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Nada

Entrar en el otoño. Todos los años es lo mismo. No disponer de la posibilidad de vivir bajo el sol de un perpetuo verano sin ninguna obligación que atender es la maldición que no terminan de aceptar todas aquellas personas que, como un servidor, semana tras semana, cumpliendo con una cándida, católica y muy española tradición, jugamos a la lotería. La vuelta al colegio es el trauma que nunca se termina de superar. Por eso se depositan tantas esperanzas en la obtención de dinero mediante los sorteos para así no regresar nunca del verano y permanecer ocioso durante el curso que es, según las enseñanzas de los sabios de la Antigüedad, la condición primera de toda existencia civilizada.

Todo progreso intelectual es consecuencia del ocio. No del ocio forzado de este desempleo crónico y degradante al que está condenado el lumpen proletario de esta época sino del ocio necesario para vivir una buena vida; la vida de un hombre libre no abrumado por un trabajo agotador que no cesa ni de día ni de noche, sin tregua, sin descanso, sin tiempo para nada, ni siquiera para reconocerse a sí mismo como un esclavo más condenado a madrugar día tras día para mantener un sistema económico-social que hace más ricos a los ricos y más desventurados a los desventurados.

Las religiones protestantes impulsaron el capitalismo por todo el hemisferio occidental durante los días de la primera revolución industrial. Los países católicos como el nuestro con todos sus místicos, mendigos, reyes lerdos y caballeros andantes plenamente convencidos de que el trabajo era una maldición bíblica, no solo llegamos tarde a esa revolución sino que una vez incorporados, más a la fuerza que por propia voluntad, perdimos para siempre uno de nuestros distintivos culturales más preciados: el convencimiento de que un hombre de origen noble no tenía que trabajar y si por un revés de la fortuna no tenía más remedio que hacerlo había cuando menos de disimularlo.

Fue también en aquellos días cuando a muchos ciudadanos estadounidenses de mentalidad práctica, protestante y familiar, muy influidos, curiosamente, por la teoría marxista de que el trabajo dignifica, les entró una furiosa ansía de trabajar, que dijera Nietzsche, no tardando en extenderse por todos los continentes como una epidemia fatal el convencimiento de que más vale hacer cualquier cosa que no hacer nada y que todo aquel que se dedicara a la vida contemplativa habría de sentir no solo el desprecio de sus conciudadanos sino también una íntima sensación de arrepentimiento y de vergüenza. El mal ya estaba hecho. La actividad frenética, muchas veces sin el más mínimo sentido, cuando no alocada, destructiva o simplemente insustancial, comenzó a ser a partir de entonces la característica esencial de todo individuo moderno, responsable, consciente y plenamente instalado en la sociedad.

El escritor y periodista Chesterton confesó con cierto asombro que “hay personas que refunfuñan cuando no tienen nada que hacer. Ofrecedles maravillosas horas, maravillosas jornadas completamente vacías y gemirán ante tanto vacío. Obsequiadles con la soledad – lo que es también un regalo de libertad – y la rechazarán, se apresurarán a anularla con algún espantoso juego de naipes o dando puntapiés a una pelota... No puedo reprimir un estremecimiento cuando los veo echar a perder sus vacaciones, ganadas con tanto esfuerzo, haciendo algo. Por mi parte, nunca tendré bastante de no hacer nada”.

Entrar en el otoño. Todos los años es lo mismo. No disponer de la posibilidad de vivir bajo el sol de un perpetuo verano sin ninguna obligación que atender es la maldición que no terminan de aceptar todas aquellas personas que, como un servidor, semana tras semana, cumpliendo con una cándida, católica y muy española tradición, jugamos a la lotería. La vuelta al colegio es el trauma que nunca se termina de superar. Por eso se depositan tantas esperanzas en la obtención de dinero mediante los sorteos para así no regresar nunca del verano y permanecer ocioso durante el curso que es, según las enseñanzas de los sabios de la Antigüedad, la condición primera de toda existencia civilizada.

Todo progreso intelectual es consecuencia del ocio. No del ocio forzado de este desempleo crónico y degradante al que está condenado el lumpen proletario de esta época sino del ocio necesario para vivir una buena vida; la vida de un hombre libre no abrumado por un trabajo agotador que no cesa ni de día ni de noche, sin tregua, sin descanso, sin tiempo para nada, ni siquiera para reconocerse a sí mismo como un esclavo más condenado a madrugar día tras día para mantener un sistema económico-social que hace más ricos a los ricos y más desventurados a los desventurados.