Lombroso revisitado: cuerpo, poder y estética del autoritarismo
Veo las imágenes de Gregory Bovino, jefe de sector (Chief Patrol Agent) de la Patrulla Fronteriza (CBP), y algo se dispara en mi mente antes incluso de escuchar sus declaraciones. No es sólo el uniforme ni la escenografía de orden marcial que parece calcada de la estética nazi; es la manera en que el cuerpo se ofrece como mensaje, la rigidez del gesto, la elección deliberada de una escenografía que no busca proteger sino imponer. De ahí nace una pregunta: ¿hay algo en la apariencia que nos permita asomarnos al alma de las personas? Y, con ella, el eco de un nombre incómodo: Cesare Lombroso.
Lombroso, médico y criminólogo del siglo XIX, creyó haber descubierto una clave definitiva para comprender el crimen. Según su teoría, ciertos rasgos físicos —formas del cráneo, mandíbulas prominentes, asimetrías— delataban una predisposición innata a la delincuencia. El criminal sería un “atavismo”, un resto evolutivo reconocible a simple vista. Su propuesta pretendía ser científica, pero no lo era: carecía de método, confundía correlación con causalidad y, sobre todo, legitimó prejuicios sociales de enorme daño. Lombroso se equivocó de raíz cuando proyectó su mirada sobre las personas pobres, las migrantes, los cuerpos ya marcados por la exclusión. Su teoría sirvió para justificar desigualdades sociales preexistentes bajo una pátina de neutralidad biológica.
Criticar a Lombroso es imprescindible. No hay rasgos físicos que revelen una esencia moral, y cualquier intento de leer el carácter a partir del cuerpo abre la puerta al racismo, al clasismo y a la violencia simbólica. La ciencia social contemporánea es clara: el comportamiento humano emerge de estructuras sociales de dominación y privilegio, no de mandíbulas ni de arcos superciliares. Hasta aquí, el veredicto es inequívoco.
El error de Lombroso y su intuición persistente
Y, sin embargo, la intuición que late bajo el error lombrosiano no se disuelve del todo si la desplazamos en el terreno de lo social. No se trata de biología, sino de política; no de cráneos, sino de signos. La apariencia no como destino, sino como lenguaje. En las sociedades modernas, el poder no sólo actúa: se representa. Y esa representación -uniformes, gestos, coreografías de autoridad- comunica valores, prioridades y desprecios.
Esa representación corporeizada del poder dominador, brutal y ostensiblemente viril - no es un detalle menor que siempre sean hombres- no es nueva. La hemos visto antes, la hemos aprendido a leer, aunque a veces finjamos sorpresa cuando reaparece. El poder autoritario no sólo gobierna: posa y se exhibe.
Ahí está Benito Mussolini, con el pecho inflado y la mandíbula alzada, el cráneo rasurado como negación de cualquier fragilidad. El cuerpo convertido en ariete simbólico, en una geometría simple destinada a transmitir una idea elemental: fuerza, decisión, verticalidad. No hay duda, no hay fisura, no hay ironía. El cuerpo dice “mando” antes de que la boca se abra.
Ahí está también Adolf Hitler, cuya pequeñez física fue compensada (y ocultada) mediante una escenografía desmesurada. Multitudes coreografiadas, ángulos bajos, columnas humanas y arquitectónicas que lo engrandecían artificialmente. La cámara, en manos de Leni Riefenstahl, no registraba la realidad, la fabricaba. El mensaje era claro y profundamente moderno: el líder no necesita ser grande, basta con que todo a su alrededor lo haga parecerlo. El cuerpo individual del líder se disuelve en una estética hipermusculada del conjunto, de la masa enardecida.
El cuerpo del poder como puesta en escena autoritaria
Ese patrón expresivo no se ha perdido en nuestro tiempo. Ha cambiado de vestuario, ha afinado sus códigos, pero sigue hablando el mismo idioma visual. Vladimir Putin cabalgando por la taiga con el torso desnudo es una imagen casi didáctica: el líder como macho primordial, fundido con la naturaleza, ajeno a la debilidad urbana, al diálogo, a la duda. No gobierna desde el pacto, sino desde la resistencia física y la supuesta autenticidad del cuerpo endurecido. El mensaje no es político: es antropológico.
