La culpa la tiene la criada filipina
Juan Carlos Escudier
Teníamos la casa como los chorros del oro, o eso pensábamos. Habíamos sacado brillo a la plata, teníamos extendida la mejor de nuestras vajillas y daba gloria ver las flores de nuestros jarrones. En esto, llega la OCDE, levanta un par de alfombras –persas, claro- y descubre que el mayodormo -hoy Solbes, ayer Rato, el hijo pródigo que vuelve a forrarse de una vez por todas- es de los que esconde la suciedad bajo los tapices y sólo cambia el polvo por brillo en los candelabros. Traducido al castellano, que si vamos como un tiro es porque estamos creando un nuevo proletariado mal pagado, constituido en su mayoría por inmigrantes. Y que si parece que los salarios del conjunto han perdido poder adquisitivo entre 1995 y 2005 es porque estos muertos de hambre nos bajan la media.
Los indiscretos chicos de la OCDE no han descubierto América, que para eso ya nos valemos nosotros mismos. De hecho, el aumento de la desigualdad, expresada gráficamente en una mayor brecha entre ricos y pobres, ya se había puesto de manifiesto en nuestros indicadores más domésticos, a los que no hacemos ni puñetero caso porque aquí muchos vamos calientes y nos da igual que el resto se ría o se emberrinche. Por sólo citar un ejemplo, la última Encuesta de Condiciones de Vida de finales del pasado año revelaba que el 19,8% de los hogares vivían en 2004 por debajo de umbral de la pobreza y que, de ellos, un 30% eran mayores de 65 años.
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