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Crítica

'Play', una llamada a la insurrección frente a la sociedad de la posverdad

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Matías Umpierrez ha estrenado en el Centro Cultural Conde Duque Play, un ritual híbrido y experimental. Este argentino es uno de los creadores punteros en Hispanoamérica de ese espacio difuso que queda entre las artes. Una pieza que no es teatro, ni una instalación artística, ni una performance y es todo eso a la vez. En esta ocasión, con un formato engañosamente teatral, Umpierrez ha presentado una pieza que intenta diseccionar al mismo tiempo que canibalizar la sociedad occidental actual. Una sociedad donde predomina el odio al otro, la dominación, la injusticia y la manipulación.

La primera sensación que tiene el espectador ante este trabajo es de “locurón”. Umpierrez está solo en escena y lo hace todo. Mueve los objetos, encarna todos los personajes, baila, activa sonidos de casetes, manipula luces… Y además, él es el responsable de toda la inmensa investigación sobre la que se asienta la obra. Una pieza en la que las citas apabullan y en el que hay una inmensa documentación fruto de un solitario proceso de investigación.

Umpierrez crea un collage infinito, que es como el Atlas Mnemosyne de Aby Warbourg, pero en vez de tratar sobre el arte, como la obra del historiador alemán, se convierte en una especie de “historia universal de la infamia” de la realidad actual. Todas son historias de opresiones, humillaciones e injusticias, pequeñas y grandes, que configuran el semillero perfecto para los discursos del odio tan presentes hoy en día. 

Pero Umpierrez las combina con inteligencia. Primero porque no lo reduce a una visión ideologizada de primero de párvulos. Si bien la obra está cargada de una visión marxista de la sociedad y la historia, Umpierrez sabe que la violencia tiene mil caras. No solo es la que ejerce el Estado, sino la de procesos de protesta social enfebrecidos ante la injusticia social o la de individuos apartados y humillados por el sistema como en la masacre de Virginia Tech en 2007, en la que un coreano disparó y mató a 32 personas. 

Y segundo, porque toda esa acumulación se ve intercalada por historias donde la realidad y la ficción se desdibujan. Casos reales como la del joven Sewell Seltzer, que se suicida porque está enamorado de un chatbot, o casos delirantes como el del filósofo Jian Wei Xun, que se dio a conocer con una poderosa teoría filosófica, la “hipnocracia”, y que resultó ser una creación de IA. La ignominia y la injusticia campan hoy en un vertedero donde nada es lo que parece, la verdad se difumina y lo execrable convive con un anuncio de yogures. “Si lo falso se toma como la verdad, entonces la verdad se hace falsa”, se dice en la obra parafraseando al escritor chino del siglo XVIII Cao Xuequin. 

“Me defino como ex-humana”

“Me defino como ex-humana. No quiero pertenecer a esta especie siniestra, genocida”, Umpierrez reproduce estas palabras de la antropóloga argentina Rita Segato, dichas en la televisión mexicana a propósito de Gaza. “Es el último clavo en el ataúd de la Carta de los Derechos Humanos”, añadía. Ese será el conflicto de la pieza: ¿qué hacer frente a una realidad que no es solo virtual o difusa, sino además claramente injusta, dura e insoslayable? La clave está en el dispositivo de la obra.

El dispositivo de Play emula la realidad que el artista critica: una sociedad donde la sobreinformación es la que cincela nuestra visión del mundo. Pero esto no es una contradicción ni un defecto, porque Play es, ante todo, un ritual antropófago. Nada más comenzar la obra, Umpierrez cita partes del texto Manifiesto Antropófago (1928) del poeta brasileño Oswald de Andrade. Durante la obra saldrán miles de citas a otras obras de Becket, Stuart Mill, Tomás Moro, Borges… La lista es interminable, pero es la obra de Andrade la que estructura esta pieza.

Andrade funda la cultura del Brasil poscolonial gritando en su manifiesto: “Contra todos los importadores de conciencia enlatada (…) Queremos la revolución Caraiba. Más grande que la Revolución Francesa (…) Nunca fuimos catequizados (…) nunca admitimos el nacimiento de la lógica en nosotros (…) Ya teníamos el comunismo. Ya teníamos la lengua surrealista (…) Contra la verdad de los pueblos misioneros (…) No fueron cruzados los que vinieron. Fueron fugitivos de una civilización que estamos devorando, porque somos fuertes y vengativos como el Jabuti”. Play, de igual modo que Andrade, defiende el ritual, la adivinación y el misterio frente al código civil y la gramática. La obra se adscribe a ese pensamiento poscolonialista. Pero ahora los colonizados somos todos. 

Hacia el final de la obra, sonará a todo trapo American Invasion, el tema de Lydia Lunch, neoyorkina punk y líder de Teenage Jesus & The Jerks. Ahí, con Lunch dándole a esa pieza de vanguardia del spoken word de los años noventa, reinarán en el espacio las cabezas cortadas (en látex) de filósofo creado por IA y de Dany, la realidad artificial del chatbot de la que se enamoró Sewell Seltzer. Pero también estará la cabeza de Joice Heth, la esclava que fue exhibida hasta su muerte, pues decían tenía 160 años y fue la niñera de George Washington. Ritual antropofágico de esta cultura de la nada, pero cargada del sufrimiento del pasado, de historia y conciencia.

Porque, aunque en la pieza todo parezca muy moderno —los visuales, el tratamiento del texto proyectado, el rojo escarlata predominante— Umpierrez, como los tupinambá en Brasil o los guaraníes en Argentina, aboga en Play por comerse al enemigo para así coger su fuerza y su rabia y combatirlo. Eso es en el fondo la obra, un ritual caníbal.

Podrá argüirse que la pieza es fragmentaria, que no hay conflicto teatral (sic), que es excesiva en metraje y citas. Pero mismamente esas son sus virtudes. El espectador quizá se quede por el camino porque su lenguaje no es narrativo ni teatral. La manera de hacer de Umpierrez en escena es escasamente dramatizada. Esa manera pudiera parecer que encripta el significado. Al igual que la estructura rizomática de la pieza. Pero quizá esto tenga más que ver con una oferta cultural donde todo llega masticado, donde los lenguajes los aceptamos si los conocemos primero, donde aceptamos lo reconocible. 

Tras los cien minutos de espectáculo, con las meninges un tanto ya derretidas ante el dispositivo galvanizador propuesto, uno se quedaba pensativo frente a la figura de este atípico creador. Ahí, solo, rodeado de objetos, saludando. Pupilo de uno de los grandes del teatro, Robert Lepage, y meritorio de la beca Rolex en Estados Unidos (la beca artística más exclusiva del mundo). Un creador que ha mostrado sus piezas en museos y teatros de medio mundo y ahora reside en Madrid. Ahí solo, totalmente latinoamericano, como un Osvaldo Lamborghini de la vanguardia escénica, solo como un Fogwill en un convento. Solo y mirando al mundo.