El sueño de Gabo que cambió el periodismo
Hay una historia poco conocida sobre el origen de la Fundación Gabo. Es la historia de un periódico que nunca llegó a existir.
A comienzos de los años ochenta, Gabriel García Márquez sintió que tenía una deuda con Colombia. Había conquistado el mundo con sus novelas, con unos libros que beben del sustrato de esa cultura y esa tierra. Y Gabo sentía que debía devolver a su país algo de todo lo que le había dado.
Su primera idea fue fundar un nuevo periódico para Colombia. Pero no un periódico cualquiera. Quería hacer el mejor periódico del mundo. Ya tenía incluso un nombre: El Otro.
No soñaba con un gran negocio ni con un nuevo altavoz para su prestigio, ya entonces mundial. Soñaba con un periódico obsesionado con la verdad, con el rigor y con la buena escritura. Con una redacción de periodistas jóvenes, que aprendieran de unos pocos maestros.
Un periódico donde estarían prohibidas las fotos de dos presidentes posando para una imagen de protocolo, salvo que uno de los dos estuviera haciendo un gesto contra el otro.
El periódico con el que soñaba Gabo tampoco tendría páginas de opinión. Solo habría editorial en los momentos excepcionales y saldría publicado en portada.
Quería un periódico donde lo más importante fueran las mejores historias. Y que no estuviera obsesionado con “la chiva”, que es la palabra con la que la prensa colombiana se refiere a “la primicia”.
Lo importante para Gabo no era contarlo el primero. Era contarlo bien. Como dijo en su famoso discurso sobre “el mejor oficio del mundo”: “La mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor”.
Aquel periódico nunca llegó a nacer. Uno de sus amigos, el periodista y después político argentino Rodolfo Terragno, le escribió una carta que cambió esa historia. En ella le decía: “Aun aceptando que tuvieras un débito (y no un crédito) en tu cuenta con Colombia, creo que el diario no sería el único modo de saldar. Otras iniciativas (e incluyo entre las posibles la del taller de periodismo) supondrían menos sacrificios innecesarios”.
Y así fue como de aquel proyecto frustrado del mejor periódico del mundo nació la que para mí es la mejor escuela práctica de periodismo del mundo. La Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, hoy Fundación Gabo.
Visto con varias décadas de perspectiva, es evidente que el consejo que le dio Terragno a Gabo fue acertado.
Primero, porque no había deuda con Colombia. Como mucho un crédito, que Gabo ya había devuelto con creces en esos años. Segundo, porque el impacto que ha tenido esta fundación en el periodismo iberoamericano ha sido muy superior a la que podría haber supuesto cualquier diario. Y sin correr por ello riesgos innecesarios. En los 80, en la era del papel, un periódico era una industria de riesgo, una industria pesada y cara: necesitaba muchísima inversión, que normalmente se perdía.
Un gran diario podría haber cambiado a una generación de lectores. Y habría sido un gran legado para Colombia. Sin duda. Pero la gran escuela que es la Fundación Gabo ha cambiado a muchas generaciones de periodistas. En Colombia y en todo el mundo.
Durante más de treinta años, la Fundación Gabo ha reunido a los mejores maestros del periodismo iberoamericano con miles de reporteros jóvenes. No para impartir lecciones desde un atril, sino para sentarse alrededor de una mesa a discutir un texto, corregir un titular, preguntarse si un dato estaba contrastado o cómo contar mejor una historia.
Sus talleres no solo sirven para escribir mejor. Sirven para pensar mejor. Para tener siempre presente la ética de nuestra profesión. Como defendía el propio Gabo, “En la carrera en que andan los periodistas debe haber un minuto de silencio para reflexionar sobre la enorme responsabilidad que tienen”.
Para García Márquez, un buen periodista se compone de tres cosas: “Una base cultural importante, mucha práctica y también mucha ética”. “Hay tantos malos periodistas que cuando no tienen noticias se las inventan”, se lamentaba Gabo también.
Cultura. Práctica. Ética. Tres palabras.
Son los tres requisitos fundamentales para ejercer este oficio. Es lo que promueve la Fundación Gabo, con sus talleres y sus premios. Es un proyecto que solo pudo nacer por el impulso del genial García Márquez. Pero que solo ha podido llegar hasta aquí por la cultura, la práctica y la ética de su director general y cofundador, Jaime Abello Banfi.
Su cultura, porque no he encontrado a nadie con una mirada sobre el periodismo iberoamericano tan amplia y profunda como la de mi amigo Jaime. Tampoco hay muchos con su excelente conversación.
Su práctica, porque Jaime no solo se ocupa de la poesía. La Fundación Gabo es una casa que tiene techo, los mejores ideales periodísticos. Pero también suelo: la gestión del día a día para que una institución así sea posible. El techo lo puso Gabo. El suelo lo ha construido Jaime.
Y sobre todo, Jaime destaca por su ética. Hay otra anécdota sobre los primeros años de la Fundación que lo resume bien. Gabo le dijo a Jaime, medio en broma medio en serio: “Puedes usar mi nombre, pero nunca te equivoques”.
Era un mandato imposible. Todos nos equivocamos. Pero también era una forma de recordarle que el prestigio nunca puede sustituir al rigor. Treinta años después, creo que todos podemos decir que Jaime ha honrado aquella confianza.
Las grandes ideas nunca sobreviven solas. Necesitan alguien que las cuide. Que las adapte a los cambios del mundo sin traicionar su esencia. Porque fundar una escuela de periodismo es difícil. Mantenerla viva durante más de tres décadas lo es aún más.
Hay una última razón por la que este premio me parece especialmente justo. Porque lleva el nombre del gran Manu Leguineche.
Manuel Leguineche y Gabriel García Márquez fueron periodistas muy distintos. Venían de países distintos, reporteaban de maneras distintas y recorrieron caminos muy diferentes. Pero compartían una misma convicción: que el periodismo no consiste en llegar antes que nadie, sino en comprender mejor que nadie la realidad para poder contarla. Que este oficio exige curiosidad, cultura, rigor y, sobre todo, una enorme honestidad.
Ese es también el legado de la Fundación Gabo. Un legado pensado para durar muchas generaciones.
Me quedo con la frase con la que Gabo abrió el primer taller del nuevo periodismo iberoamericano, en Cartagena de Indias, el 18 de marzo de 1995.
“Bienvenidos a este taller del nuevo periodismo iberoamericano, que hoy inicia con la bendición de ustedes su primer siglo de labores”.
Treinta años después, ese primer siglo ya no parece una exageración. Es un compromiso.
Enhorabuena a la Fundación Gabo por este premio. Enhorabuena a ti, amigo Jaime, por mantener el rumbo de este proyecto.
Y ojalá dentro de otras siete décadas, el 18 de marzo de 2095, se celebre en Cartagena de Indias otro taller de periodismo.
Sobre este blog
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