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Colectivos precarios dan el paso para organizarse y reivindicar sus derechos

Protesta de Las Kellys en Barcelona.

Ana Requena Aguilar

En el escenario del Primavera Sound 2016, Radiohead, PJ Harvey, o Tame Impala. Fuera de los focos, decenas de trabajadores españoles de la música creaban el sindicato de músicos, intérpretes y compositoras. El glamur del escenario y la publicidad de los grandes festivales no llegan a sus bolsillos.

“Siempre se piensa en la fama o en la escena emergente, no en toda la zona intermedia. Somos falsos autónomos, muchas veces recibes ofertas de trabajo que implican que tienes que correr tú con todo tipo de gastos. Mucha gente después de diez años en la música sigue cobrando poquísimo o no cotizan. Hasta ese momento luchábamos en solitario contra estos problemas”. Adriano Galante ejerce como portavoz de la organización nacida en Barcelona, que ya tiene réplicas en Madrid, Valladolid y Valencia.

En un mercado laboral inestable y cambiante, en el que figuras como la del falso autónomo, los sueldos escasos y las externalizaciones son el pan de cada día, hay colectivos que han decidido autoorganizarse. No siempre se han sentido representados por las organizaciones tradicionales, pero también reclaman su sitio el Primero de Mayo, día del trabajo.

La Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras es una de las asociaciones que han surgido en los últimos tiempos para combatir su propia precariedad. “Reivindicamos nuestra condición laboral, no mercantil. En el sector musical te suelen decir que tú eres tu propia empresa, tu propio jefe, no nos consideran trabajadores”, se queja Galante, que insiste en que en la música no existe “clase media”.

El sindicato ha escrito un manual de buenas prácticas con el que trata de que se mejoren las condiciones del sector. Sus reuniones con algunas administraciones ya están teniendo resultado. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Barcelona ha firmado un manifiesto suscribiendo algunas de esas demandas para las fiestas mayores y los festivales. En otros casos, ayuntamientos y locales se están encargando ya del alta y baja a la Seguridad Social de los músicos que contratan. 

Uno de los movimientos que mejor encarna la organización contra la precariedad es el de Las Kellys. Las camareras de piso de los hoteles han conseguido visibilidad, hasta el punto de que los grupos políticos debaten en el Congreso medidas para mejorar las condiciones del colectivo.

“No somos la marca blanca de ningún sindicato”, dejan claro. Lo que comenzó como un desahogo acabó en la autoorganización a lo largo de 2015. Ahora, Las Kellys tienen grupos territoriales en varias ciudades españolas, especialmente en las ligadas al turismo.

Trabajo a destajo, dos euros por habitación, contratos temporales, medicación para poder aguantar los turnos, dolencias que no son consideradas enfermedades profesionales... Las Kellys reivindican una regulación mucho más estricta de las externalizaciones, el reconocimiento de trabajo penoso y la posibilidad de jubilarse anticipadamente o vincular la calidad de los hoteles a la calidad del empleo.

Uno de los primeros colectivos que decidió organizarse fue el de las empleadas del hogar. Han proliferado las asociaciones que buscan hacer fuertes a unas trabajadoras a las que la legislación laboral no ampara como a los demás. Poco antes de que estallara la crisis, un grupo de empleadas domésticas se agrupó en el Servicio Doméstico Activo (Sedoac), que formalizaron como asociación en 2008.

“Por entonces no teníamos derecho a baja por maternidad, la de enfermedad solo a partir del día 29, y no siempre era obligatorio dar de alta a la empleada. Era como para querer hacer algo”, explica Carolina Elías, miembro del colectivo.

Durante estos años la legislación ha mejorado, pero su situación sigue siendo muy precaria. “Todavía hay empleadores que piensan que te pueden echar cuando te quedas embarazada, la mayoría no conoce la legislación”, dice Elías. Repite algunas de las demandas del colectivo, como el derecho a paro, la posibilidad de que haya Inspección de Trabajo en el sector o la eliminación del despido por falta de confianza, una excepcionalidad laboral que solo se aplica a este sector.

La organización de las empleadas domésticas es especialmente compleja: dispersas y aisladas en domicilios, el desconocimiento de las normas (muchas son extranjeras) juega en su contra. Sedoac es una de las asociaciones más grandes y reúne a 50 empleadas. Una parte de su trabajo es hacia dentro, para empoderarse y formarse, y otra, hacia fuera, para tener incidencia política y aliarse con otras organizaciones. Para cumplir este segundo propósito, forman parte del Grupo Turín, una plataforma que desde 2012 agrupa a colectivos para avanzar en la dignificación del sector. 

Vender en el 'top manta'

Son el eslabón más débil de la cadena: trabajadores sin papeles y sin ningún derecho. Muchos están en las calles, ejerciendo de vendedores.

Hace año y medio, un grupo de personas fundó en Barcelona el Sindicato de Vendedores Ambulantes. Uno de sus portavoces, Daouda Dieye, critica que muchas ONG u otro tipo de organizaciones eran “blancos hablando de blancos o blancos hablando de negros”. En las conversaciones que mantenían en el Espacio del Inmigrante, donde hacían acompañamiento, empoderamiento, y contaban con un médico y una psicóloga de apoyo, surgió la idea del sindicato para propiciar una movilización desde dentro.

“No solo hablamos del mantero, hablamos de derechos humanos, de antirracismo, de los CIE o de clasismo”, dice Dieye. No hace falta ser mantero para participar en el sindicato, otras personas que no lo son están dentro para apoyar al colectivo y combatir el racismo o reivindicar los derechos de las personas que migran. Ya se han reunido con administraciones, están en proceso de crear una cooperativa con algunos de sus miembros y han tenido contactos con colectivos de otras ciudades. “Hemos pasado muchos niveles que no pensábamos. Estábamos escondidos y eso ha cambiado”.

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