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La historia del arte no es tan hetero como nos la contaron

El cuadro 'En la cama: El beso' de Toulouse-Lautrec (1864).

Laura García Higueras

14 de junio de 2026 22:00 h

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El dueño de un burdel parisino encargó a Toulouse-Lautrec 16 cuadros en 1892 para decorar el salón principal de su prostíbulo. En uno de ellos, En la cama: el beso, dos personas desnudas se abrazan y besan tapadas por una sábana hasta sus brazos. Una de ellas tiene el pelo largo, la otra, corto, motivo por el que la historiadora y divulgadora Clara González (@Claramore) identifica que se ha “dado por hecho” que eran una pareja heterosexual. Pero no.

“Eran dos prostitutas que se daban entre ellas el amor que no encontraban en sus clientes”, explica a elDiario.es sobre uno de los lienzos que ha incluido en Nos recordarán (Temas de hoy), el libro en el que recorre la historia del arte para demostrar que no ha sido tan heterosexual como nos han contado, empezando por el colegio, siguiendo por hasta la carrera de Historia del Arte (donde apenas le mencionaron a artistas mujeres, y mucho menos LGTBIQ+) y los museos.

Clara González propone con su ensayo un didáctico paseo por los márgenes de la historia del arte, con mención a no solo figuras y obras silenciadas, invisibilizadas o desconocidas hasta la fecha; sino también a grandes renombres que no habían sido contemplados desde esta perspectiva. Entre aquellas el citado lienzo de Toulouse-Lautrec, pero también de Rubens, Hilma af Klint, Natalie Barney o La Anunciación de Fra Angelico, expuesta en el Prado, que sirve a la autora para describir que los ángeles que aparecen son andróginos.

'La Anunciación' de Fra Angelico (1425-1426).

La divulgadora ha concebido Nos recordarán como “un ejercicio de reparación histórica” por la forma en la que se le han negado al colectivo los espacios, incluida la historiografía. “Dentro de la historia de arte canónica se han quedado muchas cosas fuera, no solo las artistas femeninas, también están las personas racializadas o las personas LGTBIQ+, que o se han ignorado o se ha evitado pronunciarlo, incluso cuando es obvio. La historiografía ve a dos mujeres con cara de tener un orgasmo y las llama amigas”, explica.

Una tendencia que sigue ocurriendo en el presente y que advierte tanto en su ensayo como en sus redes sociales, donde comparte pequeñas píldoras sobre historia del arte. En una de ellas hizo referencia a cómo, para hablar sobre la relación entre la cantante Rosalía y la modelo Loli Bahía, que acapararon titulares hace unos meses, se les tildaba de amiga “especial” o “íntima”. “Lo de los medios evitando llamar novias a Rosalía y Loli Bahía se parece mucho a historiadores llamando amigas íntimas a señoras que dormían todas las noches juntas y se pintaban entre ellas”, publicó en su perfil de Instagram.

Entre ellas, Louis Catherine Breslau, una artista alemana de finales del siglo XIX que estuvo cuatro décadas compartiendo vida con Madeleine Zillhardt, su compañera de Academia, y a la que retrató en gran parte de sus obras. También cita a la francesa Louise Abbéma, perteneciente a la misma época, que también inmortalizó a la que fue su gran amor, Sara Bernhardt. Entre sus obras, están las esculturas hechas en bronce con las manos de ambas entrelazadas, que cada una conservó durante toda su vida.

Para quienes consideran que quizás estos ejemplos no sean tan explícitos como para aclarar su sexualidad, la divulgadora trae a colación el lienzo El sueño de Courbet, también conocido como Las amigas, en el que directamente aparecen en la cama desnudas y abrazadas. A Courbert pertenece también otro de los lienzos que menciona en el ensayo, El origen del mundo (1866), que muestra en primer plano la vulva desnuda de una mujer con las piernas abiertas, que yace en lo que parece una cama, con los pechos igualmente descubiertos, parcialmente cubiertos por una sábana.

'El origen del mundo', de Gustave Courbet en una exposición en Viena.

El artista francés genera sensaciones encontradas en Clara González, porque aunque sí que pintó el deseo entre mujeres, lo hizo “muy sexualizado. Ha sido habitual en la historia ver a señores pidiendo cuadros de desnudos explícitos como forma para divertirse con ellos mismos. Es muy llamativo ver el contraste entre cómo se pintan las mujeres y cómo son pintadas las mujeres. Por supuesto ellas son mucho más sutiles”.

El doble sometimiento a la mujer

En lo relativo a la exhibición del deseo entre hombres, y el deseo entre mujeres, Clara González plantea que la representación ha sido “muy distinta”: “Los hombres son los que han estado más explícitamente perseguidos, desde la Inquisición. Los que más abiertamente han recibido y siguen recibiendo palizas por ser homosexuales”. Y, en consecuencia, existen aún menos referentes.

