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ANÁLISIS

Corea del Sur y Japón rememoran la crisis asiática y cambian el ‘chip’ de los activos IA y del ahorro

CoreaJapón
17 de julio de 2026 21:41 h

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Hace apenas un mes, Corea del Sur simbolizaba el entusiasmo inversor por la IA. Durante todo 2025, de hecho. Pero algo huele en su emblemático Índice Kospi que recuerda a la crisis monetaria de 1997. La atmósfera bursátil regional se ha deteriorado, hasta hacer cundir el nerviosismo desde comienzos de julio. Tras dispararse más de un 250% en un año, el MSCI Korea (Morgan Stanley Capital International), que controla la evolución de activos de compañías surcoreanas accesibles a inversores internacionales y determina sus flujos de capital, se ha contraído más del 30% desde sus máximos de junio. Con episodios de volatilidad desconocidos desde 1998. Ni siquiera unos beneficios récord de Samsung Electronics y SK Hynix han bastado para frenar una ola de ventas que cuestiona las valoraciones reales de las multinacionales del sector de los semiconductores.

Pero si el mayor de los tigres asiáticos –economía comparable en tamaño a la española– se está desmarcando del fervor inversor por la IA, en el que los chips han pasado a ser la estrella de las cotizaciones con Nvidia ya destacada como la empresa con mayor capitalización, Japón está protagonizando un viraje mucho más silencioso. Pero potencialmente más trascendental.

El rendimiento del bono soberano a 30 años ha escalado a máximos en tres décadas mientras el Banco de Japón (BoJ) desmantela, sin prisa pero sin pausa, la política monetaria ultra-expansiva, con tipos pegados a cero, que instauró hace treinta años para combatir la deflación y reanimar el gasto de un consumidor. Propenso hasta límites insospechados, al ahorro.

Este cambio de registro ha generado un verdadero interrogante inversor. Y no solo en el parqué japonés. También en las plazas internacionales. La cuestión no gira tanto en torno a averiguar cuánto y en qué momento el BoJ encarecerá el precio del dinero –asunto ya descontado– como en saber lo que ocurrirá si aseguradoras, bancos y fondos de pensiones japoneses comienzan a repatriar parte de los billones de dólares invertidos en EEUU y Europa.

A primera vista, ambos episodios no parecen conectados. Al fin y al cabo, el escenario bursátil en Asia podría entenderse como una corrección por un episodio febril agudo de la IA en un telón de fondo que augura el final del dinero barato en Japón. Pero el mercado empieza a consensuar que son dos actos de una misma pieza teatral: la de que el ahorro asiático –pilar neurálgico del sistema financiero internacional de las últimas tres décadas–, ha emprendido un giro de guion que retrotrae a los inversores a la crisis financiera de 1997. Desencadenada por la caída libre del bath tailandés y que contagió a la práctica totalidad de las divisas de los tigres asiáticos de forma fulminante, en una especie de carrera competitiva por ganar atractivo monetario que hizo saltar por los aires las frágiles costuras de sus economías.

Similitudes y diferencias de la crisis del 97

La comparación resulta inevitable, aunque, de momento, engañosa. Entonces, el problema fue la escasez de dólares y la fragilidad de los mercados emergentes. En la actualidad, sin embargo, el riesgo es de otra índole. Asia acumula exceso de ahorro, Japón sigue siendo el gran acreedor global y Corea del Sur presenta un patrón productivo sólido, alejado, aunque no del todo, de los viejos conglomerados industriales –chaebols– protegidos institucional y financieramente desde Seúl. De modo que la inquietud no reside ahora en un déficit de capital, como en los noventa, sino, más bien, en los daños colaterales de un cambio brusco de timón de esos flujos inversores.

De hecho, la fragilidad del MSCI Korea ha impulsado la predicción de la volatilidad a 60 días hasta su cota más alta desde 1998; incluso por encima de los registros del colapso crediticio de 2008. Tanto, que los denominados mecanismos automáticos de suspensión de la negociación (circuit breakers) se han activado siete veces este año. Algo sin parangón en el último cuarto de siglo.

El nerviosismo imperante resulta todavía más llamativo porque llega cuando los resultados y los fundamentos empresariales son extraordinariamente sólidos. Samsung acaba de multiplicar por 19 su beneficio trimestral y SK Hynix ha protagonizado la mayor salida a Bolsa de una empresa foránea en EEUU con una captación de 26.500 millones de dólares, lo que ha propiciado que su CEO, Kwak Noh-Jung, aventure que la escasez mundial de memorias avanzadas para IA podría prolongarse más allá de 2030.

Sin embargo, ni unas ganancias históricas ni unas perspectivas de demanda excepcionales han impedido que los inversores cuestionen unas valoraciones que parecían tener crecimientos sin límites. Por el contrario, esta semana ha ganado adeptos la consigna de mercado de diferenciar entre acciones de compañías de circuitos integrados con modelos de IA realmente vanguardistas o con exceso de equipaje inversor. Síntoma que se aprecia en el índice SOX norteamericano, que integra a firmas con el sello chip, y que revela una trayectoria plana desde finales de marzo. Los semiconductores han sustituido al software como el enfant terrible del boom tecnológico.

A más de mil kilómetros de Seúl, otro mercado aparentemente tranquilo, como el japonés, envía señales de alerta. En este caso, por el rendimiento de su bono soberano a 30 años, que ha rozado máximos inéditos desde los noventa, lo que refleja la brusquedad del volantazo monetario del BoJ y que parece acuñar el epitafio a las compras masivas de deuda y renovar los controles de la curva de rendimientos en su mercado de deuda. El cambio es gradual, pero supone el final del mayor experimento monetario de la historia contemporánea: tres décadas de dinero gratis, sin tipos.

