Crítica
Alberto Conejero sorprende con un profundo retrato generacional de la mujer en 'Tres noches en Ítaca'
La nueva obra de Alberto Conejero dividirá más que nunca a esa población llamada público. Tres noches en Ítaca, esta historia de tres hermanas que velan y entierran el cuerpo de su madre, girará por toda España después de su estreno en Madrid. Y el público, ese ser informe de muchas cabezas, tendrá que decidir a qué va al teatro, qué es lo que busca. Muchos navegarán por la emoción de la obra como por aguas propias, pero otros tendrán que decidir si están abiertos a acoger esa pequeña puñalada que tantas veces no nos permitimos: la del sentimiento que brota como un animal que oprime el pecho.
Muchos, porque muchos años estuvo en parrilla, nos hemos educado sentimentalmente no al modo de Gustave Flaubert, sino con 'Estrenos TV', aquel programa de RTVE en que se exhibían películas de bajo coste, realizadas para la televisión y que trataban conflictos de familia o pareja de la manera más edulcorada. Varias generaciones se vieron más de una vez un domingo a la tarde hipando con vergüenza de sí mismos ante cualquier película con Kate Jackson o sus infinitas replicantes en esas casas tan americanas e iguales. Los españoles sufrimos una malformación, tuvimos que saber luchar y pertrecharnos ante tanto manejo espurio de emociones. Por supervivencia. Y sobrevivimos, pero quedamos también, de algún modo, inhabilitados para la emoción en el arte.
Tres noches en Ítaca nos cuenta el encuentro entre tres hermanas en la Isla de Ítaca por la repentina muerte de su madre, profesora de griego que un día decide abandonar a su marido e irse a vivir a una pequeña casa en la isla griega. Durante tres noches conoceremos a Penélope, la hermana mayor (Amaia Lizarralde); a Elena, la hermana mediana (Cecilia Freire); y a la pequeña, Ariadna (Marta Nieto). Y veremos cómo van afluyendo secretos y frustraciones mientras todas ellas comienzan a lidiar con la ausencia dolorosa de su madre.
Conejero no ha realizado un melodrama. Tampoco la obra es una comedia dramática, ni una tragicomedia, aunque contiene ciertos gramos de cada uno de esos géneros. Tres noches en Ítaca es, eso sí, un cambio en el teatro de este dramaturgo. El teatro de Conejero, con obras como La geometría del trigo, Usuahia, La piedra oscura o El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca, se centró en indagar el pasado y la memoria, pero buscando cómo habita ese pasado en nuestros presentes y los transforma. Un teatro también de emoción, pero salpicado de giros formales, desde la irrupción autobiográfica hasta la ruptura del tiempo teatral a través de pretextos o anomalías lógicas y formales.
En esta obra, esa carga formal desaparece. El dramaturgo arriesga todo a una comedia dramática donde se respeta la carpintería teatral del género: unidad de tiempo, tratamiento realista, presencia del humor como contrapunto. Y también conflicto: la hermana pequeña, Marta Nieto, una astrónoma entregada a su carrera científica, no perdona a la madre el haber abandonado la casa familiar. Será ese conflicto el que hará avanzar la pieza, que acabará en catarsis y con el público encogido. El día del estreno se podían intuir en las butacas vecinas el encogimiento, los pañuelos y un tragar saliva continuo y tenso.
Ahí, el españolito mal formado en lides emocionales puede preguntarse si lo están manipulando, porque la tercera jornada es de aúpa. Una jornada en la que además, el dramaturgo, para echar más leña al fuego, se incorporará en la trama a través del elemento teatral romántico por excelencia: una carta.
Esa decisión, la de sentirse dentro o expulsado, será una decisión intransferible de cada espectador. Pero también es de rigor decir que no es esta una emoción no sustentada que tenga como único fin hacer saltar la lágrima. Hay otros elementos que hacen el trabajo más poliédrico, que lo sustentan y lo enraízan.
El primero es la escritura, pues Conejero escribe bien y, además, en esta obra está en territorio propio: el mundo heleno. El texto es cultista en el buen sentido, está lleno de referencias, pero no demostrativas, sino que van engarzando tradiciones y acercándolas. Conejero usa todo su conocimiento para contar y explicar quiénes son estas hermanas y quién es su madre fallecida. El segundo es su mirada continua, siendo militante, pura sensibilidad gay que se identifica y comparte el universo femenino, que consigue atrapar la esencia de esas mujeres en escena.