Clara González comenta que este tratamiento está condicionado por un “componente misógino”: “Asocian su sexualidad a una falta de masculinidad y, por lo tanto, lo femenino, que siempre ha sido lo malo. Las mujeres han sufrido esa persecución, pero diferente, porque muchas veces ni siquiera se podía pensar que una mujer pudiese desear a otra. Hay épocas que desde fuera pueden haber parecido más laxas con las mujeres porque han podido encontrar espacios, como los matrimonios bostonianos, por ejemplo, que eran entre mujeres vinculadas obviamente de forma romántica, pero sobre los que la sociedad hacía oídos sordos porque decían que esas uniones eran asexuales”. Y, por lo tanto, a los hombres “no les molestaba porque no estaban perdiendo la virginidad, que era lo único que les importaba que mantuvieran como mujeres”.

En definitiva, la historiadora apunta que “la realidad es que la mujer ha estado doblemente sometida, por ser mujer y por su sexualidad. No es que los hombres hayan tenido más discriminación, pero sí ha podido ser más visible por ser más violenta”.

Desaprender la mirada heteronormativa

Clara González es consciente de la complejidad de “desaprender” la mirada que se nos ha inculcado tradicionalmente desde la historia del arte: “Sueles ver los cuadros como sota, caballo y rey, además de apreciar las obras que te han dicho que tienes que apreciar”. La historiadora y divulgadora incide en que esto tiene como consecuencia que al entrar en los museos, se desactive inconscientemente la capacidad de plantearse qué nos gusta o qué nos está transmitiendo una determinada obra.

La escritora aboga por “desacralizar” el arte –como ya hizo en su anterior libro, Un Van Gogh en el salón–, y por eso opta por usar un lenguaje cercano, accesible y divulgativo. “Es importante que la gente sienta el arte como suyo, y no que tengas que tener cierto conocimiento, poder adquisitivo o situación socioeconómica para disfrutarlo. Y no. La cultura nos refleja como sociedad, deberíamos poder sentirnos vinculados con ella y lo que hay dentro de los museos. Si no lo sentimos, es que algo se está haciendo mal”, sostiene.

La historiadora es crítica con el papel desempeñado por estas instituciones. Aunque aplaude que dentro de sus funciones principales, la de “conservar las obras de arte la hacen muy bien”, opina que “durante mucho tiempo han olvidado la de hacer que el público se sienta identificado con lo que hay dentro, que converse y piense”. “Durante muchísimo tiempo el discurso ha sido siempre el mismo, construido básicamente por hombres, blancos y europeos, y lo que había dentro de los museos era un reflejo de lo que les interesaba solo a ellos”, puntualiza.

'Interior con Hendrik Andersen y John Briggs Potter en Florencia', de Andreas Andersen 1894.

En lo que respecta a la difusión y representación del colectivo, Clara González defiende que es importante “ofrecer una visión distinta porque lo normal es que nos hayan vinculado a una serie de cosas que, en cuanto te sales de ellas, parece que estás cometiendo un crimen”. “Y ya no es solo lo que la sociedad piense de ti, sino lo que tú piensas de ti misma. En muchos casos, para las personas del colectivo, no hay peor enemigo que nosotras mismas, porque nos han inculcado unos principios de cosas que tenemos que hacer, que cuando nos damos cuenta de que no encajamos ahí, vienen unos problemas de aceptación enormes”, reconoce hablando en primera persona de su propia experiencia y proceso.

La divulgadora critica que “sigue habiendo muchos vacíos y que la historiografía se ha aprovechado de esos silencios”. “Que las personas LGTB no pudieran exteriorizar de forma explícita su deseo ha hecho que haya historiadores que directamente digan 'si no has dejado una carta diciendo que quieres acostarte con esta persona es que eres heterosexual y punto'. Cuando en la realidad no tiene por qué, hay cosas mucho más sutiles que puedes plantearte”. En este sentido, aplaude que de un tiempo a esta parte “se ha focalizado más en la falta de mujeres porque el feminismo ha hecho mucho ruido respecto a que nos tienen que representar, y aunque se ha avanzado, aún quedan kilómetros. Pero en el tema LGTB estamos muy atrás, y en el racial, ni te cuento”.

También rechaza, por “perverso”, el discurso de quienes 'agradecen' a los periodos de censura haber puesto a prueba y desarrollado la creatividad de artistas que hicieron lo imposible para saltársela, y sobrevivir. “Ojalá no hubiéramos tenido que haber sido más creativos y nos pudiéramos haber expresado desde el principio de forma natural”, valora al tiempo que insiste en recordar que hay personas que siguen recibiendo palizas e incluso siendo asesinadas por su condición sexual.

Al analizar la historia del arte, cabe preguntarse si este ha servido más para hacerse eco del odio vertido sobre el colectivo, o como refugio. Clara González considera que “para ambas cosas”. “El arte siempre tiene un componente político. Se demostró en épocas como la del sida, en la que se usó para cambiar cosas y reivindicar que hacían falta estos cambios, como la gestión de la epidemia, que fue terrible. Hay artistas que lo han usado para hacerse eco del sufrimiento que recibían por el hecho de ser del colectivo, pero también como refugio, como ese lugar donde reflejarte sin el dedo acusador de la realidad. No quiero romantizarlo, pero es bonito que en la creatividad una forma de expresarse, y que ahora podamos verlo más o menos libremente”, concluye.

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