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Concha, la mujer soltera, intelectual y trabajadora de la España del siglo XIX que desconocía la literatura

Cristina Ros

3 de mayo de 2026 21:35 h

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El franquismo hizo tantos estragos en la sociedad, la cultura y la historia de España que nunca se termina de hacer justicia a la memoria de tantas voces silenciadas. Entre ellas, las de las mujeres que, desde finales del siglo XIX y hasta la irrupción de la guerra civil, lucharon por la igualdad, crearon espacios propios en los que desarrollarse y rompieron techos de cristal en ámbitos como la política, el derecho, la ciencia o el arte. Almudena Grandes solía recordar que su abuela, que a principios del siglo XX había visto bailar a Josephine Baker desnuda en Madrid, era más “moderna” que su madre, como resultado del borrado histórico y del retroceso social que llevó a cabo la dictadura.

Sigue pesando tanto ese olvido que aún es habitual sorprenderse al descubrir que antes de las revueltas de los años sesenta ya hubo mujeres que rompieron moldes y abrieron el camino. Entre ellas, la escritora y periodista Matilde Fernández de Ras (c. 1860-Madrid, 1935), de quien la editorial Renacimiento ha recuperado una espléndida novela de tintes autobiográficos, Concha. Historia de una librepensadora (1885), en una edición a cargo de María Jesús Fraga –que también se ha ocupado de obras de Elena Fortún, entre otras autoras–, con prólogo de Elena Hernández Sandoica e introducción de Dolors Marín.

Matilde Fernández de Ras –no hay que confundirla con su hija, Matilde Ras (Tarragona, 1881-Madrid, 1969), una grafóloga de prestigio cuyo nombre se ha dado a conocer estos últimos años por ser la compañera de Elena Fortún y escribir junto a ella de la novela de internado El pensionado de Santa Casilda (Renacimiento, 2022)– enviudó joven, y este libro surgió de una promesa a su marido, el arquitecto tarraconense Antonio Ras. Antes, había estudiado Magisterio y colaboraba con diversas revistas. Tras quedarse viuda, con dos hijos pequeños a su cargo, se vio forzada a retomar el trabajo de institutriz en varios lugares de España, un empleo mal pagado que compaginaba con la escritura.

Desde su juventud formó parte del círculo espiritista de Amalia Domingo Soler (Sevilla, 1835-Barcelona, 1909). Es importante recordar que entonces el “espiritismo” no era una mera superchería, sino que, más allá de la curiosidad por lo que ahora conocemos como pseudociencias, estaba ligado a diferentes movimientos sociales, como el anarquismo o el feminismo, además de poseer un gran revestimiento intelectual (sus integrantes eran, por lo general, gente con formación superior e inquietudes artísticas y/o científicas). El grupo, además, favorecía la emancipación de las mujeres y fue un fuerte apoyo para la autora durante el complicado proceso de redacción de Concha.

Es fácil identificar los rasgos autobiográficos en la novela, no solo en los hechos, sino, y más interesante aún, en los conflictos internos a los que se enfrenta la protagonista. Hija de una viuda pobre, la niña Concha sobresale en los estudios y gracias a su tesón puede formarse como maestra, uno de los pocos trabajos al alcance de una mujer. La primera espina, por lo tanto, le viene de la cuna: el contraste entre las estrecheces del hogar y el ambiente en el que se desenvuelve, más próximo a la clase media cultivada, con amigas que, a diferencia de ella, no tendrán que desempeñar empleos precarios para subsistir.

‘Concha’, la española intelectual del siglo XIX

Tras completar sus estudios en un internado europeo donde se relaciona con alumnas de diferentes nacionalidades, Concha regresa a España pero, ante la frustración por la falta de oportunidades para una joven y su negativa firme a casarse, termina por aceptar un trabajo de institutriz para una familia inglesa. Imparte clases a dos chicas adolescentes con las que hace buenas migas y pronto las tres empiezan a moverse juntas por la ciudad. Además de un buen sueldo, el talante amistoso y el dominio de los idiomas de Concha le granjean la simpatía de los demás (los ingleses le hacen peticiones tan rocambolescas como unas clases para aprender a usar el abanico).

Si algo caracteriza a Concha es la claridad del pensamiento: es una mujer culta que no renuncia a continuar formándose, de ahí que sea fundamental para ella recibir estímulos, no resignarse a ser una esposa-madre-ama de casa cien por cien dedicada al hogar. Y no teme exponer sus ideas, por mucho que susciten discrepancias, sobre todo con respecto a la posibilidad del matrimonio. Sea como sea, con apenas veinte años es una joven muy cultivada, cosmopolita y con sed de más, una mente inquieta que se hace preguntas, una educadora que, mientras enseña a las muchachas, no deja de instruirse a sí misma.

Concha tiene esa vocación humanista de integrar todos los espectros del conocimiento: no solo se centra en las artes y las letras, el campo habitual de las poquísimas mujeres que pudieron estudiar, sino que da mucha relevancia a la ciencia, le parece básico que las chicas se formen en matemáticas, que la población en general se interese estas y sus avances. Estamos a finales del siglo XIX, y aunque parezca difícil de creer –otra vez el fantasma del franquismo– la Iglesia había perdido influencia social a favor de la nueva ciencia. En algunos capítulos, la prosa se vuelve más reflexiva, Concha comparte sus cavilaciones sobre diversos asuntos mientras la narración avanza más despacio.

