Entrevista
Unai Sordo: “En la ficción el trabajo es secundario, las historias comienzan al volver a casa”
En los veranos, cuando Unai Sordo puede quitarse por unas semanas el rótulo bajo su nombre de secretario general de Comisión Obreras, se convierte en escritor. A él le da pudor considerarse tal cosa, pero utiliza la literatura para reflejar los conflictos de su tiempo, luego es escritor.
Hasta ahora, su producción publicada consta de un libro de cuentos y una novela que también fue construida a partir de textos cortos —Al norte (Hoja de Lata, 2026)— pero que encuentra una estructura que los liga para darle un sentido final. Al poner el trabajo en el centro del relato, la obra de Sordo engancha con la novela proletaria de los años treinta (César M. Arconada), que salta al realismo social de finales de los cincuenta (Armando López Salinas o Jesús López Pacheco) y que reaparece en la novela política actual (Isaac Rosa, Belén Gopegui o Marta Sanz, que le escribe el prólogo).
¿Qué le mueve a escribir ficción?
Es un hobby, una afición que viene de lejos. Por mi trabajo, me expreso mucho hacia afuera, hacia el público, pero en unos códigos bastante constreñidos, porque hablo de derecho laboral, de sindicalismo, de política, de sociedad, pero la narrativa me permite expresar sentimientos y reflexionar sobre aquello a lo que me dedico, pero desde otra perspectiva que quizás incluso puede llegar a otra gente. También es la forma que más me desconecta la cabeza de las cosas cotidianas.
¿Desde cuándo escribe?
Desde crío. Es una forma de expresarme en la que siempre he estado muy cómodo. Aunque esto también me da un poco de pudor, porque muchas de las cosas que he escrito, aunque están ficcionadas, tienen reminiscencias de mi vida. Según va pasando el tiempo, te atreves a decir cosas que, si no, ya no las vas a contar nunca más que en círculos muy íntimos.
¿Cómo se vence el pudor cuando se tiene un cargo tan notorio como el suyo?
En parte utilizando la ficción como una tapadera. No todo el mundo sabe qué de lo que se dice en el libro son recuerdos o qué inventado. Me cuesta, en la vida pública, hablar demasiado de mí.
Hay algo de su memoria familiar en el tema del desplazamiento de los trabajadores, que es uno de los temas del libro.
Me interesaba evocar a la gente que se ha tenido que mover para ganarse la vida. Recordar el periodo de necesidad y de cierta pobreza en la que nos desarrollamos los que nacimos en los años 70. Me mosquea muchísimo la gente que intenta hacer una lectura de que la vida hace cuarenta o cincuenta años era una vida mejor, más feliz y más segura. Los setenta y ochenta fueron años de muchísima pobreza entre la gente normal y creo que nuestros padres y nuestras madres echaron una especie de barniz sobre aquellas situaciones de necesidad, un poco para protegernos.
No se trata de hacer una apología de la pobreza o del pobrismo, pero sí de recuperar esa idea de dónde venimos. Nosotros venimos de portales y de barrios donde la gente, cuando se quedaba en paro, los vecinos nos teníamos que ayudar dándonos comida porque si no, no llegabas a fin de mes con una comida encima de la mesa. No pasa nada por decir esto. Forma parte de la biografía de este país, o al menos de los barrios de gente trabajadora de este país.
Hemos heredado una cultura de la Transición que nos ha creado falsos recuerdos sobre que en la Transición todo era divertido, combinado con un mercado al que no le gusta que se contradiga esa idea.
Imagino que hay personas que vivían en Madrid que no saben lo que fue la movida madrileña. El que tenía 17 años se divirtió mucho porque tenía 17 años. Pero España era otra cosa. España no era psicodelia y noche. Era gente que no llegaba a fin de mes. Era un 30% de paro, era droga, era heroína, eran comunidades donde la gente se apoyaba de forma mutua porque si no había situación de necesidad. Era un país mucho menos postmoderno de como a veces quieren venderte desde una cierta élite, que yo respeto mucho y que tiene muchos elementos de interés cultural, pero tirar por elevación a que aquello era la España en los 70 o los 80, desde luego no era donde yo vivía.
¿No se habla de esto en la ficción?
Más que ausencia de ficción, creo que hay ausencia en la memoria del país. Esto se construyó a partir de los 90 y de los primeros 2000. España, cuando tiene esa especie de boom económico que, como luego se demostró, estaba bastante sustentado en pies de barro, se opaca esa historia previa que seguramente no es muy sexy, no es muy bonita. Es un país donde la gente tiene mal las dentaduras y no tiene dinero para ir a los dentistas. Esto parece que cuesta decirlo.