Y el tercero es su conocimiento de la literatura clásica, que hace que el universo griego irrumpa con fuerza y buen tino. Los lestrigones, esos gigantes de Homero, se convierten en los monstruos a los que se enfrentan cada una de las hermanas: el alcohol y el deseo de Elena, la fidelidad autoimpuesta de Penélope, el minotauro de Ariadna que es ella misma. Los lotógafos, esa tribu que come loto para olvidar, seremos nosotros mismos mirando el móvil. E Ítaca, esa isla a la que regresar, se hace presente en escena, con todo su silencio todavía inocente y un “mar que todavía no se ha cansado de los hombres”.
Además, los personajes de la obra llevan en sus venas pequeñas gotas de Chéjov, Ibsen y Williams. Mujeres fuertes pero también rotas. Blanches Dubois que se niegan a no vivir. Olgas que conforman su realidad a base de responsabilidades autoimpuestas que no son sino excusas. O Ninas que tienen que seguir dando portazos a un mundo construido contra ellas. Pero son gotas de sangres renovadas, no melancólicas. Los problemas a los que se enfrentan los tres personajes son actuales. Elena es actriz, vive en la intermitencia y precariedad del sector teatral agudizada por ser mujer de más de 40. Penélope es una mujer enredada entre dos mundos, el de la vida marital por la que ha optado y el deseo de seguir sintiéndose viva y deseada.
La contradicción de la mujer contemporánea
El dilema al que se enfrenta Ariadna consigue poner en escena una de las contradicciones actuales de la mujer contemporánea cuando grita: “¿Qué vocación hace que la vida te estorbe?”. Una científica de éxito se enfrenta a un mundo donde las humanidades son atacadas por tecnofeudalimos retrógrados. Ariadna, mientras, lucha contra los Escilas contemporáneos, esos monstruos de seis cabezas de la Odisea, y se le olvida vivir.
Hay una frase de Ariadna que resuena fuerte en escena: “No me sostienen mis ancestros, ni tierra ni árbol. Me he quedado sin raíces. No tengo tradición, no tengo religión, trabajo en un idioma que no es el mío y nombro con él aquello que aún no existe, o que quizá nunca exista, mientras las palabras de mi casa y mi familia iban perdiendo sentido”. “Rojipardismo”, esgrimirán unos, pero el caso es que todas estas capas dotan a la obra de profundidad, de aristas y complejidad.
Otra de las bazas de la obra es María Goiricelaya, dramaturga y directora de La Dramática Errante. Dirige a tres muy buenas actrices y sabe sacar jugo de cada una de ella. Además, es un acierto el haber incluido las didascalias, las notas de autor, en la trama. Cada actriz irá diciéndolas en escena, describiendo lo que las otras hacen, distanciando así la acción teatral, permitiendo que la carga reflexiva de la escritura de Conejero coja cuerpo en escena.
Aun así, la obra también genera dudas. Unas pequeñas y que irán desapareciendo. Marta Nieto es una gran actriz, pero su personaje recorre un gran arco emocional, desde la frialdad hasta el romperse en escena. En el estreno no lo tenía dominado por completo. Lo hará. Pero hay otras de más difícil solución. Una de ellas es la escenografía.
Pablo Chaves es el responsable de varias maravillas como Pequeño cúmulo de abismos, La fortaleza o Los nuestros. En esta ocasión la propuesta es plana, por lamentablemente fea y por agarrarse a una estética del teatro moderno que delata una voluntad comercial que este montaje no necesita. La casa de la madre, ese observatorio al mundo donde transcurre la pieza, es de un blanco de IKEA poco soportable. Los laterales, de un simbolismo demasiado tópico, tampoco abren juego escénico. Chaves en un buen escenógrafo, pero este y su anterior trabajo, un disparate innecesario en una obra fallida, Historia de una maestra, hace que se imponga cierta reflexión sobre qué es teatral y qué no en la escenografía actual.
El giro de Conejero al teatro de la comedia dramática es sorpresivo. Un género que en este siglo ha sido preeminentemente femenino en autoras como Denise Despeyroux, Lucía Carballal, Carolina África o Marta Buchaca. Conejero se inserta en ese flujo teatral donde los personajes luchan entre contradicciones propias y un mundo cada día menos humano, menos humanista, donde los cuidados, las brechas generacionales, los exilios, el dolor y la ausencia atraviesan a los personajes.
La obra, después de Madrid, recorrerá Zamora y Málaga en abril, Murcia y Soria en mayo, Tenerife en junio, León en octubre, Euskadi en noviembre y enero… Una oportunidad para que cada espectador decida dónde está frente a un teatro que te interpela desde la emoción y que ausculta con qué mimbres hemos construido nuestra sensibilidad.