El espía tonto
Juan Carlos Escudier
A Alberto Saiz, el jefe de los espías, no hay que echarle por su carísima cruzada contra el pez espada, ni porque use a los agentes para limpiar el verdín de su piscina, ni siquiera por esa manía suya de meter en nómina a todos sus sobrinos y a la hija del magistrado que controla sus operaciones. A Saiz hay que darle el pasaporte por tonto, en afortunada expresión de Luis del Val en El Periòdic d’Andorra: “El Mortadelo que dirige a los espías no es un necio a secas, sino que pertenece al género de los necios engreídos, (…). Creen que un pedo se puede tapar con una tos”.
Era fácil llegar a esta conclusión antes incluso de que el director del CNI fuera al Congreso con las facturas de su pesquería senegalesa y culpara de sus tribulaciones a los manglanos, una “estructura endogámica” dentro de la Casa que se resiste a sus cambios. La culminación de esta conspiración interna, con la que Saiz ha sido incapaz de acabar en cinco años, habría sido la dimisión de toda la cúpula antiterrorista.