Cambio de tercio inversor

Este viraje tiene implicaciones cruciales. Más allá de las fronteras de Japón. Durante décadas, el exceso de ahorro del país del sol naciente ha avalado gran parte de la deuda federal americana y soberana europea. Aseguradoras, bancos y gigantes como el Government Pension Investment Fund (GPIF) –el mayor fondo público de pensiones del mundo– mantienen billones de dólares invertidos en bonos del Tesoro, deuda europea y otros activos internacionales. Pero si, como ocurre ahora, las rentabilidades del bono doméstico nipón continúan aumentando, una porción de ese capital regresará a Japón, elevará el coste de financiación de gobiernos y de empresas en Occidente y alterará el equilibrio que durante años ha sostenido los mercados globales.

Esta coincidencia –una bolsa tecnológica con alteraciones extremas como la surcoreana, junto al despertar del mercado de deuda japonés– es la que ha emitido el sónar inversor hasta alterar el ánimo de gestores, bancos de inversión y bancos centrales. No parece que porque se avecine un episodio crítico inminente. Pero sí porque ambos casos se encaraman a una misma longitud de onda, la de que el ahorro asiático, más trascendental de lo que se interpreta en Occidente, está virando sus hojas de ruta.

Es decir, no hay pánico a otro estallido financiero como el de 1997 que, por otro lado, surgió casi de la nada, sin que ningún gendarme multilateral, como el FMI, o inversor de postín, alertara de ello. Entre otras razones, porque los tigres asiáticos –y Japón, China o India– no sufren ahora déficits exteriores ni deudas denominadas en dólares o reservas insuficientes de divisas. Aunque Corea del Sur mantenga una banda de fluctuación con cierta rigidez desde que se desplomó el won en 1997. Pero sí una percepción del riesgo que ha pasado del ámbito monetario al mercado de bonos.

Tokio y Seúl han reforzado su atractivo por las reformas en sus gobiernos corporativos, en sus sectores con la vitola de estratégicos tecnológicamente y altamente competitivos en el exterior y por unas divisas que se han depreciado moderadamente, pero lo suficiente para impulsar sus exportaciones.

Sin embargo, y paradójicamente, esa fortaleza les ha reportado otras vulnerabilidades. En Corea del Sur, Samsung Electronics y SK Hynix concentran cerca de dos tercios del índice MSCI Korea, de modo que cualquier corrección en sus cotizaciones amplifica automáticamente los temores del mercado. El auge de los ETF –fondos cotizados– que se centran en un único valor, el elevado grado inversor de los minoristas, y la extraordinaria concentración del capital internacional en los semiconductores, han convertido la bolsa surcoreana en uno de los mercados más sensibles a cualquier cambio de expectativas sobre la IA.

Ni siquiera el comportamiento del won responde a cánones tradicionales. Pese al espectacular ascenso de la renta variable, la moneda surcoreana permanece en su nivel más bajo en relación con el dólar desde 2009. Debido a que muchos fondos foráneos se ven obligados a reducir posiciones y rotar carteras y los inversores surcoreanos siguen suministrando miles de millones de dólares a los índices tecnológicos de Wall Street. Atraídos por bigtechs como Nvidia, Microsoft o Apple.

El capital retorna a Japón, pero huye de la región

El resultado es un flujo constante de salida de capitales que mantiene bajo presión a las divisas. A ello se une el hecho de que, si los bonos japoneses ofrecen retornos altamente atractivos, el incentivo de conservar posiciones en deuda estadounidense, europea o australiana se diluirá de forma significativa.

En otras palabras, el mayor acreedor global –Japón– podría dejar de actuar como estabilizador precisamente cuando las necesidades de financiación de las economías de rentas altas alcanzan niveles históricos, y los ratings de deuda y solvencia de sus compañías comienzan a atisbar unas necesidades de reajuste. Por si fuera poco, Indonesia, Filipinas, Malasia e India han certificado esta semana fugas de capital. También los indicadores chinos, especialmente los tecnológicos. Imbuidos por la pérdida de fuelle de su PIB en el tercer trimestre, que remontó un 4,3% a siete décimas del objetivo, ya oficios, de crecimiento, y las dudas sobre la estabilización de su sector inmobiliario y de los gastos de consumo de hogares y de inversión empresarial.

En medio de una climatología con nubes y claros por un dólar que recupera su músculo perdido en 2025 y que ha vuelto a inaugurar un baile de divisas que, en Asia, despierta pesadillas ocultas.

“El dinamismo de buena parte del continente tendrá que sortear presiones crecientes” alerta el economista jefe para Asia de HSBC, Frederic Neumann, para quien las autoridades monetarias de la región “deberán decidir entre subir los tipos para sostener sus monedas o proteger unas economías amenazadas por la desaceleración”. En sintonía con Christopher Wong, estratega de divisas de OCBC, que advierte de que las intervenciones cambiarias de sus bancos centrales “solo podrán estabilizar temporalmente el mercado mientras persista el voltaje geopolítico y la deuda de las potencias industrializadas siga atenazando sus coyunturas y presupuestos”.

La historia invita a la prudencia, dice Rob Subbaraman, economista jefe de Nomura, al recordar que tanto en la crisis asiática de 1997 como en la de la deuda europea de 2012 las reservas de divisas parecían suficientes “hasta que los mercados cambiaron de opinión”. Cuando aumenta la percepción del riesgo, las primas exigidas por los inversores pueden dispararse en cuestión de semanas.

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