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Un repaso a las Brigadas Internacionales: entre el idealismo y la aventura

Un repaso a las Brigadas Internacionales: entre el idealismo y la aventura
Madrid —

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Madrid, 12 dic (EFE).- Desde las Cruzadas no se había vuelto a reunir un ejército transnacional de voluntarios tan numeroso, ni quizá tampoco con un motivo tan claro como lo fue el de la lucha contra el fascismo, que en 1936 aglutinó a los 35.000 combatientes de las Brigadas Internacionales que lucharon en la Guerra Civil al lado de la República.

Este es el argumento fundamental con el que el historiador británico Giles Tremlett construye su voluminoso libro "Las Brigadas Internacionales. Fascismo, libertad y la Guerra Civil española" (Debate), recién publicado, y en el que presenta la intervención de estos voluntarios en España como una parte de la lucha contra el fascismo que caracteriza la década de los años 30 y del que la contienda española es solo un episodio.

En una entrevista con Efe, Tremlett afirma que los brigadistas llegaron a España para librar una guerra que en realidad son tres guerras a la vez y que no abarca de 1936 a 1939, sino que se prolonga hasta 1945, con la derrota del Eje en la II Guerra Mundial y el fin del fascismo como fuerza política dominante y con poder efectivo en muchos lugares del mundo.

Los brigadistas, afirma Tremlett, "combaten en tres guerras a la vez: la propia Guerra Civil, que la pierden; la guerra contra el fascismo global, de la cual la anterior es parte y que se gana en 1945, al concluir la Segunda Guerra Mundial, en la que muchos de ellos también combatieron".

La tercera guerra, sostiene, "es más bien un debate ideológico", exacerbado por las propias circunstancias del momento, y que se refiere a las polémicas que muchos de los brigadistas, los procedentes de las democracias liberales (sobre todo británicos, estadounidenses y franceses), sostuvieron con sus gobiernos por la cuestión de la no intervención en la contienda española

Tremlett defiende que detrás de un ejército de 35.000 voluntarios hay otras tantas razones que les animaban a luchar en España, "pero con una idea básica: el antifascismo", que tiene una dimensión muy amplia y no se puede entender solo como un combate entre el fascismo y el comunismo, sobre todo si se considera que muchos de los brigadistas no eran comunistas ni tenían nada que ver con el comunismo.

En este sentido, el autor destaca en su libro que las Brigadas Internacionales "no recibían órdenes de Moscú ni de ningún país, por lo que no resulta apropiado usar la etiqueta de 'ejército de la Comintern' que se les ha adjudicado en ocasiones. Muy al contrario, en sus filas había izquierdistas de todo tipo, centristas, un puñado de demócratas conservadores, católicos, protestantes, ateos, judíos, musulmanes y también aventureros agnósticos", si bien es cierto que hay un predominio comunista.

Con todo, y pese la buena acogida que les dispensó la población civil, cuando las Brigadas Internacionales llegan a España, a comienzos de noviembre de 1936, el entonces jefe del Gobierno, el socialista Francisco Largo Caballero, no las ve con muy buenos ojos, pues las considera como una cuña comunista que puede amenazar el frágil equilibrio de poderes entre las fuerzas políticas republicanas.

"Largo es socialista y en las brigadas predominan los comunistas, lo que rompe el equilibrio. La presencia de las brigadas implicaba más elementos comunistas o del campo comunista; esa es la razón política. Por otro lado, Largo tiene un punto de orgullo nacional español que le lleva a preguntarse para qué hacían falta extranjeros", sostiene Tremlett.

Para la realización de su obra ha consultado archivos hasta ahora no frecuentados por los historiadores occidentales como los que se encuentran en Moscú y los de la Internacional Comunista, la Comintern.

Tremlett también incide en la contradicción que podía haber (y que de hecho se acababa manifestando) entre el hecho de que las Brigadas contaran con el apoyo de la URSS (aunque no dependieran de ella) y que al mismo tiempo este país, el otro gran totalitarismo del siglo XX, contribuyera a la lucha antifascista en unión de elementos procedentes de países no comunistas y que tampoco en muchos casos eran de ideología comunista.

"Hay una contradicción, evidentemente. Sin embargo, la guerra es binaria: o vas con unos o vas con otros, de modo que tus compañeros de viaje no es gente a la que elegirías libremente, pero no te queda más remedio que hacerlo si quieres ganar", afirma.

"Todas las decisiones que se toman en la guerra tienen ese fondo binario, del cual las Brigadas Internacionales son un ejemplo claro: Había un enemigo común y ese era el aglutinante que sostenía su combate", recalca el historiador, quien subraya que "no es el comunismo lo que define a las Brigadas pero sí es lo que las aglutina y organiza".

Tremlett resalta también la importancia que tuvieron las Brigadas Internacionales en el plano militar. No fueron una simple amalgama de entusiastas, sino que aportaron un elemento decisivo para, al menos, hacer que la guerra no se resolviese en poco tiempo en favor de los sublevados el 18 de julio de 1936.

Los brigadistas se incorporaron a la defensa de Madrid en noviembre de 1936, cuando la ciudad estaba a punto de caer porque las tropas nacionales se encontraban a sus puertas y la resistencia comienza a flaquear.

"Sin las Brigadas, probablemente habría caído Madrid. Sus miembros sostuvieron la tercera parte del frente en la Ciudad Universitaria, desde el río Manzanares hasta el Clínico. En ese sentido su papel fue clave, como lo fue en las batallas del Jarama o de Guadalajara", en 1937, en las que las fuerzas republicanas lograron detener el que parecía un avance imparable de las tropas nacionales hacia la capital.

La Batalla del Ebro (julio-noviembre de 1938) es el "canto del cisne" de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil.

"El Ebro es el final de las Brigadas como unidad. Se marchan por decisión del gobierno republicano. Son despedidos con honores. La Guerra Civil termina el 1 de abril de 1939 y el 1 de septiembre de ese mismo año Hitler invade Polonia", recuerda el historiador, quien culmina con una reflexión:

"Entonces todo el mundo se dio cuenta de que el debate ya no tenía sentido: había que combatir al fascismo con las armas en la mano".

Fernando Prieto Arellano

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Publicado el
12 de diciembre de 2020 - 13:50 h

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