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Loles

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Las calles de la ciudad de València andaban de fiesta. Cada cual a su manera, se disponía a su celebración particular. Lo de siempre cuando se acerca el 9 d’Octubre. Banderas, canciones, aplausos, insultos, pitos como los que usaban antes los jefes en las estaciones de trenes. No sé si ahora aún los usan, a lo mejor sí: pero yo no me entero. En esos días yo andaba (todavía ando) a casi dos mil kilómetros de distancia. Escribir es casi siempre andar lejos de donde escribes. Pasar del tiempo detenido en Gestalgar al bullicio extranjero de las ciudades ilimitadas -como la luz que cantaban Vicent Andrés Estellés y Ovidi en uno de sus poemas que más quiero- es como atravesar un túnel de luces y de sombras que van y vienen, que aparecen y desaparecen, que al final ya no sabes si eres de aquí, de allá o de ninguna parte, que es lo contrario (o eso creo) de lo que cantaban los Beatles en una canción de cuando éramos jóvenes y creíamos tener por delante más vidas que los gatos.

En esas vidas andábamos mucha gente. Los tiempos empezaban a ser otros, aunque para otra mucha gente los tiempos siguieran siendo los mismos de antes, tan llenos de oscuridad, tan vacíos de libertades sin adjetivos, para nosotros tan decididamente volcados en la esperanza. Fue cuando conocí a Loles. Recuerdo perfectamente el día en que la encontramos Manolo Miró y yo a la puerta del despacho laboralista que Quique, Javier y Aurora tenían en la calle Cirilo Amorós. En ese despacho nos pasábamos días enteros porque los nuevos tiempos -como digo- estaban llenos también de andrajosos restos de los tiempos viejos. Uno de esos días llegó Loles y se quedó con nosotros para siempre. Y desde entonces formamos Quique, Loles, Manolo y yo mismo una pandilla que siempre -pasara el tiempo que pasara sin vernos- se mantuvo como esas pandillas de duración insobornable que salían en los tebeos de la infancia.

Ahora hacía tiempo que no nos veíamos. La amistad grande es la que no necesita marcar con una crucecita las fechas de las citas en los calendarios. Por eso la pandilla seguía como siempre, sin un minuto de bajón o de desgana, con la misma fuerza de aquel primer encuentro que tuvo lugar hace cuarenta años por lo menos. Luego, muy poco después, Loles y Quique se pusieron a compartir sueños comunes (o como se llamara aquello que vivíamos más o menos a trompicones) y después llegaría Jordi, a quien acunábamos de madrugada con las canciones entonces ya antiguas de Los Brincos y no sé si también de Los Mustang o Los Sírex, y las versiones de Lluís Llach o Viglietti que a la guitarra cantaba el propio Quique con voz poderosa, como a lo Luciano Pavarotti. El tiempo de las cerezas. Los sueños que tuvieron su momento, como todo lo que nunca te resignas a que impunemente te lo roben quienes se dedican a robarlo todo, los sueños y lo que se les ponga por delante.

Nunca esos chorizos de los sentimientos nos podrán robar la sonrisa de Loles, la alegría aunque estuviera hecha polvo de Loles, la manera que tenía Loles de evitarnos a todas horas el hundimiento del Titanic. Escribo esto a dos mil kilómetros de distancia. Lejos de la fiesta en las calles de València, de ese facherío que nos quiere seguir rompiendo lo que hemos ido construyendo, también a trompicones, durante tanto tiempo, un tiempo que sigue siendo una mezcla extraña de nuevos y viejísimos tiempos. Y también lejos de la tarde de hace unos días en que Loles nos dejó más solos que la una. Llorar es una manera de escribir una ausencia infinita. Eso hice, un rato antes o después de hablar de mis novelas en los sitios franceses de tan lejos. En el hotel, aquella tarde, leía los poemas de Anna Ajmátova: vivir es acostumbrarse a vivir. La pandilla de los cuatro nos habíamos acostumbrado a vivir con las risas de Loles, con su manera de contarle al mundo que ninguna rendición entraba en las cuentas de su vida, con la gracia increíble que ella tenía para salvarnos de todos los naufragios.

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