De acariciar el Goya a resistir como cantante: las lecciones de Cristalino en un momento en el que “la música es muy precaria”
Nunca se había plantado delante de una cámara de cine ni se le había pasado por la cabeza ser actor. La vida de Francisco Martín Ocete 'Cristalino' (Granada, 1989) cambió radicalmente cuando Isaki Lacuesta lo eligió para encarnar a Florent, el legendario guitarrista de Los Planetas, en Segundo premio (2024). Aquel salto a ciegas al mundo de la interpretación pronto se convertiría en un viaje por alfombras rojas que llevó a la película a ser la representante de España en su carrera hacia los Oscar, a cosechar tres premios Goya y a brindarle al propio Cristalino una nominación a Mejor Actor Revelación. Sin embargo, detrás de su papel en el filme había una realidad simbólica: lo que verdaderamente le mueve son las canciones.
Evitando detenerse demasiado en la luz cegadora de la gran pantalla, la música de Cristalino aboga por todo aquello que permanece cuando se apagan los flashes del foco mediático: los faroles de un bosque oscuro, las frutas de los árboles, el viento que arremolina, los mimbres de las ciudades... Todo queda condensado en el tercer EP del artista, Destello, señal, hilo y alba, en el que reivindica la importancia de lo analógico en tiempos de algoritmos. Se trata de un proyecto al que ha tenido que hacer frente asimilando la enorme distancia que existe entre la opulencia del cine y la rutina de un músico de furgoneta.
Este doble rol de actor y cantante le ha hecho reflexionar sobre la industria. A pesar de haber formado parte del elenco del que fue uno de los largometrajes del año, el granadino insiste en que esto no sirve como atajo para captar oyentes. “Ser actor no te asegura para nada que las personas que te ven en una película se tomen el tiempo de investigar quién eres o incluso de conocer tu nombre”, explica el artista a elDiario.es. Este señala que la velocidad a la que consumimos cultura boicotea nuestra capacidad de atención: “En general, es muy difícil que las personas prestemos atención al arte. A todos nos pasa, vivimos superacelerados. Es muy difícil encontrar tiempo para escuchar con calma una canción o leer un libro”.
Antes de que el casting de Segundo premio llamara a su puerta en 2022, la vida del granadino consistía en compaginar su arte con su trabajo. “Estaba dando clases de guitarra en una escuela”, rememora sobre sus inicios, marcados por el “hartazgo de llevar tantos años en una banda y no lograr vivir de ello”. Para poder subsistir e independizarse, se vio obligado a priorizar la estabilidad económica frente a la creación. “Dejé un poco de lado mi faceta artística para ganarme la vida de algo”, indica, pero la necesidad de componer terminó imponiéndose, obligándole a recortar su jornada como docente. “Ganaba lo justo para pagar el alquiler y comer, e iba solo de lunes a miércoles a la escuela”.
El cantante reclama medidas de protección reales para un sector que a menudo sobrevive en la cuerda floja, haciendo una comparación con las políticas culturales de otros países europeos: “Tengo un amigo en Bélgica que, gracias al estatuto del artista, tiene un sueldo fijo como bailarín. Tiene que cotizar tantos días, pero tiene un sueldo fijo. No hay nada parecido ni por asomo en la música”. Cristalino considera que la ausencia de estas redes de seguridad impide consolidar trayectorias estables. “La música es muy precaria. No hay nada sólido a nivel institucional que te permita tener una carrera larga como creador musical, y se le podría dar una vuelta a esto como en otros países”.
La obligación de las redes sociales
Asimismo, esta inestabilidad económica se ve agravada por la exigencia de la industria de obligar a los músicos a comportarse como expertos en marketing o influencers. Cristalino, por su parte, se niega a someter su arte al algoritmo, lamentando que se espera “que tenga un perfil de Instagram o de TikTok superinteresante”. De hecho, advierte de que el exceso de ruido en Internet no se traduce en calidad: “Subir mucho contenido a redes de todo lo que haces como artista no asegura que eso te vaya a llevar al éxito. Es algo que se confunde por publicar demasiado o querer estar muy presente y tenemos que asumir que como artistas no podemos abarcarlo todo”.