Entre la razón y la espiritualidad

En sus reflexiones no falta, por supuesto, la religión. Concha se cría en el catolicismo español, aunque desarrolla cierta simpatía por el protestantismo gracias a sus vínculos con el continente, sin llegar a ser devora de ningún credo. No participa en los ritos de la Iglesia y no comparte el posicionamiento de la institución, que a su parecer se ha alejado de los verdaderos cimientos del cristianismo, basados en valores como la solidaridad o la pobreza. Los estudios y los viajes le abren horizontes, que la llevan a interesarse por otras religiones. En última instancia, Concha rechaza la devoción por una sola fe, pero se muestra receptiva con una concepción más amplia e integradora de la vida espiritual.

En cierto momento, entra en contacto con el espiritismo, como hizo la autora. En ese entorno de mujeres (y algún hombre) cultos e inquietos, halla la horma de su zapato: un espacio donde intercambiar pareceres, ampliar conocimientos de acuerdo con las nuevas corrientes de pensamiento. Se insiste en la confianza en la ciencia, creen que la sociedad prosperará si fortalece esa disciplina. Hoy esas ideas progresistas se han puesto en duda, pero en ese marco –finales del siglo XIX– todavía no habían visto el mal uso que el ser humano puede hacer de las invenciones científicas con las grandes guerras del siglo XX.

Sus intuiciones anticipan las mejoras técnicas que vendrían en los años posteriores, que también trajeron ventajas, como la agilidad de determinados trabajos pesados. Todo eso fue de la mano de la consecución de derechos que llevaban tiempo reclamando para las mujeres y los trabajadores en general; esa confluencia de la ciencia y el activismo no era, pues, descabellada. Ese pensamiento repercute en la esfera íntima: se convencen de que un matrimonio solo funciona entre iguales, es decir, entre un hombre y una mujer maduros y educados, emancipados en el aspecto emocional, con ideas propias, que se enriquecen el uno al otro. Eso solo es posible si nadie está por debajo del otro. 

La parte afectiva

Las mujeres que priorizan su formación suelen tener, o lo han tenido históricamente, un hándicap: les cuesta encontrar el equilibrio con la parte personal, ser correspondidas por un hombre que entienda sus ambiciones, formar una familia sin renunciar a su carrera, a su desarrollo. La protagonista tiene, además, otro inconveniente: la pobreza, porque, por mucho que se empeñe en trabajar, una mujer sola no puede prosperar tanto con empleos de institutriz o maestra como para desclasarse. Es, en sus propias palabras, una “mujer de mucho saber y poco poseer”. En un determinado momento, echa en falta la presencia del amor en su vida, pero no se hunde, se mantiene lúcida, fiel a sus convicciones.

Con el paso del tiempo, ve la evolución de sus compañeras de internado, que de entrada parecían tan enfocadas al crecimiento intelectual como ella misma, pero que tras casarse muy jóvenes abandonan esa senda para adoptar un estilo de vida más tradicional. Los reencuentros tienen una pátina de disgusto: aquellas amigas a las que estuvo tan unida han tomado un camino que las separa, pertenecen a mundos distintos. Concha percibe las decepciones que han sufrido con respecto a sus maridos, la naturaleza agotadora de la crianza o las cargas del hogar; cómo les va a preocupar seguir estudiando si siempre están cansadas.

Concha es consciente de que sus elecciones vitales la apartan de la mayoría, implican una renuncia en forma de soledad, además de la vulnerabilidad por la falta de un anclaje a un espacio propio, una estabilidad material. La novela radiografía la trayectoria de una mujer sola, independiente, ilustrada en el doble sentido de tener una formación y de compartir los principios ideológicos del movimiento. La travesía de Concha muestra los sinsabores, pero sin regodearse en la lástima, sin margen para la autocompasión; al contrario: los obstáculos parecen reforzar sus principios.

No es el viaje de una heroína que triunfa frente a la adversidad, sino un periplo realista, con altibajos, una novela de ideas pionera en su denuncia de ciertas desigualdades

El libro puede leerse como el relato de una formación de identidad con la consiguiente búsqueda de pertenencia, un camino por el que cuestiona valores sobre el matrimonio, la maternidad o la independencia de las mujeres. La amistad, sea con sus compañeras del colegio, sea con sus jóvenes alumnas, a ratos compensa la soledad, pero aun así le falta algo, no dejan de ser compañías pasajeras, sin la perennidad de la sangre (y que ella ya no tiene tras perder a su madre). No es, por lo tanto, el viaje de una heroína que triunfa frente a la adversidad, sino un periplo realista, con altibajos, una novela de ideas pionera en su denuncia de ciertas desigualdades.

En cualquier caso, Concha. Historia de una librepensadora es un libro, un personaje, de los que merece la pena leer, de los que incluso marcan un antes y un después, porque no se vuelve a ver el pasado reciente de España del mismo modo cuando se sabe que hubo mujeres como ella, como Matilde Fernández de Ras, feministas, cultas, luchadoras, que no dejaron que nadie callara su voz y no dudaron en escribir páginas de una admirable densidad intelectual, como algunas de las reflexiones vertidas en esta novela a propósito de las matemáticas como base científica o del elogio de la lengua castellana. Aun con la prosa “recargada” de la época, se lee con mucho placer, Concha resulta cercana.

Es, de hecho, una suerte de Jane Eyre a la española, al menos en la primera parte, con ese carácter firme, obstinado, coherente con sus ideales, que la lleva a tocar fondo sin dejarse hundir. Carece de su vertiente romántica, eso sí; es una novela posterior en el tiempo, y desconfía más del matrimonio, en la línea de algunas protagonistas de Henry James. A la larga lista de escritores del siglo XIX español, hay que sumarles, sin duda, el nombre de Matilde Fernández de Ras: incluso a pesar de las dificultades adheridas a su género, también entonces hubo mujeres brillantes, escritoras dotadas que firmaron novelas tan interesantes –y con tanta vigencia– como esta. Y eso hay que celebrarlo.