Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Venezuela se vuelca en una búsqueda de desaparecidos a contrarreloj
Pedro Sánchez busca el cierre de filas del PSOE ante el nuevo ciclo electoral
Opinión - 'Traidores', por Rosa María Artal
ANÁLISIS

Cuba viaja al centro del capitalismo chino bajo el asedio y la vigilancia de su vecino del norte

Díaz-Canel abraza a Raúl Castro, en la reaparición del general en público por su cumpleaños tras la imputación de EEUU
26 de junio de 2026 22:01 h

1

La supervivencia política y económica de Cuba del último cuarto de siglo se entiende con nitidez si se acude a la biografía de Eusebio Leal Spengler (1942-2020), ensayista e investigador cubano, conocido como El historiador de La Habana. Su ciudad. La que le vio nacer y morir y, por encima de todo, la que le impregnó de su espíritu reformista indomable. Leal, discípulo de Emilio Roig, de quien heredó la nomenclatura de su cargo, hizo suyo también su reto, surgido en los ochenta, de restaurar íntegramente La Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por Unesco. Pese a no tener acceso a créditos multilaterales por el veto de EEUU a una Cuba sometida al más prolongado embargo de la era moderna por decisión unilateral de su vecino del norte, después del triunfo de la revolución comandada por Fidel Castro que acabó, en 1959, con el régimen de Fulgencio Batista.

Leal, figura de reconocido prestigio dentro y fuera de la isla, se las ideó para seguir la estela de su mentor a través de una singular estrategia que combinó la lavada de cara de áreas como la del cinturón marítimo que rodea su puerto (El Malecón) o las de las plazas Vieja, de Armas o de la Catedral mientras creaba servicios sociales y proyectos habitacionales. Con una mezcla de aperturismo económico y emprendimiento privado que le reportó una red de recaudación de ingresos, principalmente recabados desde el negocio turístico. Haciendo uso, por ejemplo, de no pocos señuelos para captar divisas como el de los hoteles Ambos Mundos (donde se alojó el escritor Ernest Hemingway, gran amante de la isla), Santa Isabel, palacio colonial transformado en estancia de lujo o Conde de Villanueva, mansión del XVIII convertida en boutique hotelera especializada en turismo cultural.

Todo ello formó parte del llamado modelo Habaguanex, de la Oficina del Historiador, la gestora que reinvertía los beneficios larvados por el turismo en viviendas, escuelas, centros de mayores y servicios sanitarios del casco histórico. Sin préstamos del exterior, Leal tiró de ingenio y de la argucia cubana para revitalizar una ciudad que se movía entre la imagen decrépita del paso del tiempo y la belleza decadente, pero aún visible, de la Joya del Caribe. Al tiempo que demostraba que el rígido régimen revolucionario podía dejar margen de maniobra a una administración de la economía dotada de mayor pragmatismo privado. 

La Habana Vieja de Leal pudo ser un laboratorio del socialismo de mercado que en la actualidad parece inspirar las reformas liberalizadoras urgentes que el sucesor de los hermanos Castro --de Fidel y de Raúl-- ha impuesto para tratar de quitarse el yugo que le ha colocado la Administración Trump y su vuelta a la Doctrina Monroe. El gobierno de Miguel Díaz-Canel desea importar ahora el modelo instaurado por China bajo el mandato de Deng Xiaoping. Mientras desde Washington se presiona para que se materialice un cambio del orden político en su archienemigo regional.   

Cuba está más acorralada que nunca. Incluso más que tras la extinción de la Unión Soviética. El país no recuerda unos episodios de alarma socio-económica similares desde el llamado Periodo Especial que siguió a la caída del Muro de Berlín y la ruptura de sus alianzas geoestratégicas con el Kremlin de la vieja URSS. El escenario, agravado por el cierre de los flujos energéticos de crudo venezolano tras la detención de Nicolás Maduro, es de suma emergencia. Así lo admite el propio Díaz-Canel, cuando enfatiza que los problemas del país “no pueden atribuirse sólo al bloqueo estadounidense, sino también a la burocracia, la ineficiencia y los obstáculos internos que frenan la producción”. Todo un viraje de la narrativa oficial.

Detrás de las palabras de Díaz-Canel subyace un ejercicio de supervivencia. Cuba sigue alejada de las instituciones multilaterales, sin acceso a créditos del FMI ni a financiación de proyectos del Banco Mundial o instituciones regionales como el IADB, siglas en inglés del Interamericano de Desarrollo. Y sin rastro de que la oculta, aunque efectiva, diplomacia panda china, emita señal alguna de una cooperación intensa con La Habana. Pese al estrangulamiento de Washington, que no ha tenido reparo alguno en enviar a su jefe del Pentágono, Pete Hegseth, a Guantánamo como signo del rescate de la Doctrina Monroe en la versión Trump 2.0 y su inserción en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional americana de 2025. Cuba está en su punto de mira.

La Monroe responde a la recuperación de la visión hemisférica de la década de los sesenta que eligió a la comunidad latinoamericana como prioridad exterior estadounidense. Su patio trasero. Restablecida ahora por obra y gracia del secretario de Estado, Marco Rubio, originario de la isla, adalid de los exiliados cubano-americanos de Florida y obsesionado con el derrocamiento del régimen, aduce ahora el riesgo de que potencias extrarregionales --alusión velada a China y su mano invisible inversora, comercial, financiera e industrial-- hagan uso de su poder e influencia geoestratégica en el continente.