A veces en la narrativa española se demonizan a algunos autores, se dice que hacen activismo en lugar de literatura.
Como se supone que yo tengo que hacer activismo y militancia, desde ahí tengo la excusa para construir algo con alguna pretensión literaria, y me permite aportar porque tengo una experiencia vital en algunas cosas que seguramente un autor al uso tampoco la puede tener, como el conocimiento de las enfermedades profesionales o de cómo se hace la acción sindical en los centros de trabajo.
En el libro salen personajes inventados pero casos reales. Parte viene de un trabajo de recopilación que hicimos en su día en Euskadi sobre muchas personas que habían sido afectadas por enfermedades que provenían del contacto con el amianto, historias dramáticas y que se conocen poco. La vida real tiene historias que muchas veces superan lo que se pueda decir desde la ficción y la distopía. El libro puede parecer muy distópico, pero las partes que lo parecen, ya están superadas por la realidad. Y de hecho, la historia de las capas en el libro aparentemente más distópica es la más real.
Los conflictos laborales, la explotación, es algo central en su novela. No es habitual.
La dimensión del trabajo de la gente que aparece en las películas y en las series es absolutamente limitada, es algo secundario. Las cosas que se cuentan son las que suceden fuera del trabajo, en relaciones interpersonales que eluden el elemento laboral, el elemento económico, el elemento de conflicto de clase.
No se sabe de dónde viene el dinero para comprar el coche que el protagonista está conduciendo.
Todas las historias comienzan cuando llegas a casa del trabajo. El mundo es mucho más igualitario fuera del trabajo que dentro. Se supone que todos somos ciudadanos en igualdad de condiciones hasta que entras en el puesto de trabajo, donde hay una relación de jerarquía y dependencia impensable fuera del trabajo. Creo que da pie a muchas narrativas, tiene muchas posibilidades, pero no está particularmente trabajado.
Y cuando vemos historias que suceden en el mundo del trabajo, normalmente lo importante es una trama que no tiene que ver con el trabajo, como una trama romántica o emociones personales como la envidia o lo que sea, pero que no están realmente arraigadas al conflicto de clase.
Es el hábitat, como mucho es el ecosistema en el que se da la historia. Pero no hay propiamente un vínculo entre la relación que determina el trabajo y que haya una relación de dependencia en el trabajo con la historia. Una de las cosas que he intentado en el libro es contrastar cómo se vive en el trabajo clásico, en el trabajo industrial, en los pueblos, respecto al mundo actual, mucho más líquido, mucho más impredecible.
¿La historia de los flexworkers de Holanda, trabajadores con turnos y horarios controlados por un algoritmo, existe?
Es la más real porque está basada en un informe que hicieron un grupo de sociólogos, el Colectivo Arosa Sun, basado en entrevistas con chavales y chavalas jóvenes españoles que se habían desplazado a los centros logísticos de Países Bajos a trabajar. Y algunas de las historias del libro son reproducción de lo que ellos les dicen en el informe. El otro día me escribió un chaval diciéndome que estaba deseando leer el libro porque él había sido uno de los esclavos de Waalwijk. La inteligencia artificial y los algoritmos que hoy parecen una distopía capaz de gobernar la vida entera de los trabajadores ya estaba en el año 2017.
¿Le sirve la literatura para manejar la frustración que pueda producir que, aunque usted pueda hacer muchas cosas como secretario general de un sindicato, quizás no tantas como le gustaría?
Por ejemplo, en el tema de las enfermedades que aparecen en el libro, poco puedes hacer. Puedes intentar que se repare el daño causado, como estamos ahora intentando con el tema del amianto. Por su propia definición son enfermedades que han tenido periodos de latencia enormes, a veces de varias décadas, y las personas que aparecen con esas enfermedades contrajeron los elementos que se las han provocado hace 30 o 40 años. Hay auténticos dramas humanos.
Los que aparecen en el libro se quedan pequeños al lado de lo que ha podido vivir mucha gente que ha llevado una vida muy dura, que ha emigrado, que ha trabajado, que se ha dejado la vida por trabajar y que cuando a lo mejor se estaba jubilando, le ha surgido un cáncer de pleura que se lo ha llevado por delante en cuestión de un año, con unos sufrimientos absolutamente bestiales. El drama del desarraigo, por un lado, y del sufrimiento de la clase trabajadora, por otro. La gente trabajadora a lo largo de la historia, sufre. Afortunadamente se vive ahora mucho mejor que hace 40 o 100 años, de forma indiscutible, pero se sufre. Tampoco pasa nada por decirlo, en un momento que se ha querido postergar el sufrimiento y que se genera una idea idílica de las víctimas. Es que la gente las pasa canutas para vivir.