Y luego está Donald Trump, un caso fascinante porque su lenguaje corporal es a la vez repulsivo y caricaturizable. Trump no encarna la fuerza clásica del guerrero, sino la del matón televisivo: el gesto ofensivo, la invasión del espacio ajeno, el dedo acusador, la mueca de desprecio. Su cuerpo habla antes que sus frases, pero dice lo mismo: dominación, burla, aplastamiento del adversario. No necesita disciplina corporal, le basta la teatralidad del exceso.
Lo que une a estas figuras no es la ideología concreta ni la época, sino una intuición compartida: el poder necesita encarnarse, y cuando ese poder es autoritario, esa encarnación adopta formas perfectamente reconocibles. El cuerpo se vuelve mensaje político condensado y la virilidad exagerada funciona como atajo simbólico: promete orden, decisión y seguridad a cambio de obediencia. Es una gramática visual pensada para tiempos de miedo.
Que siempre sean hombres no es casual. El autoritarismo se apoya en una idea perversamente empobrecida de lo masculino: dureza sin cuidado, fuerza sin límite, mando sin escucha. El cuerpo del líder se convierte en modelo, y cualquier desviación de ese modelo es presentada como debilidad, traición o decadencia.
Aquí es donde la sombra de Lombroso reaparece, no como ciencia, sino como advertencia. No porque el cuerpo revele una esencia moral, sino porque el poder elige conscientemente qué cuerpo mostrar. No leemos almas, leemos puestas en escena, y esas puestas en escena rara vez son inocentes. El error de Lombroso fue confundir cuerpo y esencia. El nuestro sería ignorar que, en manos del poder, el cuerpo es propaganda. Y que esa propaganda, cuando adopta determinadas formas, suele anunciar siempre el mismo horizonte.
Por eso estas imágenes no deberían analizarse como anécdotas ni como simple folclore político. Son señales, no de un destino biológico, sino de un proyecto de poder. El cuerpo erguido, el gesto rígido, la escenografía grandilocuente no nos dicen quién es realmente el líder en su intimidad -eso no lo sabremos nunca-, pero sí nos dicen cómo quiere gobernar y qué tipo de vínculo propone con los demás.
La pregunta, entonces, cambia de registro. No es si el rostro “revela el alma”, sino qué dice la estética del poder sobre quienes la encarnan. Quien elige mostrarse con una iconografía de dureza extrema, quien enfatiza la verticalidad, la intimidación y la distancia, no está siendo neutro. Está narrando una relación con los otros. El cuerpo se vuelve discurso, programa político, modelo de sociedad
En este sentido, Lombroso “acierta” cuando dejamos atrás su biologicismo y miramos hacia arriba, no hacia abajo. Se equivocó gravemente al examinar a las personas pobres como si su miseria fuera una tara natural; pero la lectura resulta más fecunda cuando se aplica a las élites y a los agentes del Estado que deciden cómo aparecer ante la ciudadanía. El poder tiene rostro, y ese rostro se construye. No es un espejo del alma, pero sí una puesta en escena de intenciones.
Al observar a Bovino, lo relevante no es su fisonomía sino la suma de elecciones visibles: el atuendo que remite a una tradición autoritaria, la presencia corporal que privilegia el choque sobre la mediación, la pose que convierte la ley en espectáculo. Nada de esto es prueba una maldad esencial, pero sí revela una concepción del orden social en la que la fuerza desplaza al cuidado y la amenaza suplanta al diálogo. No estamos ante un diagnóstico biologicista, sino ante una lectura semiótica del poder.
Por supuesto, leer signos no equivale a dictar sentencias morales automáticas. La apariencia muchas veces engaña, y el juicio precipitado es una forma de injusticia. Pero renunciar por completo a interpretar imágenes y gestos sería una ingenuidad. Vivimos en una época saturada de visualidad, donde los líderes saben que cada encuadre importa. Ignorar esa dimensión es dejar nuestro análisis político incompleto.
Como científico, Lombroso fue un error histórico, pero nos ha legado una advertencia inquietante. No porque tuviera razón en sus conclusiones, sino porque nos recuerda una verdad indiscutible: que los cuerpos hablan, tal vez no de lo que somos “por naturaleza”, pero sí de lo que queremos ser en público. Cuando miramos al poder y a quienes lo encarnan, esa escucha atenta de los signos puede ayudarnos a comprender mejor qué proyecto se nos está queriendo imponer y bajo qué estética pretenden hacerlo pasar por inevitable.