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Manía persecutoria

El monstruo de las escuchas telefónicas que inventó el PP para amenizarnos el verano sigue el guión de una película de terror: cuando todos lo dan por muerto, reaparece para dar un nuevo susto. Después de que Soraya Sáenz de Santamaría y el propio Mariano Rajoy dieran el tema por enterrado, ayer el zombie, casualmente, revivió. Cuatro veces. Primero fue el siempre bien vestido Ricardo Costa, quien dijo ser víctima de una “persecución silenciosa” por parte de “las más altas instancias del Estado” (¿la reina?). Después Juan José Güemes, consejero de Sanidad de Madrid, aseguró que “el gobierno socialista tiene una larga trayectoria de espionajes”. Más tarde Esteban González Pons, portavoz del PP, habló de “indicios suficientes” en las escuchas. Y por último la madre del cordero, María Dolores de Cospedal, que ni dimite ni aporta pruebas, pero que ayer volvió a reafirmarse en su denuncia, esta vez sin playa al fondo.

Tal vez hoy todos ellos rectifiquen, como Esperanza Aguirre. Pero como cuatro casualidades son mucha casualidad, sólo quedan dos respuestas para explicar por qué los muertos que mata Rajoy gozan de tan buena salud. La primera también es cinematográfica: al presidente del PP le pasa mucho lo de Al Pacino en El Padrino III. Cuando él creía que estaba fuera, los suyos le vuelven a arrastrar dentro. A pesar de su declaración de independencia tras la derrota de 2008, cuando dijo que iba a hacer las cosas a su manera y con su equipo, Rajoy sigue sin mandar, y antes eran Acebes y Zaplana y ahora son Aguirre y De Cospedal quienes le marcan el discurso. La segunda posible explicación la da otro truco peliculero: el poli bueno, el poli malo. O no.