falta de certidumbres, la falta de certezas, la falta de expectativas”, reflexiona.

La idiosincrasia de los lugares

En el primero de los cuentos del volumen, titulado Canícula y protagonizado por los mencionados Iñaki e Ixabel, aparece un lugar muy peculiar. Se trata de la Isla de los Faisanes, un territorio minúsculo cuya soberanía depende seis meses de España y seis meses de Francia. La curiosa peculiaridad de ser el condominio más pequeño del mundo no lo ha hecho uno de los puntos más famosos del planeta, pero para la escritora es un lugar cotidiano. Vive en Hendaya y la ve casi todos los días.

“Cuando de pequeña te cuentan que cambia de manos cada seis meses, ves también la trampa de los estados, de las fronteras, saca a relucir que es algo totalmente artificial y que puede cambiar”, afirma. “Es un lugar muy curioso porque divide Hendaya e Irún y no se puede ir, son dos o tres islotes que están ahí juntos”, continúa. Sin embargo, ella decide que dos de sus protagonistas van a saltarse las normas y visitarlo de forma clandestina: “Fue como imaginarme cómo puede ser; ha sido una manera también de estar en esa isla por la que paso, pero no puedo acceder”.

Aunque su intención no sea contar la idiosincrasia vasca – “es muy atrevido”, asegura–, sus libros tienen una misión literaria, que es contar el devenir de la sociedad vasca. Esto hace que ni los espacios ni los personajes sean mero paisaje. “Igual si hay una arquitectura vasca como que siempre quiere trascender, es como pesada y se crea para que dure durante siglos a diferencia de otras, hay un peso, un clima, una humedad, unos colores que sí quiero que estén en los relatos de alguna manera”, manifiesta.

También considera que el lugar donde se leen los relatos puede influir en cómo se entienden algunos detalles. “Igual leído en el País Vasco se entienden unas cosas, no importa tanto si en euskera o en castellano, y fuera del País Vasco se entienden otras”, enuncia, aunque también considera que “cada lectura es también una traducción de cada relato”.

El idioma en el que está escrito es una capa del cuento. “Las capas que cada una de nosotras llevamos cuando leemos también lo cambian”. Eider Rodríguez escribe en euskera no porque le resulte más fácil, sino por convicción: “Quiero que haya una literatura en euskera que esté viva y quiero contribuir a ello”. Y cree que este es un buen momento para la literatura vasca, ya que hay variedad de autores escribiendo cosas muy distintas.

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