Esta inercia acaba devorando el propio disfrute del ocio o incluso el descanso. “Muchas veces nos autoexplotamos consumiendo ocio, haciendo que el arte se vuelva un trabajo”, señala el intérprete, que prefiere luchar por recuperar los momentos de calma y autoobservación. “Es mejor parar una hora a estar contigo mismo para ver qué hay en tu mente, en tus sensaciones y en tu cuerpo. Para procesar todo lo que has vivido”, añade.
A contracorriente de una industria que está relegando los videoclips, Cristalino opta por ellos en vez de grabarlos en formato vertical. “Cuando estás publicando un vídeo en horizontal en Instagram o Tiktok, que no es el formato que se prioriza, haces de alguna manera una apuesta más preciosista, más cine”, argumenta. Es su forma enfrentarse a las demandas del algoritmo: “Casi nadie puede con todo. Yo intento hacer lo que pide la industria, pero hasta que siento que no hay una contradicción y que lo hago de una manera equilibrada que me permite expresarme como quiero”.
En colaboración con el productor Jaime Beltrán, con quien comparte andadura desde 2009 en la banda de folk Pájaro Jack, Cristalino ha recurrido a un sonido orgánico en Destello, señal, hilo y alba, defendiendo la imperfección en un momento en el que todo tiene a la excelencia tecnológica. Tanto es así que decidieron dejar tomas completas sin retocar artificialmente cada segundo en el estudio. “Hay que tenerle menos miedo a fallar en general”, afirma, apuntando que para él era importante la “espontaneidad” y “no limarlo todo tanto”. La canción Hilo, por ejemplo, contiene una atmósfera tranquila inspirada en la película Call Me by Your Name.
El músico compuso el tema justo después de ver el filme de Luca Guadagnino, dejándose llevar por los personajes y por la “sensualidad de la naturaleza”. “Hay una sensación de decir: 'Quiero estar ahí una hora, impregnarme de este espacio”, detalla sobre la canción, que está concebida bajo la idea de “amar a las personas, a la humanidad, a los seres...”. Es una de las piezas clave de un proyecto musical que nació durante la cuarentena. Al principio firmaba con su apellido, Ocete, pero la alianza con Jaime Beltrán le impulsó a buscar un pseudónimo más evocador.
Fue una búsqueda obsesiva que duró más de un mes y le llevó a devorar antologías poéticas de Lorca y Miguel Hernández. “Me costaba dormir. Quería algo que sonara poético, pero que no fuera demasiado rocambolesco”, relata. La solución, el nombre de Cristalino, la encontró en una expresión familiar: “Mi abuelo usaba mucho la palabra 'cristalino' para decir: 'Esto me ha quedado claro, esto me ha quedado cristalino'. Es algo que me gustaba mucho porque se entiende y la gente lo sigue usando”, alega. No es la única manera que emplea para mantener presentes sus raíces, pues otra de sus batallas personales ha sido el uso de su acento granadino, una seña de identidad que se niega a neutralizar a pesar del prejuicio histórico que arrastra el pop nacional.
El proceso, según explica, supuso un profundo cambio creativo: “Te cambia la forma de escribir, porque te empieza a sonar todo distinto y algunas cosas no encajan en la sonoridad”. Para el artista, incorporar la fonética andaluza al pop es una cuestión de justicia cultural, y se ha esforzado por no perder el acento hasta el punto de que ya es algo que ni piensa, pues le sale automático. “El pop en Granada siempre se ha castellanizado y yo de adolescente no tenía referentes”, lamenta, celebrando que las nuevas generaciones estén perdiéndole el miedo a no neutralizar el lenguaje. “Hacen falta más referentes con nuestro acento en el arte”, concluye.
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