Diagnóstico de choque con tratamiento ‘made in China’

La reacción de La Habana ante el cuello de botella energético, el desabastecimiento de bienes y servicios --muchos de ellos, de primera y urgente necesidad, con riesgo de desnutrición de niños y ancianos-- ha sido casi inmediata, con la aprobación de un amplio recetario de 176 medidas que supone, de facto, la mayor liberalización económica desde el triunfo de la revolución. Bajo la inspiración de las agendas reformistas del gigante asiático y, en menor medida, de Vietnam.

Quizás la de mayor enjundia sea la creación de la banca privada y el fin del monopolio financiero del Estado. Por primera vez desde las nacionalizaciones de la década de los sesenta. En busca de facilidades crediticias a empresas y hogares y de una mayor capacidad de atracción de capital dentro de un sistema productivo con serias dificultades para canalizar la inversión que demanda la modernización de su economía. En paralelo, se permitirá la entrada de accionariados privados en empresas públicas. Incluso foráneos. Todo un cambio de paradigma que rompe la esencia de la revolución castrista y la aproxima al modelo chino, en el que el Estado conserva y se reserva el control de sectores estratégicos, pero comparte capital y gestión con socios privados.

Pero Canel también abrirá el sector inmobiliario. Mediante autorizaciones de proyectos privados que anticipan liberalizaciones de suelo y demandan flujos de capital para rehabilitación urbana, construcción residencial y desarrollo turístico. Del mismo modo, la diáspora cubana dejará de ser un fenómeno externo. Los varios millones de nacionales residentes fuera de la isla tendrían seguridad jurídica, según La Habana, para repatriar fondos y realizar inversiones. La repatriación de talento y de las tasas de ahorro de sus exiliados están detrás de esta medida que se completa con ventajas para constituir pymes privadas porque --reconoce el ejecutivo cubano-- el Estado no dispone de recursos suficientes para seguir siendo el motor productivo del país.  

Junto a estos giros económicos irrumpen ajustes y devaluaciones monetarias. Cuba flexibiliza la política cambiaria para acometer depreciaciones del peso, corregir su distorsión con las grandes divisas globales y acercar así su valor oficial a la realidad económica. Estas maniobras implican riesgos inflacionarios y posibles pérdidas de poder adquisitivo. Además de instaurar un proceso de reducción de las trabas burocráticas, uno de los grandes cuellos de botella estructurales que pesa sobre el tejido productivo cubano. La reforma también incluye docilidad regulatoria para quienes produzcan, exporten o inviertan. Esencialmente, mediante recortes de requerimientos y permisos del sistema centralizado vigente durante más de seis décadas. 

En consecuencia, la inversión extranjera se erige en la tabla de salvación ante la falta de créditos multilaterales y de financiación internacional con la que suplir la escasez de divisas y modernizar las infraestructuras. Además de revitalizar sectores estratégicos como el energético, el industrial o el turístico. Un intento evidente de convertir la economía planificada en una de mercado que deja sin despejar la incógnita de si será factible la cohabitación pacífica entre el régimen político y la cambiante arquitectura productiva cubano y de si estas transformaciones se producirán con o sin conflictividad social, alertan los expertos.

Visión panorámica de los expertos

A diferencia de China, Cuba “no emprende esta reconversión desde una posición de fortaleza de su economía”, alerta Ricardo Torres, economista cubano y docente en la American University de Washington. Algo similar opina Carmelo Mesa-Lago, profesor en la Universidad de Pittsburgh y una de las voces más críticas en el exilio hacia el sistema productivo de la isla. A su juicio, el aperturismo de Díaz-Canel es un “reconocimiento implícito” de que el modelo estatal imperante no es capaz de crear prosperidad ni de disponer de divisas suficientes para sustentar su tejido productivo“.

Ted Henken, del Baruch College de Nueva York recalca que las nuevas medidas “reconocen una realidad que existe sobre el terreno”, la de que miles de pymes privadas “se han convertido en actores esenciales para el abastecimiento, el empleo y la generación de ingresos”.

Pero el éxito de la operación del delfín político de Raúl Castro no dependerá sólo de su habilidad para sujetar las riendas de Cuba. “La presión económica estadounidense sobre la isla ha dejado de ser una estrategia sancionadora” dice Stephen Walt, profesor de Asuntos Internacionales en la Harvard Kennedy School. Ahora, con la versión Trump 2.0, se ha transformado en “una táctica de asfixia con profundas implicaciones geopolíticas y humanitarias”, explica en Foreign Policy.

En apenas unos meses, Trump, que ha dado vía libre a Rubio para implantar la Doctrina Monroe, ha endurecido las multas a entidades vinculadas al conglomerado militar Gaesa, ha ampliado las restricciones financieras y energéticas y ha obtenido, además, un importante respaldo jurídico del Supremo estadounidense, al permitir a ExxonMobil reclamar compensaciones millonarias por activos expropiados tras la revolución de 1959.

Walt apunta a que la combinación de embargo, sanciones secundarias y presión sobre el sistema energético es una versión moderna de cerco económico. En línea con su colega Joseph Nye, que ostenta el estatus de profesor emérito en Harvard, y que recuerda que la influencia de la Casa Blanca “resulta más eficaz cuando contrarresta la coerción con poder para ordenar consensos”. Nye admite que bajo la perspectiva del actual inquilino del Despacho Oval, se corre el riesgo de provocar el efecto contrario y castigar a una economía que trata de avanzar con mecanismos de mercado y precisa que refuerza la narrativa histórica del régimen sobre la hostilidad de EEUU y dificulta que las reformas generen los recursos necesarios para estabilizar el país.

Etiquetas
stats