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Entrevista

Selva Almada, escritora: “En Argentina ha crecido el desprecio al pobre, y eso me aterra”

Clara Nuño

6 de abril de 2026 22:10 h

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Se marcharon como si fueran a volver, pero nunca lo hicieron. Él dejó las botas llenas de barro, como todos los días, en el lugar de siempre y las botas acabaron por pudrirse y por perder el olor de lo familiar. Se fueron de la casa Damián Lucero y su mujer, Lorena, junto a sus cuatro hijos; un crío, dos mellizas y un bebé del que decían que es igualito al padre, pero también igualito al patrón que era, casi, el dueño de sus vidas. El tema es que se fueron y nadie sabe por qué ni cómo o si fue voluntario o les hicieron partir. ¿Estarán vivos o muertos? Esa es la pregunta que recorre Una casa sola (Random House, 2026), el nuevo trabajo de la argentina Selva Almada (Entre Ríos, 1973) en el que una casa en el campo se pregunta qué pasó con sus últimos moradores, cómo puede desaparecer una familia al completo de una tacada y por qué la abandonaron cuando parecía que se iban a quedar allí para siempre.

A través de la voz narradora de los lugares inanimados, como la casa o el bosque que la rodea, Selva Almada escribe sobre la historia de los desaparecidos en Argentina en democracia, pero no desde lo que pasó sino desde lo que no se sabe ni se sabrá. Desde las preguntas que quedan sin responder hasta el vacío que dejan quienes ya no están. La nostalgia y la ternura de un objeto inanimado (que en esta novela cuenta con una voluntad propia) es quien guía al lector a través de la historia de quiénes habitaron sus paredes, pero también la de ese trozo del país, la provincia de Entre Ríos, y los eventos históricos que se sucedieron allí, como el asesinato del general Justo José de Urquiza en 1870 en esa misma tierra.

“En España no ocurre, pero acá en los aeropuertos hay pantallas donde pasan fotografías y datos de las personas que están desaparecidas, de los desaparecidos actuales, de los que están buscando”, cuenta Almada en conversación con elDiario.es en Madrid. “Y es algo que siempre que lo veo me impresiona muchísimo”, continúa; “no dejo de ver cómo, además de los 30.000 desaparecidos de la dictadura, la gente sigue desapareciendo aún hoy”. Era un tema que estaba ahí, en el ambiente, y sobre el que la escritora, ampliamente reconocida por obras como El viento que arrasa (2012) —First Book Award del festival Internacional del Libro de Edimburgo— o No es un río (2020) —International Booker Prize shortlisted, Premio IILA-Literatura y mención especial Premio Sara Gallardo—, aún no había abordado.

Fue ese asombro constante sumado a la situación de la vivienda en argentina, donde, asegura, “es muy difícil tener una casa”, lo que le dio, por un lado, la temática, y por el otro, la voz narradora. “Habíamos hecho una remodelación muy fuerte en mi propia casa, que es la primera que tengo porque siempre he vivido en hogares alquilados, y habíamos tenido muchos problemas: los pisos se levantaban, los techos se llovían… un desastre. Y todo eso estaba ocurriendo mientras yo estaba en una residencia literaria en Francia donde surgió el germen de Una casa sola”, explica para incidir en que, en la actualidad, el desprecio al pobre es algo que está al alza en su país mientras crece la crisis habitacional por todo occidente: “Aquí, se ha acrecentado ese desprecio y es algo que me aterra” explica para señalar que, en Buenos Aires, cada vez más gente vive en la calle: “La gente se ha quedado no sólo sin la posibilidad de comprarse una casa, sino de alquilarla”, critica.

Una cuestión de clase 

Hay mucha literatura argentina que toca el tema de las desapariciones en dictadura, pero no sobre las que se sucedieron después y Almada cuenta que quería hablar de cómo aquello que, quizá, se pensaba como síntoma de una época sigue haciendo eco en la siguiente. “Son, en general, personas a las que no se busca con el suficiente afán desde el Estado porque se trata de gente pobre o de clases muy vulneradas”, argumenta para señalar que ahí hay un síntoma de qué ciudadanos importan y cuáles no, aunque se esté en una democracia. Y esa es la pregunta que sobrevuela las 156 páginas de su relato, ¿por qué hay personas a las que nadie busca?¿Por qué hay personas a las que nadie importan?

Así, entretejiendo la memoria de Entre Ríos y sus peculiaridades históricas (como que estuvo a punto de escindirse de Argentina para ser su propio país) Selva Almada hace un ejercicio de memoria y recuerda, a su manera, muchas cosas. Como el caso de la familia de los Gil, quienes desaparecieron al completo y de los que nunca más se supo. También en su provincia.

“No hice una investigación del caso ni hay voluntad de contar lo que sé, que es solamente lo que ha aparecido a lo largo de los años en la prensa, pero claro que me resonaba mientras escribía porque es un caso muy emblemático. Toda una familia que desaparece y nunca se supo si el patrón había tenido algo que ver en el asunto”, relata Almada.

La historia hecha sobre la carne de los pobres, sobre los cuerpos de los pobres. Eso es, también, sobre lo que ella quería escribir. Cómo los que desaparecen siempre son los peones y los que van al moridero son los pobres. “Mirá la guerra de las Malvinas. La mayoría de los que van a la guerra, siendo muy jovencitos porque estaban en el servicio militar, son los chicos de provincias muy pobres. Es algo que se mezcla todo el tiempo, la muerte y la pobreza”, sentencia la escritora que compara, en su novela, las hostilidades del campo, agreste y oscuro, con las del ser humano.

La naturaleza es agresiva, pero lo que es verdaderamente violento es el mundo de los hombres

“La naturaleza es violenta en la medida en la que ocurren cosas que son parte de los ciclos de la vida”, explica para señalar que en la novela, la casa recuerda cuando llegaban las palmas de langostas, que eran muy habituales en el campo argentino a principios del siglo XX. O el arroyo y los peligros de sus corrientes, que prometen ahogar (y ahogan) a las criaturas que se descuiden al meterse dentro. Pero los niños de la casa, que tienen prohibido el baño ante el miedo de su madre, se bañaban todo el rato en ese arroyo traicionero, que para ellos es amigo. “La naturaleza es agresiva, pero lo que es verdaderamente violento es el mundo de los hombres”, ilustra Almada. 

Las mujeres que buscan

La suya es una historia sobre los olvidados, aunque siempre hay alguien que sí que busca, que sí que recuerda, que indaga y que quiere comprender. Ese alguien suele ser una mujer. En este caso es el personaje de la Tata, que decide no aceptar lo ocurrido y buscarle una explicación, una respuesta.

“Ella está inspirada en esa tradición de las madres y las abuelas que buscan a los hijos y a los nietos desaparecidos de la dictadura, pero también tenemos acá a las madres del hoy, que buscan a sus hijas captadas por las redes de trata, que es un tema muy fuerte y muy actual en Argentina”, continúa la escritora, que señala uno de los casos más emblemáticos: el de Marita Verón, una chica de 23 años que desapareció el 3 de abril 2002 en la provincia de Tucumán. Hoy, Marita permanece desaparecida y su búsqueda continúa.

Las cuestiones del ayer y del hoy se enraízan en los cimientos de una casa que quiere saber. De una casa que, como si fuera un ser humano, siente y echa de menos e intenta comprender. Ya que Selva Almada confiesa que quería hablar de un tema tan duro desde la ternura, desde el vacío que les queda a todos los que todavía están aquí. A los que no se llevaron y tienen que convivir con las ausencias.